El ajedrez tiene una relación particular con la locura. No en el sentido metafórico — en el sentido literal: una cantidad desproporcionada de los mejores jugadores de la historia terminaron en asilos, en el exilio, muertos en circunstancias extrañas o convencidos de que los aliens los habían contactado. Hay algo en el juego — la soledad del cálculo, la presión de no equivocarse nunca, la vida entera reducida a un tablero de 64 casillas — que empuja a ciertos temperamentos hasta el límite.
Estos son los casos más extremos.
Paul Morphy: el que se retiró a los 21 y nunca volvió
En 1858, un joven de Nueva Orleans llamado Paul Morphy viajó a Europa y destruyó a todos los mejores ajedrecistas del mundo. Tenía 21 años. Nadie podía seguirle el ritmo. Jugaba tan rápido y tan bien que sus rivales parecían principiantes.
Cuando volvió a Estados Unidos, anunció su retiro del ajedrez. No volvió a jugar competitivamente nunca más.
Lo que siguió fue un deterioro gradual. Morphy rechazó ejercer como abogado, profesión para la que estaba formado. Se obsesionó con la idea de que sus parientes querían robarlo. Dejó de salir. En sus últimos años vivía solo, caminaba obsesivamente por su habitación y hablaba solo en francés. Murió a los 47 años en su bañera, de un accidente cerebrovascular.
Los psiquiatras modernos que estudiaron su caso retroactivamente sugieren paranoia esquizofrénica. Lo que es seguro es que era el mejor ajedrecista del mundo y que eso, aparentemente, no le bastó para nada.
Wilhelm Steinitz: el primer campeón mundial que llamó a Dios por teléfono
Steinitz fue el primer campeón mundial oficial de ajedrez, entre 1886 y 1894. Construyó el edificio teórico sobre el que descansa el ajedrez moderno — la idea de que las posiciones tienen valor objetivo, que se puede acumular ventaja pequeña por pequeña ventaja.
Al final de su vida estaba convencido de que podía hablar con Dios por teléfono. Específicamente: de que podía ofrecerle un peón de ventaja a Dios en una partida de ajedrez, y ganarle igual.
Fue internado en el Asilo de Lunáticos de Moscú en 1897. Salió, tuvo una breve remisión, volvió a entrar. Murió en 1900 en un asilo de Nueva York, sin dinero.
Mikhail Tal: el Mago de Riga que jugaba como si no le importara perder
Tal fue campeón mundial en 1960, cuando tenía 23 años, después de derrotar al gran Mikhail Botvinnik con una serie de sacrificios de piezas que nadie entendía del todo — ni sus rivales, ni los comentaristas, ni en muchos casos el propio Tal.
Su estilo era el más peligroso e irracional del ajedrez de alto nivel: lanzaba ataques que el análisis posterior a veces no podía justificar, creaba posiciones tan complicadas que incluso las computadoras tardan en evaluar. Sus rivales decían que los miraba fijamente durante las partidas con una intensidad que desestabilizaba. Tal lo negaba. Sus rivales insistían.
Fumaba sin parar, bebía sin parar, vivía sin parar. Tuvo problemas renales severos durante décadas — llegó a jugar torneos internacionales saliendo directamente de cirugías. Murió en 1992 a los 55 años, con el título de Gran Maestro más popular de la historia del juego.
Lo que lo separa del resto es que Tal sabía perfectamente que era un poco irracional. Lo disfrutaba. Era el único de esta lista que parecía consciente de su propia rareza y la usaba como arma.
Bobby Fischer: el campeón que terminó huyendo de todo
Fischer es el caso más conocido y el más complejo. En 1972, en Reikiavik, ganó el campeonato mundial contra el soviético Boris Spassky en plena Guerra Fría. La partida fue transmitida en vivo en todo el mundo. Fischer tenía 29 años y era el mejor del planeta sin discusión posible.
Después de eso, desapareció.
No volvió a jugar un campeonato oficial durante 20 años. Cuando el título le fue quitado por no defender la corona, en 1975, no dijo nada. Vivía recluido, rechazaba a la prensa, exigía condiciones absurdas para cualquier evento. Sus amigos describían un hombre que dormía de día, vivía de noche y leía literatura antisemita.
En 1992 jugó un partido de exhibición contra Spassky en Yugoslavia — país bajo embargo internacional en ese momento. El Departamento de Justicia de Estados Unidos le advirtió que no fuera. Fischer fue, escupió literalmente sobre la carta de advertencia frente a las cámaras, y jugó igual.
Los últimos años de su vida los pasó en distintos países que lo acogían temporalmente — Filipinas, Japón, Islandia — mientras Estados Unidos pedía su extradición. Murió en Reikiavik en 2008. La ciudad donde había hecho historia se convirtió en su último refugio.
Kirsan Ilyumzhinov: el presidente de la federación mundial que fue abducido por aliens
Durante 23 años, entre 1995 y 2018, la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE) fue presidida por Kirsan Ilyumzhinov, también presidente de la República de Kalmukia, una pequeña región budista de Rusia.
En una entrevista televisiva en 2010, Ilyumzhinov contó con total naturalidad que en 1997 había sido abducido por extraterrestres. Describió la nave espacial, los trajes amarillos de los aliens y una conversación filosófica a bordo. Un diputado ruso presentó formalmente una queja ante el Kremlin pidiendo investigar si Ilyumzhinov había revelado secretos de Estado durante el viaje intergaláctico.
Ilyumzhinov no se retractó nunca. Siguió presidiendo la FIDE por ocho años más.
Aparte de los aliens, su gestión incluyó visitas a Saddam Hussein, Muammar Gaddafi y Bashar al-Assad para "promover el ajedrez". La FIDE fue sancionada por el Departamento del Tesoro de Estados Unidos en 2015 por sus vínculos con figuras bajo embargo internacional.
Hans Niemann: el escándalo más reciente
En 2022, el noruego Magnus Carlsen — el mejor ajedrecista del mundo desde hace más de una década — se retiró de un torneo importante después de perder contra el joven estadounidense Hans Niemann, de 19 años. Sin dar explicaciones. Simplemente se fue.
Lo que siguió fue el escándalo más grande del ajedrez moderno: Chess.com publicó un reporte de 72 páginas sugiriendo que Niemann había hecho trampa en más de 100 partidas online. Niemann admitió haber hecho trampa en partidas online a los 12 y los 16 años, pero negó cualquier irregularidad en torneos presenciales. Carlsen insinuó, sin decirlo explícitamente, que Niemann había hecho trampa en la partida que le ganó.
El problema: no había prueba directa de trampa presencial. La acusación más salvaje que circuló — que Niemann usaba un dispositivo anal vibrador para recibir señales durante las partidas — fue el tipo de cosa que solo puede surgir en el ajedrez moderno, donde la paranoia sobre el fraude tecnológico es genuina y las acusaciones son imposibles de verificar del todo.
Niemann demandó a Carlsen, a Chess.com y a otros. El caso se resolvió en privado. Niemann sigue jugando torneos. Nadie sabe exactamente qué pasó.
Por qué el ajedrez produce esto
La pregunta obvia es si el ajedrez atrae a personalidades extremas o si las produce. La respuesta probable es las dos cosas.
El juego exige una concentración absoluta que se parece bastante a la obsesión compulsiva. Premiá a alguien toda su vida por no poder apagar su cerebro, y conseguís un adulto que literalmente no puede apagar su cerebro. La diferencia entre un genio del ajedrez y alguien con un problema es, en muchos casos, solo el tablero.
Lo que une a Fischer, Morphy, Steinitz y Tal no es la locura. Es la intensidad. Todos vivieron el ajedrez como si fuera lo único real. El mundo que quedaba afuera — las relaciones, el dinero, la salud — era ruido.
El tablero era lo único que importaba. Y cuando eso termina, o cuando el tablero empieza a perder, lo que queda no siempre es suficiente.
