El 12 de septiembre de 1940, Marcel Ravidat, de 18 años, y tres amigos entraron por un agujero abierto en el suelo de un bosque en la Dordoña, al suroeste de Francia. Habían seguido a su perro, Robot, que había caído por la abertura días antes. Dentro encontraron una cámara de piedra cubierta de animales pintados en rojo, negro y amarillo: bisontes, caballos, ciervos y un rinoceronte. Las pinturas medían hasta cinco metros de largo. No había luz eléctrica ni linterna potente, pero la escala era suficiente para entender, de inmediato, que estaban ante algo que llevaba siglos esperando ser encontrado.
La datación por carbono-14 y otros métodos estableció que las pinturas más antiguas de Lascaux tienen aproximadamente 17.000 años, correspondientes al Paleolítico superior, período Magdaleniense. La cueva contiene alrededor de 600 pinturas murales y 1.500 grabados distribuidos en 13 secciones, incluyendo la llamada Sala de los Toros (Salle des Taureaux), donde se encuentran los murales más conocidos: cuatro toros aurochs de hasta cinco metros y dieciséis caballos.
Los pigmentos y la técnica de los artistas del Magdaleniense
Los creadores de Lascaux no dejaron brochas ni plantillas preservadas, pero los análisis químicos mostraron con detalle cómo trabajaron. Usaron óxidos de hierro —ocre rojo y amarillo— y dióxido de manganeso para el negro. Algunos pigmentos se aplicaban con tampones de piel o pelo animal; otros se soplaban a través de tubos óseos huecos para crear efectos de sombreado y degradado. Las marcas de andamios en la roca sugieren que construyeron estructuras temporales para alcanzar las zonas altas de la bóveda. El análisis espectrométrico publicado en *Journal of Archaeological Science* en 2013 identificó al menos cuatro recetas distintas de pigmentos, lo que implica trabajo técnico planificado, no ejecución espontánea.
Mil doscientos visitantes por día y el comienzo del daño
El prehistoriador Henri Breuil confirmó la autenticidad de las pinturas en 1940, y en 1948 la cueva abrió al público. La respuesta fue inmediata: a principios de la década de 1950, Lascaux recibía 1.200 visitantes diarios. El dióxido de carbono exhalado por los turistas, combinado con el calor corporal y la iluminación artificial, alteró el microclima de la cueva y permitió el crecimiento de algas verdes en las paredes, seguido de manchas blancas por calcita. En 1955, el arqueólogo y conservador Fernand Windels documentó los primeros daños visibles; en 1960, el problema era masivo.
El cierre de 1963 y el hongo que llegó después
El 20 de abril de 1963, el entonces ministro de Asuntos Culturales de Francia, André Malraux, ordenó el cierre definitivo de Lascaux al público. Desde entonces, solo investigadores con autorización expresa pueden ingresar, en grupos de no más de cinco personas y por períodos limitados. En 2001 apareció un nuevo hongo negro, *Ochroconis lascauxensis*, identificado como especie nueva para la ciencia y atribuido en parte a un biocida aplicado para combatir las algas anteriores. En 2016, un equipo del Centro Nacional para la Investigación Científica (CNRS) de Francia publicó el genoma completo del hongo, lo que permitió comprender por qué prospera específicamente en ese entorno calcáreo y húmedo.
Las tres réplicas y el debate sobre el original
La solución fue reproducir la cueva. Lascaux II, una réplica parcial de la Sala de los Toros y el Divertículo Axial, abrió en 1983 a 200 metros de la original. Fue construida con los mismos pigmentos y técnicas identificados en los análisis; la dirección artística estuvo a cargo de Monique Peytral. Lascaux III fue un conjunto de paneles móviles que viajó por museos de Europa, América y Asia entre 2012 y 2017.
El 15 de diciembre de 2016 abrió Lascaux IV, en Montignac, a tres kilómetros de la cueva. El centro, diseñado por el estudio noruego Snøhetta, incluye una réplica completa de toda la caverna usando escáner 3D de alta resolución y técnicas de impresión digital sobre superficie calcárea. El presupuesto fue de 57 millones de euros. En su primer año recibió 370.000 visitantes.
Lo que el cierre preservó y lo que sigue en disputa
El estado actual de las pinturas originales es monitoreado de forma permanente por el Centro Nacional de Prehistoria de Francia y por una comisión científica internacional creada en 2002. Los sensores registran temperatura, humedad y presencia de CO₂ en tiempo real. La cueva está cerrada, pero más activa científicamente que en cualquier otro momento de su historia conocida.
La pregunta que persiste no es técnica sino de principio: ¿tiene sentido conservar algo que nadie puede ver? Los defensores de la réplica señalan que Lascaux IV ofrece una experiencia más legible que la original, con luz controlada y contexto didáctico. Los críticos responden que una copia, por precisa que sea, no transmite la misma información física que la roca original. La discusión no tiene resolución sencilla, pero sí un dato concreto: desde que cerró, las pinturas siguen ahí, sin luz artificial, sin CO₂ humano, esperando que la ciencia encuentre una forma de conservarlas que aún no existe.
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Imagen: Reproducción de pinturas murales del Paleolítico superior en Lascaux, Dordoña, Francia. Wikimedia Commons, dominio público.
Fuente original: Ministerio de Cultura de Francia – Lascaux