En algún momento de 2023, Sam Altman propuso una idea que sonó más a filosofía de ciencia ficción que a política pública: en lugar de darle dinero a la gente cuando la IA destruya sus empleos, darle computación. Un "pedazo de GPT". Una cuota garantizada de inteligencia artificial que cada persona en el planeta podría usar, vender o donar a la investigación científica. Altman lo llamó Universal Basic Compute.
La idea quedó flotando. En 2026, volvió con urgencia.
En febrero, un ministro del gobierno del Reino Unido declaró públicamente al Financial Times que su gobierno está evaluando implementar una renta básica universal para amortiguar el impacto de la IA en el empleo. En abril, Semafor publicó una nota con un título que resume la paradoja del momento: los progresistas están empezando a desconfiar de que sean los líderes de la industria tecnológica los que con más entusiasmo impulsen la renta universal.
La desconfianza es comprensible. Los que más fuerte hablan de darle dinero a todos son exactamente los mismos que construyen los sistemas que van a dejar a millones sin trabajo.
Lo que dicen los números
Goldman Sachs estima que 300 millones de empleos en el mundo están expuestos a la automatización por IA. En su escenario base, entre el 6 y el 7 por ciento de la fuerza laboral de Estados Unidos —unos 11 millones de trabajadores— será desplazada durante la transición. La cifra podría llegar al 14 por ciento bajo supuestos más agresivos.
McKinsey es más amplio: entre 75 y 375 millones de trabajadores en todo el mundo podrían necesitar cambiar de ocupación antes de 2030. El 30 al 50 por ciento de las actividades laborales actuales son automatizables con la tecnología ya existente.
El Foro Económico Mundial tiene la cifra que los optimistas prefieren citar: la IA va a destruir 92 millones de empleos para 2030, pero va a crear 170 millones nuevos. Un saldo neto positivo de 78 millones de puestos.
El problema con ese número es que no dice dónde van a estar esos 170 millones de empleos nuevos, quién los va a hacer, ni si las personas que perdieron los 92 millones pueden acceder a ellos. Un conductor de camión de 52 años en Ohio y un programador junior de 24 años en Bangalore no son el mismo tipo de trabajador. La estadística los cuenta igual.
El experimento que Altman financió
Entre 2020 y 2023, la organización OpenResearch —financiada por Altman— distribuyó 1.000 dólares mensuales a un grupo de personas de bajos ingresos en Illinois y Texas durante tres años. Fue uno de los experimentos de ingreso básico más rigurosos realizados en Estados Unidos.
Los resultados, publicados en tres papers de investigación, mostraron que los beneficiarios gastaron más en necesidades básicas y en otras personas. Y siguieron trabajando. El miedo clásico al ingreso básico —que la gente deje de trabajar si recibe dinero gratis— no se confirmó.
Altman usó ese experimento para respaldar su posición pública a favor de la renta universal. Pero hay un detalle que el contexto hace más significativo: el experimento fue diseñado y financiado antes de que OpenAI lanzara ChatGPT. Antes de que la automatización del trabajo cognitivo se volviera una realidad concreta en lugar de una hipótesis académica. El mundo en el que ese experimento ocurrió no es el mismo mundo en el que esos resultados se aplican.
El club de los que apoyan la renta universal
Los nombres que hoy apoyan públicamente alguna forma de ingreso básico universal incluyen a Sam Altman (OpenAI), Dario Amodei (Anthropic), Demis Hassabis (Google DeepMind), Vinod Khosla (Khosla Ventures), Elon Musk y Geoffrey Hinton, el "padrino de la IA" que renunció a Google en 2023 para hablar libremente sobre los riesgos de la tecnología.
Musk fue más específico: en publicaciones en X llamó a un "Universal HIGH INCOME" entregado por el gobierno federal como "la mejor forma de lidiar con el desempleo causado por la IA". Musk no aclaró cómo se financia eso ni qué rol debería tener su empresa —que fabrica robots humanoides y vehículos autónomos— en ese sistema.
La pregunta que los progresistas empezaron a hacerse en voz alta en 2026 es simple: ¿por qué los mismos que construyen la tecnología que destruye los empleos son los más entusiastas defensores de la solución? ¿Y qué ganan ellos si esa solución se implementa?
La respuesta más directa es que la renta básica universal es, entre otras cosas, un mecanismo de legitimación. Si la sociedad acepta que la automatización es inevitable y que la compensación correcta es una transferencia de ingresos, entonces la pregunta de si la automatización debería limitarse o regularse de otra manera desaparece de la agenda.
El proyecto que va más lejos: Worldcoin
Altman no se quedó en la teoría. En 2022 lanzó Worldcoin, una plataforma de identidad digital biométrica cuyo mecanismo de verificación es un escáner de iris. La premisa: en un mundo donde los bots de IA pueden simular ser humanos en cualquier interacción digital, la única forma de garantizar que una persona es real es verificar su identidad biológica. El iris es único e infalsificable.
Worldcoin —rebautizado como World— distribuye criptomonedas a quienes verifican su identidad. Es, en su diseño conceptual, una infraestructura de renta básica universal en formato cripto: probás que sos humano, recibís tokens. En enero de 2026, el token de World subió 27 por ciento cuando se filtró que Altman estaba explorando convertir la plataforma en una red social biométrica que elimine a los bots.
El problema que Worldcoin plantea es el mismo que cualquier sistema de identidad centralizado: alguien controla quién entra y quién no. Altman controla Tools for Humanity, la empresa detrás de Worldcoin. Si la renta básica universal del futuro se distribuye a través de una plataforma de identidad controlada por el CEO de OpenAI, el poder que eso concentra en una sola persona o empresa no tiene precedente histórico claro.
El orden mundial que se está rompiendo
El debate sobre la renta universal llega en el peor momento para el sistema de instituciones internacionales que podría administrarla.
La ONU lleva años sin poder resolver conflictos mayores. La Organización Mundial del Comercio está prácticamente paralizada. El sistema de Bretton Woods —el FMI, el Banco Mundial— sigue funcionando pero con legitimidad en declive. Las decisiones que antes se tomaban en foros multilaterales con décadas de negociación ahora las toman ejecutivos corporativos en conferencias de prensa.
El mundo de 2026 es multipolar en la práctica pero sin las instituciones para gestionarlo. China tiene su propia agenda tecnológica. Estados Unidos tiene la suya. Europa intenta construir autonomía estratégica después de darse cuenta de que dependía de infraestructura americana para casi todo. El Sur Global observa cómo las soluciones que proponen los países ricos —la renta básica universal, la soberanía digital, la regulación de la IA— están diseñadas en función de sus propios problemas y cronogramas.
En ese vacío, las empresas tecnológicas globales —sin fronteras reales, con infraestructura que atraviesa jurisdicciones, con ingresos que superan el PIB de países medianos— se convirtieron en actores geopolíticos. No por elección ideológica sino por la lógica del poder: cuando una empresa controla la comunicación, el comercio, la identidad digital y ahora la inteligencia que automatiza el trabajo, su poder es estructuralmente político aunque sus documentos legales digan que es privado.
Lo que nadie está diciendo
El debate sobre la renta básica universal tiene un problema de marco: se discute como si la pregunta fuera si darle dinero a la gente es buena idea. Esa no es la pregunta.
La pregunta es quién controla el sistema que decide quién recibe qué, con qué criterios, a través de qué infraestructura y bajo qué condiciones. Si la respuesta es "el estado democrático con representación y rendición de cuentas", es una conversación. Si la respuesta es "una plataforma de identidad biométrica controlada por el mismo CEO que construyó la IA que destruyó los empleos", es otra conversación completamente distinta.
Los experimentos son reales. Los números de desempleo son reales. El entusiasmo de los líderes de IA por la renta universal también es real.
Lo que todavía no es real es el debate sobre el poder que ese sistema concentraría en quienes lo administren.
Ese debate debería empezar antes de que la solución ya esté instalada.
Fuente original: Un Mundo Loco