El 26 de junio de 2026, la Morgan Library & Museum de Nueva York abrirá Tarot! Renaissance Symbols, Modern Visions, una exposición de dos salas que arranca en la corte de Milán del siglo XV y termina en artistas del siglo XX como Leonora Carrington y Remedios Varo. La muestra propone revisar el tarot antes de que quedara fijado como instrumento de adivinación. Importa porque devuelve esas cartas a su condición original de objeto histórico, material y cortesano.
El dato más fuerte está en la cronología que plantea la Morgan. La primera parte se concentra en las tres barajas de tarot más antiguas que sobreviven, encargadas por los duques de Milán en el Quattrocento. La segunda toma como bisagra la célebre baraja Rider-Waite-Smith de 1909, concebida por Arthur Edward Waite e ilustrada por Pamela Colman Smith, para seguir su impacto sobre André Breton, Jess, Niki de Saint Phalle, Betye Saar y Kerstin Brätsch. Entre un extremo y el otro hay casi cinco siglos de desplazamiento: de juego aristocrático pintado a mano a máquina visual para artistas, lectores y practicantes.
Tres barajas antes del ocultismo
La Morgan resume el punto histórico con una frase que cambia bastante la conversación: las primeras cartas de tarot no nacieron como manual de predicción, sino como juego para la aristocracia. En su propio catálogo sobre las cartas Visconti-Sforza, el museo explica que el tarot fue creado en la Italia del siglo XV para entretener a una élite cortesana y que sólo siglos más tarde quedó asociado a secretos ocultos, lecturas del destino y prácticas adivinatorias.
Ese corrimiento importa porque corrige la función original del objeto. La exposición Renaissance Symbols se enfoca en la corte de los Visconti y los Sforza en Milán, en los talleres que pintaban las cartas y en el desarrollo de una iconografía que después se volvió portátil, reproducible y finalmente espiritualizada.
La Morgan conserva uno de los conjuntos más famosos, los Visconti-Sforza Tarot Cards, adquiridos por J. Pierpont Morgan en 1911. En las fichas del museo aparecen cartas atribuidas a Bonifacio Bembo y Antonio Cicognara, realizadas en Milán entre ca. 1450 y 1500. Algunas miden 173 por 87 milímetros, están ejecutadas sobre cartón pesado e iluminadas a mano. No son signos abstractos: son miniaturas de lujo.
Un mazo hecho para duques, no para mesas de café
La pieza elegida por la Morgan para condensar esa historia es Strength/Fortitude, de la baraja Visconti di Modrone Tarocchi, fechada en 1441–42 y prestada por la Beinecke Rare Book & Manuscript Library de Yale. La imagen funciona como prueba material de una etapa temprana en la que las cartas todavía estaban muy cerca de la cultura de corte y del gusto heráldico.
El museo también subraya que esas barajas tempranas fueron encargos de los duques de Milán. Eso permite leerlas menos como folklore atemporal y más como artefactos de patronazgo. Hubo dinero, talleres, circulación restringida y un programa visual reconocible. El tarot, en ese origen, no era un objeto marginal. Era un producto caro, elaborado y socialmente situado.
Cuando la iconografía se separó de su contexto aristocrático, las figuras sobrevivieron mejor que el uso. La Emperatriz, el Colgado, la Rueda de la Fortuna o la Muerte siguieron viajando aunque hubiera cambiado la manera de leerlas.
El año 1909 cambió el idioma visual del tarot
Si el Renacimiento fija una gramática, 1909 funciona como reinicio. La segunda sala parte de la Rider-Waite-Smith, la baraja diseñada por Arthur Edward Waite e ilustrada por Pamela Colman Smith. Muchas de las imágenes que hoy la cultura popular reconoce como “tarot” vienen de ahí, no de los mazos cortesanos del siglo XV.
La diferencia no es sólo estética. La Rider-Waite-Smith ayudó a estandarizar un repertorio visual apto para circular fuera de los circuitos nobiliarios y reforzó la conexión entre las cartas y la lectura simbólica individual. No inventó el tarot, pero sí consolidó la forma en que gran parte del siglo XX aprendió a verlo.
Eso explica que la Morgan use esa baraja como puente y no como punto de partida. Entre Milán y 1909 lo que cambia no son únicamente los dibujos, sino el régimen completo del objeto: quién lo encarga, quién lo imprime, quién lo interpreta y para qué lo usa.
De Breton a Varo: cuando las cartas entraron al arte moderno
La parte más productiva de la muestra aparece cuando el tarot deja de ser tratado como reliquia cerrada y reaparece como repertorio para artistas modernos y contemporáneos. La Morgan cita a André Breton, Leonora Carrington, Remedios Varo, Jess, Niki de Saint Phalle, Betye Saar y Kerstin Brätsch. El conjunto marca una continuidad precisa: las cartas funcionan como banco de imágenes y sistema narrativo frente a la ortodoxia moderna.
La reproducción elegida por el museo junta dos momentos separados por más de quinientos años: a la izquierda, Strength/Fortitude; a la derecha, El Otro Reloj de Remedios Varo, un gouache sobre cartón de 1957. La comparación evita un error habitual. No dice que todo artista moderno “creyó” en el tarot. Dice algo más concreto: que su iconografía ofreció un vocabulario disponible para pensar metamorfosis, tiempo, destino y desorden simbólico.
La Morgan programó para el 18 de septiembre un simposio con Joshua O’Driscoll, Frank Trujillo, Lydia Aikenhead, Mare-France Lemay y Elena Basso dedicado a la fabricación material de las cartas del siglo XV y a las técnicas científicas usadas para estudiar sus componentes. Ese detalle muestra que la exposición no se apoya sólo en la fascinación cultural del tema, sino también en conservación, atribución y análisis técnico.
Qué cambia cuando el tarot vuelve al archivo
El interés de esta muestra está en reordenar el expediente. Cuando una institución como la Morgan pone en una misma secuencia a los duques de Milán, a Bonifacio Bembo, a Pamela Colman Smith, a Breton y a Carrington, lo que aparece no es una línea mística continua, sino una historia de usos cambiantes.
Muchas imágenes que hoy circulan como símbolos universales fueron, al principio, artefactos localizados: hechos para una corte, un taller y una economía específica. El tarot sobrevivió porque pudo mudar de función sin perder su potencia gráfica. La pregunta histórica ahora no es si las cartas “dicen la verdad”, sino qué vuelve tan resistente a una iconografía capaz de pasar de juego aristocrático a lenguaje global sin dejar de ser reconocible.
Fuente original: The Morgan Library & Museum