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En Marte hay volcanes que se parecen demasiado a los de Arizona. Esa similitud puede resolver una de las rarezas geológicas del planeta rojo.

En Marte hay volcanes que se parecen demasiado a los de Arizona. Esa similitud puede resolver una de las rarezas geológicas del planeta rojo.

En el sur de Arizona hay conos volcánicos oscuros, redondeados, con cráteres circulares en la cima y coladas negras que se derraman por el terreno. En Marte hay otros casi iguales. La comparación no es una licencia visual: NASA Earth Observatory publicó en marzo de 2026 un análisis que pone lado a lado un campo volcánico terrestre y otro marciano para responder una pregunta incómoda. Si el planeta rojo tuvo condiciones físicas que deberían haber favorecido erupciones explosivas, ¿por qué dejó tan pocas huellas claras de ese tipo de volcanismo?

La clave está en unos relieves llamados conos de escoria. Son estructuras formadas por erupciones moderadamente explosivas, cuando un magma rico en gases sale despedido, se fragmenta en partículas y vuelve a caer alrededor de la boca eruptiva hasta levantar una colina empinada. En la Tierra son casi rutina: existen decenas de miles y representan cerca del 90 por ciento de los volcanes en superficie terrestre. En Marte, en cambio, apenas se identificaron decenas o unos pocos cientos de candidatos. Esa escasez es extraña porque la atmósfera marciana tiene una presión unas 160 veces menor que la terrestre y la gravedad es aproximadamente un tercio de la de la Tierra, dos condiciones que en teoría facilitan erupciones explosivas.

El laboratorio comparativo está entre Arizona y Ulysses Colles

La escena terrestre usada por NASA proviene del San Francisco Volcanic Field, en el norte de Arizona. El instrumento OLI de Landsat 8 tomó esa imagen el 19 de junio de 2025. Del lado marciano, la comparación usa una captura de la cámara CTX del Mars Reconnaissance Orbiter obtenida el 7 de mayo de 2014 en Ulysses Colles, una zona situada en el borde sur de Ulysses Fossae, dentro de la enorme región volcánica de Tharsis.

Los geólogos planetarios consideran que ambos paisajes son análogos porque muestran la misma combinación básica de formas: conos redondeados con ventilación circular en la parte superior, coladas oscuras que se expanden desde sus bases y bloques de corteza hundidos llamados grabens. En Arizona aparece además SP Crater, uno de los ejemplos más didácticos del campo volcánico, con una colada de unos 7 kilómetros que se extiende hacia el norte. En dos puntos esa colada cae dentro de un graben y deja una forma de media luna que sirve como pista para reconstruir el orden de los eventos.

El paralelismo importa porque Marte no puede estudiarse con martillo geológico. Nadie puede caminar hoy sobre Ulysses Colles para romper rocas, medir espesores o seguir contactos de lava sobre el terreno. En cambio, sí se puede hacer ese trabajo en Arizona. La lógica es simple pero poderosa: entender muy bien un paisaje terrestre semejante permite afinar qué señales buscar en Marte cuando sólo se dispone de imágenes orbitales.

Una rareza marciana que no encaja del todo con la teoría

Desde la década de 1970 se sabe que el volcanismo cubrió grandes áreas de Marte. Las primeras imágenes de Mariner 9 ya mostraban volcanes descomunales y planicies de lava a una escala que la Tierra no tiene. Olympus Mons, por ejemplo, se eleva casi tres veces la altura del Everest, y Alba Mons se extiende a una escala comparable a la longitud continental de Estados Unidos. Pero la mayoría de esas construcciones responde a volcanismo efusivo: lavas basálticas relativamente fluidas que se derraman y apilan en capas.

Los conos de escoria cuentan otra historia. Son evidencia de explosividad, aunque no del tipo catastrófico de una erupción pliniana. En la Tierra suelen formarse en eventos estrombolianos: episodios intermitentes de fuentes de lava y proyección de fragmentos. NASA remarca que eso los diferencia de las erupciones mucho más violentas que lanzan columnas de ceniza a decenas de kilómetros de altura, como ocurrió en Hunga Tonga-Hunga Ha'apai.

Por eso Ulysses Colles interesa tanto. Si realmente esos relieves son conos de escoria, entonces Marte tuvo más variedad eruptiva de la que durante mucho tiempo se pensó. También obliga a revisar por qué esas formas son tan pocas. Una posibilidad es que el volcanismo explosivo nunca haya sido dominante. Otra es que sí lo haya sido localmente, pero que muchas huellas quedaran cubiertas por coladas más jóvenes o destruidas por erosión a lo largo de miles de millones de años.

La gravedad baja cambia la forma de los volcanes

Aunque el proceso general sea parecido, los conos marcianos no son copias exactas de los terrestres. Los investigadores citados por NASA explican que en Marte suelen ser más altos, más anchos y de pendientes más suaves. Tiene sentido: con menor gravedad y presión atmosférica, el material expulsado puede viajar más alto y más lejos antes de volver al suelo. El resultado es un edificio volcánico más extendido.

Ese detalle ayuda a leer mejor las imágenes orbitales. No se trata sólo de detectar “montículos que parecen volcanes”, sino de entender cómo el entorno físico del planeta altera la geometría esperable. En otras palabras, la misma clase de erupción no deja exactamente la misma firma en dos mundos diferentes. Ese ajuste fino es el que permite distinguir entre un verdadero cono de escoria y otras formas posibles del relieve marciano.

También hay un problema narrativo que en geología importa mucho: qué pasó primero. En Marte no está claro si algunas coladas son anteriores al cono o si salieron después, cuando el conducto volcánico principal quedó obstruido y la lava encontró una vía lateral. Resolver esa secuencia cambia la interpretación de cada estructura. Y esa clase de rompecabezas, en ausencia de trabajo de campo directo, se apoya justamente en sitios análogos como el campo volcánico de Arizona.

Un cráter de 800 años ayuda a leer otro de miles de millones

Uno de los ejemplos terrestres más útiles del conjunto es Sunset Crater, un cono ubicado al sudeste de SP Crater que hizo erupción hace unos 800 años. Es joven en términos geológicos y por eso conserva rasgos frescos: bordes definidos, depósitos reconocibles y relaciones claras entre cono y coladas. El análogo de Ulysses Colles, en cambio, tiene una edad de miles de millones de años. La comparación entre ambos extremos temporales permite medir qué rasgos sobreviven, cuáles se borran y qué señales mínimas siguen delatando un origen explosivo.

Ahí aparece una lección más amplia sobre la ciencia planetaria. A veces entender Marte no depende de descubrir un paisaje exótico totalmente nuevo, sino de reconocer que algo en otro planeta se parece inquietantemente a un terreno terrestre conocido. Esa semejanza no simplifica el problema: lo vuelve más preciso. Obliga a preguntar qué parte de la forma viene del proceso eruptivo y qué parte viene de la física particular de cada mundo.

Los conos de escoria de Ulysses Colles no son una rareza decorativa. Son una pista de que Marte fue, al menos en algunos lugares, menos monotónico de lo que parecía. Y si unas colinas volcánicas de Arizona pueden ayudar a descifrar por qué un planeta con atmósfera tenue no explotó tanto como prometía la teoría, entonces la geología comparada sigue siendo una de las formas más elegantes de estudiar mundos que todavía no podemos pisar.

Fuente original: NASA Earth Observatory

Fuente: NASA Earth Observatory