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Hay un solo hombre que puede apagar internet en Ucrania. Y en Argentina. Y en casi cien países más.

Hay un solo hombre que puede apagar internet en Ucrania. Y en Argentina. Y en casi cien países más.

En septiembre de 2022, la marina ucraniana lanzó una operación de drones submarinos contra la flota rusa en Sebastopol, Crimea. Los drones avanzaban en la oscuridad del mar Negro, guiados por señal de Starlink. A pocos kilómetros de los barcos rusos, la señal desapareció. Los drones perdieron comunicación, activaron el protocolo de emergencia y volvieron solos a puerto. La operación fracasó.

Elon Musk tomó esa decisión solo. Sin consultar al gobierno ucraniano. Sin consultar al Pentágono. Sin consultar a nadie.

Cuando Walter Isaacson publicó su biografía de Musk en septiembre de 2023 y reveló el episodio, la reacción en Kiev fue de furia. Mykhailo Fedorov, el ministro de Transformación Digital de Ucrania, dijo que Musk había permitido que el ejército ruso sobreviviera un ataque que podría haber cambiado el curso de la guerra. Musk se defendió en X: no había "desactivado" Starlink en Crimea, simplemente nunca lo había activado allí. La distinción técnica no cambió el resultado práctico: un solo hombre, propietario de una empresa privada, decidió el alcance de una infraestructura de comunicaciones de la que Ucrania depende para coordinar su defensa.

Ese episodio no fue una anomalía. Fue la demostración más clara de un problema que los gobiernos del mundo todavía no saben cómo resolver.

Qué es Starlink y por qué cambió todo

Durante décadas, el internet satelital fue caro, lento e inútil para comunicaciones en tiempo real. Los satélites geoestacionarios orbitan a 35.786 kilómetros de la Tierra: la señal tarda entre 600 y 800 milisegundos en hacer el viaje de ida y vuelta, lo que hace imposible una videollamada fluida o el control de un dron de combate.

Starlink opera en órbita baja, entre 340 y 570 kilómetros de altitud. La latencia promedio es de 20 a 40 milisegundos, comparable al cable de fibra óptica en zonas urbanas. Eso cambió completamente lo que el internet satelital puede hacer.

La constelación tiene hoy más de 6.000 satélites en órbita, con planes de expandirse a 40.000. Ningún competidor se acerca: Amazon Kuiper tiene menos de 30 satélites operativos. El proyecto europeo IRIS², anunciado en 2023, no estará operativo hasta 2030 como mínimo. OneWeb, adquirido por Eutelsat, opera con apenas 648 satélites y una latencia todavía más alta que Starlink.

SpaceX lanza en promedio 50 satélites por semana. La ventaja que tiene sobre sus competidores no tiene dimensión solo técnica: tiene escala y velocidad de producción. Cada satélite Starlink cuesta a SpaceX aproximadamente 250.000 dólares. Los de la competencia cuestan entre 1 y 5 millones. Esa diferencia viene de que SpaceX fabrica sus propios satélites, usa sus propios cohetes y optimiza cada componente en casa.

Por qué Ucrania no podía funcionar sin él

Cuando Rusia invadió Ucrania en febrero de 2022, la primera prioridad del ejército ruso fue destruir la infraestructura de comunicaciones ucraniana: torres de telefonía, fibra óptica, centros de datos. En las primeras 48 horas, buena parte de las comunicaciones militares ucranianas quedó inutilizable.

Fedorov le pidió terminales Starlink a Musk por Twitter el 26 de febrero de 2022. Dos días después, el primer cargamento aterrizó en Ucrania. En los meses siguientes llegaron más de 40.000 terminales. Starlink se convirtió en la espina dorsal de las comunicaciones militares ucranianas: coordinación de artillería, drones de reconocimiento, comunicaciones entre unidades en el frente, transmisiones de inteligencia en tiempo real.

El problema que reveló la crisis de Crimea no fue técnico ni militar. Fue político: Ucrania había construido su capacidad de combate sobre una infraestructura que no controlaba. Musk tiene la facultad técnica de restringir Starlink en cualquier área geográfica, en cualquier momento, sin previo aviso ni consecuencia legal inmediata. Y lo ejerció.

Después de la revelación de Isaacson, el Pentágono negoció un contrato de 145 millones de dólares con SpaceX para garantizar el acceso de Ucrania a Starlink bajo términos más formales. Pero ese contrato no transfirió el control operativo. SpaceX sigue siendo la que decide qué hace el sistema y dónde.

El mapa de la dependencia

Starlink está disponible en más de 100 países. En muchos de ellos, Starlink es la única opción de conectividad real en zonas donde el cable submarino no llega, la fibra no existe y el internet móvil es inexistente o intermitente.

En Mozambique, Malawi y partes del África subsahariana, Starlink es la única manera de conectar hospitales rurales a sistemas de telemedicina. En las islas del Pacífico, después de que el volcán Hunga Tonga-Hunga Ha'apai destruyó el cable submarino de Tonga en enero de 2022, Starlink fue la primera línea de comunicación que volvió a operar. En Alaska y el norte de Canadá, comunidades indígenas usan Starlink como única conexión a internet de banda ancha.

En todos esos contextos, la infraestructura crítica de un país —hospitales, escuelas, comunicaciones de emergencia— funciona sobre un sistema que puede ser interrumpido por una decisión corporativa en Hawthorne, California.

Argentina: la dependencia que nadie debate

Starlink llegó a Argentina en octubre de 2022. El servicio se expandió rápidamente en Patagonia, el NOA, la Puna y zonas rurales de la pampa donde la cobertura de Telecom, Claro y Personal es débil o directamente inexistente. La Gendarmería Nacional y prefecturas de provincias patagónicas incorporaron terminales Starlink para comunicaciones en zonas de frontera.

La relación entre Javier Milei y Elon Musk agrega una dimensión particular al tema. Musk visitó Buenos Aires en enero de 2025, se reunió con Milei, apareció en actos del gobierno y manifestó apoyo público a la gestión. El gobierno argentino, a su vez, ha señalado a SpaceX como un inversor potencial en infraestructura tecnológica del país. Esa afinidad política no garantiza continuidad del servicio: si Musk decide restringir Starlink en algún contexto, ninguna simpatía ideológica lo obliga legalmente a mantenerlo.

No existe en Argentina ninguna ley que regule la dependencia de infraestructura crítica estatal de proveedores privados extranjeros con control unilateral. El debate sobre soberanía digital, cuando existe, se centra en los datos personales. El problema de quién controla la conectividad física no aparece en la agenda legislativa.

El problema que los estados no saben cómo nombrar

La OTAN comenzó a discutir formalmente el tema de la dependencia en Starlink en 2023, después del episodio de Crimea. El debate interno reconoce un problema que no tiene solución fácil: los estados miembro usan Starlink para operaciones militares y civiles, pero no tienen ni control operativo ni garantías jurídicas vinculantes sobre la continuidad del servicio.

El derecho internacional no tiene categorías claras para este tipo de situación. Starlink no es un servicio público regulado como la telefonía. No es infraestructura estatal. Es una empresa privada que vende conectividad. Si SpaceX decide restringir el servicio en una zona de conflicto, no hay tribunal internacional que pueda obligarla a mantenerlo activo. No todavía.

La Unión Europea está desarrollando IRIS², un sistema de conectividad satelital bajo control europeo, precisamente como respuesta a la dependencia en Starlink. El proyecto tiene financiamiento, tiene consorcio industrial (Airbus, Thales, SES) y tiene fecha estimada de operación: 2030. Hasta entonces, Europa sigue dependiendo del sistema de Musk para buena parte de su conectividad estratégica.

China tiene su propio sistema: Qianfan, con 648 satélites en órbita como primer lote, con planes de llegar a 14.000. No está disponible fuera de China. Rusia tiene GLONASS para posicionamiento, pero no tiene equivalente a Starlink para conectividad de banda ancha satelital.

Qué significa esto realmente

El episodio de Crimea no fue un escándalo porque Musk haya hecho algo ilegal. Fue un escándalo porque quedó claro que podía hacerlo, que nadie se lo impedía y que los estados afectados no tenían ningún mecanismo de respuesta.

En los próximos diez años, la conectividad satelital va a ser infraestructura tan crítica como la electricidad o el agua. La pregunta que los estados aún no responden es simple: ¿quién controla el interruptor?

Por ahora, la respuesta es: una sola persona. Con un contrato de términos de servicio que puede cambiar. Con una cuenta de X donde anuncia sus decisiones antes de consultarlas con nadie. Y con la capacidad técnica de decidir, región por región, qué parte del mundo tiene internet y qué parte no.

Imagen: satélites Starlink en órbita, misión de lanzamiento SpaceX / Wikimedia Commons.

Fuente original: Un Mundo Loco

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