El 4 de agosto de 2019, el instrumento VIIRS a bordo del satélite Suomi NPP registró al sur de Java un brillo blanco uniforme extendido sobre el océano. No era una ciudad, ni un reflejo de luna, ni una plataforma petrolera. Era uno de los llamados *milky seas* o mares lechosos, un fenómeno raro de bioluminiscencia marina que durante siglos quedó atrapado entre crónicas de navegación y folclore de alta mar. Importa porque, por primera vez, una anomalía que los marinos describían desde al menos el siglo XVII pudo ser detectada, seguida y comparada con datos satelitales consistentes.
La escala del episodio de Java explica por qué la historia dejó de ser pintoresca para volverse científica. NASA Earth Observatory informó que ese evento alcanzó unos 100.000 kilómetros cuadrados, aproximadamente el tamaño de Islandia. Había comenzado a fines de julio y seguía visible a comienzos de septiembre, atravesando dos ciclos lunares. La misma investigación citada por la agencia revisó datos VIIRS entre 2012 y 2021 y encontró 12 instancias de mares lechosos en el océano Índico y el Pacífico occidental. A la vez, Steve Miller y su equipo reunieron más de 200 menciones históricas en documentos y reportes de barcos.
Un fenómeno raro pero no legendario
Los relatos de mar lechoso tienen una consistencia visual notable. La NASA resume que los navegantes los describen como un campo de nieve extendido sobre el agua, con una luz estable que no se altera con la estela del barco. Esa estabilidad los diferencia de la bioluminiscencia más conocida, la de plancton que se enciende en destellos breves cuando el agua es perturbada. En los mares lechosos no hay fogonazo. Hay resplandor continuo.
Ese detalle explica por qué resultaron tan difíciles de clasificar. Algo que brilla por noches enteras, lejos de la costa y a veces en regiones de poco tráfico marítimo, tiende a quedar atrapado entre la experiencia extraordinaria y la prueba insuficiente. Jules Verne llegó a mencionar el fenómeno en *Veinte mil leguas de viaje submarino*. El problema era convertir esa persistencia narrativa en evidencia instrumental.
La NOAA, la NASA y Colorado State University entraron en esa historia no para “desmentir una leyenda”, sino para preguntarse si existía una firma lumínica lo bastante singular como para ser reconocida desde órbita. Ahí empezó el verdadero cambio.
El sensor que ve luces diez millones de veces más débiles que el día
Miller llevaba décadas persiguiendo el fenómeno cuando apareció la herramienta adecuada. La NASA explica que el day-night band del VIIRS fue diseñado para detectar intensidades de luz hasta 10 millones de veces más débiles que la luz diurna. Esa sensibilidad permite separar auroras, resplandor atmosférico, luces urbanas, reflejos lunares y, potencialmente, bioluminiscencia oceánica.
El desafío estaba en el ruido. Sobre el mar de noche hay barcos, plataformas, nubes y muchísimo reflejo de luna. Todos esos elementos suelen ser más brillantes o frecuentes que un mar lechoso. Además, el propio Miller advirtió que la respuesta espectral del sensor está algo corrida hacia el rojo respecto de la emisión azul verdosa que se presume para buena parte de la bioluminiscencia marina.
La operación fue tanto histórica como tecnológica. Miller se apoyó en la lista de avistamientos compilada por el biólogo marino Peter Herring y encontró reportes de los últimos dos siglos concentrados en el noroeste del Índico, el mar Arábigo y las aguas cercanas a Indonesia. El patrón geográfico ayudó a enfocar la búsqueda satelital. La ciencia, en este caso, necesitó sensores nuevos y cuadernos de bitácora viejos.
Java 2019: un resplandor del tamaño de Islandia
El episodio de 2019 fue el caso más espectacular de la serie. La imagen de VIIRS mostró un resplandor fantasmático extendido entre Java y aguas adyacentes, persistente durante varias noches. NASA Earth Observatory subraya que la señal no era visible durante el día, una pista importante para descartar que se tratara de una sustancia meramente reflectante en la superficie. Además, el brillo se desplazaba con las corrientes, como cabría esperar de una masa biológica y no de una fuente fija de luz.
La comparación con datos de clorofila añadió otra capa. Las zonas con mayor concentración de pigmento fotosintético no coincidían exactamente con las áreas de mayor luminosidad. Esa desalineación llevó a Miller y sus colegas a proponer que las bacterias luminosas podrían estar consumiendo algas muertas o estresadas en los bordes de la floración. También sugirieron que la luz podría ayudar a atraer peces, ya que ciertas bacterias bioluminiscentes viven en sus intestinos.
Lo interesante es que el satélite no resolvió el misterio; lo volvió más preciso. Antes había relatos. Ahora hay extensión, duración, deriva y relación espacial con floraciones cercanas.
Qué podría estar brillando ahí abajo
La hipótesis de trabajo más aceptada, según la NASA, es que los mares lechosos aparecen cuando poblaciones de bacterias luminosas, como *Vibrio harveyi*, explotan en asociación con ciertas colonias de algas y fitoplancton. A diferencia del plancton que emite destellos ante estímulos mecánicos, estas bacterias pueden permanecer encendidas durante días o semanas.
Pero el conocimiento empírico sigue siendo escaso. La agencia remarca que sólo hubo un estudio *in situ* del fenómeno, en 1985, cuando un buque científico se topó por azar con un mar lechoso cerca de Socotra, en el mar Arábigo. Esa desproporción entre abundancia de relatos y pobreza de muestreos directos explica por qué el asunto sigue abierto. Sabemos bastante mejor dónde mirar que qué está ocurriendo con exactitud dentro del agua.
Ese vacío vuelve al fenómeno más interesante, no menos. Un mar lechoso obliga a cruzar bacteriología, dinámica oceánica, historia marítima, sensores orbitales y ecología microbiana. También toca una pregunta más amplia que Miller formula con claridad: si la bioluminiscencia fue una función importante en formas de vida muy simples, ¿qué puede enseñar sobre la vida en el océano y sobre la búsqueda de procesos análogos en otros mundos?
El brillo blanco que durante siglos parecía cuento de capitán quedó, al fin, dentro del campo de visión de un instrumento. Eso no lo vuelve menos extraño. Lo vuelve mejor definido. Y a veces la rareza gana espesor precisamente cuando deja de ser una leyenda intacta y se convierte en una pregunta medible.
Imagen: vista nocturna de Java y mares circundantes registrada por el sensor VIIRS del satélite Suomi NPP durante un episodio de mar lechoso; imagen oficial de NASA Earth Observatory.
Fuente original: NASA Earth Observatory