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Cuarenta años de Chernobyl: la falla de diseño que los manuales no mencionaban

Cuarenta años de Chernobyl: la falla de diseño que los manuales no mencionaban

A las 1:23:40 del 26 de abril de 1986, los operadores del turno nocturno en la sala de control del reactor 4 de la central de Chernobyl vieron algo que el manual no contemplaba: el indicador de potencia, en lugar de estabilizarse, empezó a subir de forma sostenida. Diez segundos después, el ingeniero de turno Leonid Toptunov apretó el botón AZ-5 —la parada de emergencia—, pero era demasiado tarde. La potencia del reactor llegó a superar los 30.000 megavatios térmicos, diez veces por encima de la potencia nominal de 3.200 megavatios. A las 1:23:44, una primera explosión de vapor destruyó la tapa de presión del reactor y abrió el núcleo a la atmósfera. Cuatro segundos después, una segunda explosión lanzó bloques de grafito ardiendo a 200 metros de distancia.

El accidente tenía causas técnicas precisas, y al menos una era conocida por los diseñadores soviéticos desde hacía una década.

El reactor que se vuelve más reactivo cuando se calienta

El RBMK-1000 —acrónimo ruso de "reactor de alta potencia de canal"— era un diseño exclusivo soviético sin equivalente occidental en escala comercial. Usaba grafito sólido como moderador de neutrones y agua ordinaria como refrigerante. Esa combinación producía un fenómeno llamado coeficiente de vacío positivo: cuando el agua de refrigeración empieza a hervir y genera burbujas de vapor, la reactividad del reactor aumenta en lugar de disminuir. Más vapor genera más fisiones; más fisiones producen más calor; más calor genera más vapor. En los reactores de agua a presión usados en Occidente, el mismo proceso tiene coeficiente negativo: el reactor se frena solo.

El fenómeno era conocido desde la operación del primer RBMK en la central de Leningrado, en los años setenta. Los manuales de los reactores de Chernobyl no incluían advertencia explícita al respecto. El informe INSAG-1 (1986) de la IAEA culpó exclusivamente a los operadores; el informe revisado INSAG-7 (1992) redistribuyó la responsabilidad: el diseño del reactor era parte del problema.

La prueba aplazada cuatro veces

La noche del desastre no era operación rutinaria. El equipo ejecutaba la cuarta versión de un test diseñado en 1982: verificar que la inercia de las turbinas, mientras se desaceleraban tras un corte de energía, podía alimentar las bombas de emergencia durante los 60 a 75 segundos que tardan los generadores diésel de respaldo en arrancar. Las tres pruebas anteriores habían fallado.

El test comenzó con horas de retraso porque la red eléctrica ucraniana necesitaba la planta hasta la medianoche. Cuando los operadores pudieron arrancar la secuencia, el reactor llevaba horas a baja potencia y había acumulado xenón-135, un subproducto de la fisión que absorbe neutrones e impide sostener la reacción en cadena. A las 0:28, al intentar elevar la potencia, Toptunov cometió un error y la potencia cayó a casi cero. El ingeniero jefe adjunto Anatoly Dyatlov, a cargo de la prueba, ordenó continuar.

Para recuperar potencia, los operadores retiraron barras de control más allá del mínimo permitido por el reglamento. El reactor nunca alcanzó el nivel seguro de operación: cuando Dyatlov autorizó el test, la planta operaba a 200 megavatios térmicos, lejos de los 700 mínimos exigidos por el protocolo. Era la combinación más peligrosa posible para un reactor con coeficiente de vacío positivo.

Los 49.400 vecinos que esperaron 36 horas

Pripyat, ciudad construida para los trabajadores de la planta a 3 kilómetros del reactor, tenía 49.400 habitantes. Las explosiones ocurrieron pasada la 1:23. La evacuación no comenzó hasta las 14:00 del día siguiente: 36 horas después. Las autoridades esperaron confirmaciones dosimétricas que tardaban en llegar. Los bomberos enviados al lugar en los primeros minutos —sin equipos de protección radiológica— creyeron que apagaban un incendio industrial. Veintiocho murieron en las semanas siguientes por síndrome de irradiación aguda.

El hormigón construido en siete meses

Entre mayo y noviembre de 1986, entre 200.000 y 600.000 trabajadores —los "liquidadores"— trabajaron en turnos de minutos para contener el reactor destruido. El primer sarcófago, una estructura de hormigón y acero de 30.000 toneladas llamada "Objeto Refugio", se construyó en 206 días. En su interior quedaron unas 200 toneladas de combustible nuclear fundido, incluyendo la formación conocida como "pata de elefante": una masa vítrea de dióxido de silicio, zirconio y óxido de uranio que medía 10.000 röntgens por hora en 1986.

En 2016 se completó el Nuevo Sarcófago de Confinamiento Seguro, un arco de acero de más de 108 metros de altura y 36.000 toneladas diseñado para durar cien años.

Cuarenta años de zona de exclusión

La zona de exclusión de 30 kilómetros alrededor de la planta permanece vigente. Los niveles de cesio-137 en el suelo superan en sectores los umbrales establecidos en 1986. La fauna volvió —lobos, linces, ciervos, bisontes europeos—, aunque estudios de la Universidad de South Carolina publicados en la última década documentan anomalías cromosómicas en poblaciones de aves insectívoras cercanas al reactor.

El número de muertes atribuibles al accidente sigue en disputa: el Foro de Chernobyl (OMS, IAEA y seis organismos de la ONU) estimó en 2005 unas 4.000 muertes finales; un estudio publicado en 2009 en los Annals of the New York Academy of Sciences calculó hasta 985.000. La diferencia refleja cuánta parte del aumento de morbilidad regional puede atribuirse causalmente a la exposición radiactiva, algo que la epidemiología todavía no resuelve con certeza.

La central dejó de generar electricidad en el año 2000. El xenón-135 tiene una vida media de nueve horas. El cesio-137 del suelo, de treinta años.

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Imagen: Vista aérea del reactor 4 de la central nuclear de Chernobyl después de la explosión del 26 de abril de 1986. Fotografía de archivo de la Agencia Internacional de Energía Atómica (IAEA), publicada bajo licencia CC BY-SA 2.0.

Fuente original: IAEA – Chernobyl

Fuente: IAEA - Chernobyl: Looking Back to Go Forward