En la primavera boreal de 2025, cinco voluntarios en la Universidad de California en Berkeley miraron un punto de luz y describieron algo que no podían comparar con nada: un tono azul verdoso de una saturación tan extrema que ninguna pantalla, tela ni pigmento puede producirlo. Los investigadores lo bautizaron con un nombre provisional: «olo». No es una longitud de onda nueva. Es una señal neural que el cerebro humano, en condiciones normales, nunca había podido generar.
El paper fue publicado en Science Advances por el equipo de Ren Ng y Austin Roorda, dos especialistas en óptica adaptativa de Berkeley. El resultado central es deceptivamente simple: si se estimulan únicamente los conos M del ojo —los fotorreceptores sensibles a longitudes de onda medias, alrededor de 530 nanómetros— sin activar los conos L ni los S, el cerebro produce una percepción de color que no corresponde a ningún estímulo físico existente en la naturaleza. Eso, en términos de neurociencia visual, es un color imposible.
Tres tipos de células, millones de colores posibles
El sistema visual humano se apoya en tres clases de conos: S (short, sensibles al azul violáceo, ~420 nm), M (medium, sensibles al verde amarillento, ~530 nm) y L (long, sensibles al rojo anaranjado, ~560 nm). Cada color que percibimos es el resultado de la combinación de señales provenientes de los tres tipos. El problema es que los conos M y L tienen espectros de absorción muy superpuestos: cualquier luz que active los M también activa parcialmente los L. Esa superposición es, en la práctica, la razón por la que ciertos colores teóricamente posibles —como un verde puro y saturado al máximo sin ninguna mezcla con amarillo o con azul— no pueden verse en condiciones normales.
Lo que hicieron Ng y Roorda fue saltar ese límite físico con tecnología de óptica adaptativa: un sistema de láser capaz de enfocarse en fotorreceptores individuales dentro de la retina, con una precisión de micrómetros. Al iluminar solo los conos M, sin que los L ni los S recibieran ninguna señal, aislaron por primera vez una vía de señalización que el cerebro recibe pero para la que —en toda la historia evolutiva humana— nunca ha tenido un correlato en el mundo exterior.
Lo que describieron los voluntarios
Los cinco participantes del experimento describieron «olo» de forma consistente: un teal —azul verdoso— de una intensidad y pureza que no podían anclar a ninguna experiencia previa. Algunos usaron adjetivos como «imposiblemente vívido» o «más saturado que cualquier cosa que haya visto». La percepción duraba solo mientras el láser estimulaba los conos y desaparecía cuando se apagaba. No había alucinación, no había fenómeno residual: era una experiencia controlada y reproducible.
El nombre «olo» fue elegido por los investigadores como designación informal, al estilo de los códigos de color en sistemas como sRGB o Adobe Wide Gamut. No es un nombre oficial de la Comisión Internacional de Iluminación (CIE), que define los estándares de espacio de color. Pero la discusión académica que abrió la publicación va más allá de los nombres: ¿qué define un «color»? ¿La longitud de onda de la luz, el tipo de célula que se activa, o la interpretación del sistema nervioso central?
El espacio de color que los monitores no llegan
Los espacios de color estándar —sRGB, DCI-P3, Rec. 2020— se diseñaron para reproducir lo que un ojo humano puede ver bajo estimulación natural. Pero todos asumen que los conos M y L nunca trabajan completamente separados, porque físicamente no pueden hacerlo sin la intervención de un sistema como el de Berkeley. Esto significa que «olo» está fuera del gamut de cualquier tecnología de visualización actual, por definición: no es una limitación técnica de las pantallas de hoy, sino una frontera estructural del espacio perceptivo humano tal como lo conocíamos.
El trabajo tiene implicaciones directas en tres áreas. La primera es la cartografía del espacio de color humano: hay zonas que los modelos actuales no incluyen porque nunca habían sido exploradas. La segunda es el diseño de interfaces para personas con deficiencia en algún tipo de cono —daltonismo—, donde la estimulación selectiva podría abrir canales de información visual alternativos. La tercera, más especulativa, es la posibilidad de ampliar la percepción humana mediante dispositivos de estimulación retinal directa.
Un límite que resultó ser una convención
Desde finales del siglo XIX, cuando Hermann von Helmholtz formalizó la teoría tricromática de la visión, se asumía que el espacio de color humano era un sistema cerrado y bien descripto. El experimento de Berkeley mostró que esa descripción era completa solo para las condiciones físicas del mundo exterior. Dentro del sistema nervioso hay más espacio. «Olo» no es una curiosidad de laboratorio: es la evidencia de que la percepción humana tiene bordes que aún no hemos cartografiado del todo.
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Imagen: diagrama de las curvas de sensibilidad espectral de los tres tipos de conos humanos (S, M, L) sobre el espectro visible, con referencia al espacio sRGB. Fuente: Wikimedia Commons, dominio público.
Fuente original: Science Advances — UC Berkeley