En un callejón de Estrasburgo, a mediados de julio de 1518, una mujer conocida como Frau Troffea salió a la calle y comenzó a bailar. No era una celebración. No había música. Bailó durante días sin parar, hasta caer agotada, para levantarse y volver a bailar. En menos de una semana, treinta y cuatro personas se habían sumado. En un mes, la cifra alcanzaba los cuatrocientos. Algunas de ellas murieron.
Los registros de la época —documentos del consejo municipal de Estrasburgo, notas de gremios artesanales y crónicas de médicos— detallan el fenómeno con una precisión inusual para el siglo XVI. En agosto de 1518, las autoridades alquilaron la sala de los herreros, el mercado del grano y otros espacios públicos para que los afectados pudieran bailar sin obstaculizar el tránsito. Contrataron músicos. Llevaron bailarines profesionales. Creían que así la crisis terminaría antes. Se equivocaron.
La lógica detrás de la respuesta oficial
Los médicos de la época diagnosticaron el fenómeno como una "enfermedad natural" causada por "sangre caliente". El consejo municipal y los obispos coincidieron en que la solución era permitir —y facilitar— el baile. La teoría circulaba en textos médicos desde al menos el siglo XIV: en casos de "ira sanguínea", forzar el movimiento hasta el agotamiento completo ayudaba al cuerpo a expulsar el humor nocivo. Era, en su propia lógica interna, una terapia. El error fue que el método no tenía condición de salida: cuantos más músicos tocaban, más personas se sumaban.
El costo físico
No todos sobrevivieron. Las fuentes contemporáneas hablan de personas que murieron de ataques cardíacos, apoplejía y extenuación. El historiador John Waller, de la Universidad Estatal de Michigan, revisó los archivos primarios en su libro A Time to Dance, A Time to Die (2008) y documentó que en los peores días de agosto murieron hasta quince personas por día. Los bailarines tenían los pies llagados. Muchos sangraban a través del calzado. El episodio duró hasta finales de agosto o principios de septiembre, cuando cedió tan abruptamente como había comenzado.
Las teorías en disputa
No hay consenso científico sobre la causa. La hipótesis más respaldada es la de la enfermedad psicogénica de masa: un mecanismo por el cual el estrés extremo desencadena síntomas físicos reales en grupos de personas que comparten un mismo entorno y presión cultural. En ese marco, el baile no era simulado ni voluntario: era involuntario. En 1518, Estrasburgo atravesaba hambrunas, brotes de sífilis y epidemias de peste; el tejido social estaba al límite.
Una segunda teoría, menos aceptada, atribuye el episodio al ergotismo: la intoxicación por el hongo Claviceps purpurea, que crece en el centeno almacenado en condiciones de humedad. El cornezuelo del centeno puede provocar espasmos musculares, vasoconstricción intensa y alucinaciones. Sin embargo, el ergotismo no explica de manera satisfactoria el componente de contagio social ni la forma en que la danza se propagó por contacto visual y proximidad, sin relación aparente con fuentes comunes de alimento.
El caso no es el único
La plaga de 1518 es el episodio más documentado, pero no el primero ni el último. Brotes similares se registraron en Erfurt en 1237, en Estrasburgo en 1374 y en múltiples ciudades del Rin a lo largo de los siglos XIV y XVII. El término "danza de San Vito" —en referencia al mártir cristiano cuyo santuario en Zabern era destino de peregrinación para enfermos— aparece en fuentes médicas y eclesiásticas de toda la región durante ese período.
La pintura Die Wallfahrt der Fallsuechtigen nach Meulebeeck —"La peregrinación de los aquejados de manía danzante a Meulebeeck"—, realizada por Pieter Brueghel el Joven en 1592, representa el fenómeno anual que se repetía en el santuario de Molenbeeck (hoy Bélgica). El cuadro muestra figuras siendo sostenidas por acompañantes mientras sus cuerpos se sacuden, con una procesión de aldeanos alrededor. La imagen circuló como ilustración médica y religiosa simultáneamente.
Estrasburgo, 1518: el contexto que los archivos omiten
El invierno de 1517-1518 había sido especialmente duro. La cosecha de centeno había fallado en el Rin. La sífilis, que había llegado a Europa hacia 1495, seguía sin tratamiento eficaz. La ciudad estaba sobrepoblada. Los registros de los gremios indican que varios de los primeros afectados eran tejedores y trabajadores de bajo estrato económico del mismo barrio donde vivía Frau Troffea.
Waller argumenta que el episodio no puede separarse de ese contexto: el cuerpo colectivo, sometido a una presión que no tenía salida institucional ni médica, encontró un lenguaje físico para el colapso. No es un argumento romántico. Es una lectura estrictamente material del problema: cuando las instituciones no tienen respuesta para el sufrimiento, el sufrimiento busca otra forma de volverse visible.
El baile terminó en septiembre de 1518. Nunca se explicó del todo.
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Imagen: Die Wallfahrt der Fallsuechtigen nach Meulebeeck (1592), óleo sobre tabla de Pieter Brueghel el Joven. Wikimedia Commons, dominio público.
Fuente original: Wikipedia – Dancing plague of 1518