Durante una tormenta eléctrica, los árboles se iluminan. No con el destello violento de un rayo que los golpea, sino con un brillo tenue, casi espectral, invisible al ojo humano, que aparece en los extremos de las hojas y dura apenas unos segundos. El fenómeno se llama descarga corona, se conocía desde hace décadas en física de laboratorio, y los científicos sospechaban desde los años 1950 que debía ocurrir también en la naturaleza. Lo que nadie había logrado demostrar, hasta ahora, era que realmente ocurriera en árboles reales durante tormentas reales.
En febrero de 2026, un equipo de la Universidad Estatal de Pensilvania publicó en Geophysical Research Letters la primera evidencia directa de ese fenómeno en campo abierto. Para conseguirlo, Patrick McFarland —estudiante de doctorado en meteorología, autor principal del estudio— construyó un telescopio ultravioleta personalizado, lo instaló en el techo de una minivan Toyota Sienna de 2013, y salió a perseguir tormentas por la costa este de los Estados Unidos.
Qué es una descarga corona y por qué ocurre en los árboles
Una descarga corona es un tipo de descarga eléctrica débil que ocurre cuando el campo eléctrico alrededor de un conductor supera cierto umbral y comienza a ionizar el aire circundante. Es el mismo fenómeno que produce el zumbido y el brillo azulado alrededor de las líneas de alta tensión. En esas situaciones artificiales, la corona es un problema de ingeniería: genera pérdidas de energía, produce ozono y puede dañar el aislante de los cables.
En la naturaleza, el mecanismo es distinto pero análogo. Cuando se forma una tormenta eléctrica, la nube acumula una enorme carga negativa. Eso induce carga positiva en la superficie terrestre, que viaja hacia arriba a través del suelo y las plantas. En la punta de una hoja —una geometría que concentra el campo eléctrico de manera similar a la punta de un pararrayos— esa carga puede alcanzar intensidades suficientes para ionizar el aire local. El resultado es una pequeña pero real descarga corona: un flash de luz ultravioleta que dura entre uno y tres segundos.
Que esto debería ocurrir era predecible por la física. Que ocurriera de verdad, en árboles específicos, medible y repetible durante tormentas reales, era otra historia.
La minivan, el telescopio y 859 eventos
El obstáculo principal para detectar coronas en árboles es la luz solar. La radiación ultravioleta del Sol es tan intensa durante el día que enmascararía completamente las débiles emisiones UV de una descarga corona en una hoja. McFarland resolvió el problema diseñando el sistema que el equipo llamó COTS —Corona Observing Telescope System—: un telescopio newtoniano con una cámara sensible al UV, filtros para bloquear la luz solar visible y UV, un sensor de campo eléctrico, y un sistema de geolocalización. Todo montado sobre el techo de la minivan mediante un periscopio.
El sistema sólo podía operar cuando el Sol estaba bloqueado por las nubes de la tormenta. En esas condiciones, y sólo en esas condiciones, la cámara podía ver las emisiones UV que los árboles estaban produciendo.
En junio de 2024, durante una tormenta que duró casi dos horas en Carolina del Norte, el equipo registró 859 eventos de descarga corona sobre un árbol de liquidámbar (Liquidambar styraciflua) y 93 eventos adicionales sobre un pino de hoja larga (Pinus palustris) cercano. A lo largo de cuatro tormentas adicionales, el fenómeno se repitió en múltiples especies arbóreas. No era un accidente: era un patrón.
McFarland describió el momento de confirmación con precisión científica: "Estas cosas en realidad ocurren; las vimos; sabemos que existen ahora."
Lo que el brillo de los árboles hace a la atmósfera
La importancia del descubrimiento va más allá de la rareza visual. Las descargas corona producen radicales hidroxilo: fragmentos de molécula extremadamente reactivos que se forman cuando la energía de la descarga rompe moléculas de vapor de agua. El radical hidroxilo es uno de los oxidantes más importantes de la atmósfera: destruye metano, descompone contaminantes orgánicos y limpia el aire de una variedad de compuestos nocivos.
Los modelos atmosféricos actuales calculan la producción de hidroxilo a partir de fuentes conocidas: luz solar, rayos, reacciones químicas en la nube. Las descargas corona en árboles no estaban incluidas en esos modelos porque su existencia en campo abierto no había sido confirmada. Si los bosques de todo el mundo producen este fenómeno durante las tormentas —y la física sugiere que sí— entonces existe una fuente de limpieza química atmosférica que nadie estaba contabilizando.
El equipo de Penn State, que incluye al profesor William Brune y a la investigadora Jena Jenkins, planea ahora medir no solo la frecuencia del fenómeno sino la cantidad de radicales hidroxilo que efectivamente produce. Eso requiere mediciones de campo más complejas, probablemente con múltiples sensores simultáneos en distintos puntos del bosque durante tormentas activas.
Una pregunta que queda sin responder
Hay algo que el estudio abre sin resolver: ¿qué le hace la descarga corona al árbol?
Los investigadores observaron que las coronas queman las puntas de las hojas. En una sola tormenta intensa, un árbol puede recibir cientos de descargas sobre sus hojas. La acumulación de ese daño a lo largo de una temporada de tormentas podría ser significativa. Una posibilidad, apuntada por el equipo, es que los árboles hayan desarrollado mecanismos evolutivos para tolerar o reducir ese daño: estructuras foliares que distribuyen mejor el campo eléctrico, mayor regeneración de tejido en hojas expuestas, o simplemente mayor resistencia en las especies que viven en zonas de alta actividad tormentosa.
No se sabe. Tampoco se sabe si el fenómeno ocurre con la misma intensidad en bosques tropicales, que son los ecosistemas con mayor actividad de rayos en el planeta y donde la corona en los árboles, si existe a escala masiva, podría tener efectos atmosféricos realmente significativos.
Setenta años de sospechas teóricas culminaron en una tarde de tormenta en Carolina del Norte y 859 destellos ultravioletas sobre las hojas de un liquidámbar. Lo que el fenómeno significa para la química de la atmósfera y la biología de los árboles es lo que el equipo de Penn State quiere responder ahora.
Fuente original: Geophysical Research Letters / Penn State / ScienceDaily