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El pueblo de Alaska donde todos viven en el mismo edificio y salen al mundo por un túnel de dos kilómetros

El pueblo de Alaska donde todos viven en el mismo edificio y salen al mundo por un túnel de dos kilómetros

Whittier tiene unos 200 habitantes. Una escuela. Un supermercado. Una iglesia. Una clínica. Una comisaría. Todo eso existe en un solo edificio de catorce pisos llamado Begich Towers, construido originalmente para el ejército de Estados Unidos durante la Guerra Fría. Los 200 habitantes de Whittier viven ahí adentro. Todos.

Para salir, usan un túnel de 4,1 kilómetros que atraviesa la montaña Anton Anderson. El túnel tiene una sola vía. Los autos van en un sentido durante quince minutos, luego el tráfico se invierte durante otros quince. Por la noche, el túnel cierra. Si te quedás afuera después de las once, dormís afuera.

Cómo se llegó a esto

Whittier es un puerto en el fiordo Passage Canal, al sur de Alaska, rodeado de montañas que llegan a más de dos mil metros y bloqueadas de nieve buena parte del año. El ejército de Estados Unidos la usó durante la Segunda Guerra Mundial como puerto secreto de suministros: su posición geográfica la hacía casi invisible desde el Pacífico y el túnel —construido entre 1941 y 1943— la conectaba con Anchorage sin exponer las rutas de supply a la vista.

Cuando la guerra terminó, el ejército se quedó. Durante la Guerra Fría, Whittier fue una instalación activa con miles de soldados rotando. El Begich Towers se construyó en 1956 para alojar a las familias. Tenía todo lo necesario para vivir sin salir: tiendas, servicios médicos, capilla, piscina cubierta. La idea era que si una guerra nuclear hacía el exterior inhabitable, la población pudiera sobrevivir adentro.

En 1960, el ejército se retiró. Los civiles que quedaron simplemente siguieron viviendo en el edificio porque era lo que había.

La vida adentro

El administrador del edificio vive en el décimo piso. El médico tiene consultorio en el cuarto. Los chicos van a la escuela en el primer piso. Hay una tienda de abarrotes en la planta baja. Para ir al trabajo, algunos toman el ascensor. La mayoría de las reuniones sociales ocurren en los pasillos.

En invierno, Whittier recibe vientos que superan los 150 kilómetros por hora y nevadas de más de siete metros anuales. En esas condiciones, el diseño de vivir bajo el mismo techo pasa de curiosidad arquitectónica a sistema de supervivencia. Los habitantes no tienen que salir para ir al trabajo, a la escuela o al médico. Pueden pasar semanas enteras sin pisar la calle.

Los que sí salen lo hacen por el túnel, que desde 2000 está habilitado para vehículos civiles. El peaje son doce dólares en cada dirección. Antes de 2000, la única salida era en barco o en avión —el pueblo tiene una pista de aterrizaje pequeña que opera según las condiciones climáticas.

Lo que Whittier dice sobre cómo elegimos vivir

Whittier no es un experimento social ni una comunidad intencional. Nadie eligió explícitamente vivir en un edificio colectivo con reglas de convivencia forzada. Llegaron a eso porque era lo que estaba disponible. Y se quedaron porque funciona, o porque las alternativas eran peores, o porque en algún punto el Begich Towers se convirtió en el lugar que consideran su casa.

Hay conflictos. Hay vecinos que se llevan mal y que se cruzan en el pasillo todos los días porque no hay otra opción. Hay reuniones de consorcio que son, según los propios habitantes, notoriamente tensas.

Pero también hay algo que pueblos dispersos no tienen: cuando hay una emergencia a las tres de la mañana, el médico está a dos pisos de distancia. Cuando cae una tormenta de nieve, nadie queda incomunicado. Cuando alguien necesita ayuda, hay doscientas personas en el mismo edificio que pueden bajar en el ascensor.

Begich Towers fue diseñado para sobrevivir una guerra nuclear. Sobrevivió algo más raro: sobrevivió el fin de su razón de existir y se convirtió en un pueblo real.

Imagen: Begich Towers, Whittier, Alaska / Wikimedia Commons.

Fuente original: Un Mundo Loco

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