El 15 de julio de 1799, el teniente Pierre-François Bouchard del ejército napoleónico encontró en Fort Julien, cerca de la ciudad de Rashid —llamada Rosetta por los europeos— un bloque de granodiorita negra de 762 milímetros de alto, 284 de ancho y 189 de profundidad. Pesaba 760 kilogramos. Tenía inscripciones en tres escrituras distintas. Era un decreto administrativo, emitido el 27 de marzo de 196 a.C. por el consejo sacerdotal de Menfis para honrar a Ptolomeo V Epífanes, rey helenístico de Egipto.
El hallazgo llegó en el momento estructuralmente adecuado para la lingüística histórica. Desde el siglo III d.C., cuando el uso del jeroglífico había desaparecido con el cierre de los últimos templos faraónicos en Filae, nadie podía leer esa escritura. Habían pasado 1.400 años de silencio.
Tres escrituras, un texto
La piedra lleva inscrito el mismo decreto en tres versiones: 14 líneas en jeroglífico (la escritura de los templos y los monumentos reales), 32 líneas en demótico (la escritura administrativa del Egipto tardío) y 54 líneas en griego antiguo. El griego era legible. El demótico, parcialmente. Los jeroglíficos, no.
La lógica del problema era esta: si el contenido era idéntico y el griego estaba descifrado, se podía trabajar en reversa para identificar correspondencias entre las escrituras. Ese razonamiento era inmediato en 1799. Pero la escritura jeroglífica ocultaba una trampa que tardó décadas en resolverse: no era puramente ideográfica (un signo = un concepto), sino un sistema mixto. Algunos signos representaban sonidos; otros representaban palabras o determinativos semánticos. El mismo signo podía funcionar de varias maneras según el contexto.
De Napoleón al Museo Británico
Las tropas francesas hicieron calcos de la inscripción y los enviaron a París antes de que los británicos derrotaran a la expedición napoleónica. El Tratado de Alejandría, firmado en 1801, incluyó entre sus cláusulas la entrega de los objetos arqueológicos en poder del ejército francés. La Piedra Rosetta llegó al Museo Británico en 1802, donde permanece desde entonces, con una breve interrupción durante la Primera Guerra Mundial, cuando fue trasladada temporalmente a la estación de subterráneo de Aldwych para protegerla de los bombardeos aéreos.
Egipto ha solicitado formalmente la repatriación de la piedra en múltiples ocasiones. En 2022, el Museo Británico acordó un préstamo temporal para el centenario del descubrimiento de la tumba de Tutankamón, pero la restitución permanente sigue sin resolverse.
Thomas Young y el problema de los cartuchos
El avance inicial lo hizo el físico y médico inglés Thomas Young entre 1814 y 1819. Young observó que algunos grupos de jeroglíficos aparecían enmarcados en óvalos alargados —llamados cartuchos— y que esos cartuchos coincidían con posiciones en el texto donde se esperaría un nombre real en la versión griega. A partir de esa hipótesis, identificó los valores fonéticos de algunos signos dentro del cartucho de Ptolomeo.
Young entendió que parte de los jeroglíficos eran fonéticos. No llegó a sistematizar el principio completo.
El año en que Champollion descifró el sistema
El 27 de septiembre de 1822, Jean-François Champollion leyó en la Académie des Inscriptions et Belles-Lettres de París su Lettre à M. Dacier, donde expuso el principio completo del descubrimiento: los jeroglíficos eran un sistema mixto que combinaba logogramas con fonogramas. El mismo signo podía representar una palabra, un concepto o un sonido, dependiendo del contexto y de su función dentro de la cadena de signos.
Champollion había llegado a esa conclusión no solo a partir de la Piedra Rosetta sino también del obelisco de Filae, que contenía los cartuchos de Ptolomeo y Cleopatra en jeroglífico y en griego. Los dos nombres compartían posiciones fonéticas identificables, lo que le permitió construir un silabario provisional y aplicarlo a otros textos.
Tenía 31 años. Había aprendido árabe, hebreo, copto y persa antes de los 13. El conocimiento del copto —la última forma viva del antiguo egipcio, conservada en la liturgia cristiana de Egipto— resultó decisivo: los sonidos del copto le permitieron asignar valores fonéticos a los signos del jeroglífico que Young no había podido identificar.
Qué dice exactamente el decreto
El texto es un acto administrativo sin misterio literario. El consejo sacerdotal de Menfis concede honores a Ptolomeo V: ordena erigir estatuas en los templos, establece celebraciones anuales en su nombre, exime a los templos de ciertos impuestos, y confirma la legitimidad del reinado. La fórmula es el protocolo habitual de los documentos reales del período ptolemaico.
El valor de la piedra no estaba en su contenido sino en su redundancia: el mismo mensaje en tres lenguas distintas. Ese accidente burocrático —un decreto de rutina grabado en tres escrituras para que llegara a distintos públicos del Egipto helenístico— fue la clave que abrió una escritura muerta durante catorce siglos.
El Museo Británico tiene la piedra expuesta en su galería del antiguo Egipto. Es el objeto más visitado de la colección permanente y el que genera más consultas académicas anuales: en 2023, más de 290 peticiones de investigadores de 40 países solicitaron acceso al original o a las copias de alta resolución.
Para quienes quieran comparar con otro objeto antiguo que plantea problemas de lectura todavía sin resolver, el manuscrito Voynich es el caso inverso: un texto cuya escritura nadie ha podido descifrar en más de seis siglos.
Imagen: La Piedra Rosetta expuesta en el Museo Británico, Londres. Fotografía de Hans Hillewaert, licencia CC BY-SA 4.0 / Wikimedia Commons.
Fuente original: British Museum — The Rosetta Stone