En el verano de 2023, el vehículo submarino no tripulado Deep Discoverer avanzaba lentamente sobre el fondo del Golfo de Alaska, a 3.250 metros de profundidad, cuando sus cámaras captaron algo que nadie en cubierta del barco de exploración de la NOAA pudo identificar. Era un objeto dorado, liso, de forma ovoide, con un pequeño agujero en la superficie, adherido a una roca en la oscuridad total del fondo marino. No parecía un coral. No parecía una esponja. No parecía nada que los investigadores hubieran visto antes.
Lo recogieron con el brazo robótico. Lo llevaron al laboratorio. Y durante casi dos años y medio, permaneció sin nombre.
El misterio acaba de resolverse. En un preprint publicado en bioRxiv el 21 de abril de 2026, un equipo de NOAA y del Smithsonian Institution identificó el objeto como el tejido basal muerto de una anémona marina gigante de aguas profundas: Relicanthus daphneae. El pedazo dorado era, literalmente, lo que quedó del ancla que el animal usó para sujetarse a la roca durante su vida.
Lo que hizo tan difícil la identificación
El objeto no tenía nada de lo que un biólogo marino busca para clasificar un ser vivo. No tenía tentáculos, no tenía simetría visible, no tenía estructuras reconocibles. Era una masa de tejido con una textura inusual y ese color dorado que no encajaba en ninguna categoría conocida de fauna de aguas profundas.
La primera reacción del equipo a bordo fue colectivamente desconcertada. Allen Collins, zoólogo del Laboratorio Nacional de Sistemática de NOAA, ubicado en el Museo Nacional de Historia Natural del Smithsonian, describió el proceso que siguió: "Trabajamos con cientos de muestras diferentes y pensé que nuestros procesos rutinarios aclararían el misterio. Pero esto se convirtió en un caso especial que requirió esfuerzos enfocados y la experiencia de varias personas distintas."
Los primeros intentos de identificación por ADN fallaron. Las muestras estaban contaminadas con ADN de bacterias y otros microorganismos que habitan en el tejido muerto, oscureciendo la señal genética del organismo original. Las técnicas habituales de barcoding genético —el equivalente molecular de buscar una huella dactilar— devolverían resultados confusos o vacíos.
De la microscopía al genoma completo
Lo que permitió resolver el misterio fue combinar varios métodos en secuencia. El equipo primero usó microscopía para examinar la estructura fina del tejido. Encontraron células con morfología específica: nematocistos, las células urticantes que definen al filo Cnidaria — el grupo que incluye medusas, corales, hidroides y anémonas de mar, con más de 11.000 especies conocidas.
Más específicamente, las células resultaron ser espirociertos, un tipo particular de célula urticante que es exclusivo de la subclase Hexacorallia dentro de los cnidarios. Eso acotó significativamente el campo. El organismo misterioso era una anémona hexacoralia de aguas profundas.
Para confirmarlo, el equipo pasó a la secuenciación del genoma completo. Los intentos con el genoma mitocondrial —la región más usada para identificación a nivel de especie— encontraron finalmente una coincidencia casi perfecta: el objeto dorado tenía el mismo genoma mitocondrial que Relicanthus daphneae, una anémona gigante de aguas profundas que ya se conocía pero se había estudiado muy poco.
Un segundo espécimen similar, recogido en 2021 por el buque de investigación Falkor del Schmidt Ocean Institute antes de que se encontrara el objeto de 2023, confirmó el hallazgo y permitió comparaciones adicionales.
Qué es Relicanthus daphneae y por qué el tejido era dorado
Relicanthus daphneae es una anémona de mar que habita fondos oceánicos a grandes profundidades, una criatura que vive en un ambiente de oscuridad total, presión extrema y temperaturas que rondan el cero. Como las anémonas, tiene tentáculos con células urticantes que usa para capturar presas y un disco basal —la parte inferior del cuerpo— que usa para fijarse a sustratos duros como rocas o corales.
Es ese disco basal lo que llegó a bordo del Deep Discoverer. Cuando una anémona muere, el cuerpo se descompone de maneras diferentes según cada tejido. El disco basal, que en vida era el anclaje del animal a la roca, quedó como una estructura de tejido endurecido con una coloración dorada producida por la composición química de las proteínas de anclaje y los procesos de degradación en las condiciones físico-químicas del fondo.
El resultado visual —un objeto liso, brillante y de tono dorado adherido a la roca— no se parecía a nada que los investigadores hubieran catalogado antes porque nadie había visto antes ese tejido específico de ese animal en ese estado específico de descomposición y preservación.
Lo que revela sobre los fondos oceánicos profundos
La historia del golden orb es un recordatorio de cuánto queda por descubrir en las partes más inaccesibles del planeta. Los océanos cubren más del 70 por ciento de la superficie terrestre. La mayor parte del fondo oceánico profundo —por debajo de los 200 metros— nunca ha sido explorado directamente. Las expediciones como las de la NOAA con el Okeanos Explorer son ventanas pequeñas y costosas hacia un ambiente que en muchos sentidos se conoce menos que la superficie de la Luna.
La fauna que vive en esas profundidades incluye organismos que evolucionaron en condiciones radicalmente distintas a las de la superficie: presiones de cientos de atmósferas, oscuridad completa, temperaturas constantes cercanas al punto de congelamiento, y ciclos biogeoquímicos que dependen en gran medida de los nutrientes que caen desde arriba —la llamada "nieve marina", una lluvia continua de materia orgánica desde las capas superficiales.
En ese contexto, encontrar tejido preservado de una anémona gigante sin el cuerpo completo no es sorprendente: es probablemente la norma. Los fondos oceánicos profundos están llenos de restos y fragmentos de organismos cuyo ciclo de vida, comportamiento y biología de fondo son en gran medida desconocidos.
El golden orb tardó dos años y medio en tener nombre. Lo que permanece en el fondo del Golfo de Alaska, en esa misma roca a 3.250 metros, muy probablemente nunca tendrá ninguno.
Fuente original: bioRxiv / NOAA / ScienceDaily / NOAA Ocean Exploration