En 1987, el gobierno de Hong Kong anunció la demolición de la Ciudad Amurallada de Kowloon, un enclave de aproximadamente 33.000 habitantes comprimidos en 2,6 hectáreas en el norte de la península de Kowloon. El dato que hacía a este lugar único no era solo su densidad —la mayor jamás registrada en la historia humana— sino su condición jurídica: durante casi medio siglo, ni el Reino Unido ni la República Popular China habían ejercido soberanía efectiva sobre ese rectángulo de edificios apilados.
A su pico en la década de 1980, la Ciudad Amurallada alcanzó una densidad aproximada de 1,25 millones de personas por kilómetro cuadrado. Manhattan, uno de los distritos más poblados del mundo desarrollado, tiene unas 27.000 por kilómetro cuadrado. Los barrios más densos de la propia Hong Kong no superaban las 68.000. Dentro de esas 2,6 hectáreas había cerca de 300 edificios de entre diez y catorce pisos, muchos construidos sin planos ni permisos, compartiendo paredes, tuberías y estructuras de soporte con sus vecinos.
La grieta legal que lo hizo posible
La Ciudad Amurallada era originalmente un fuerte chino de 1847, construido para monitorear la actividad británica en la bahía de Hong Kong. Cuando el Reino Unido arrendó los Nuevos Territorios en 1898 por 99 años, China retuvo jurisdicción sobre ese pequeño enclave militar. El acuerdo fue ambiguo desde el inicio: los británicos expulsaron a los funcionarios chinos ese mismo año, pero no incorporaron formalmente el territorio a la colonia.
Durante la ocupación japonesa de 1941 a 1945, las murallas originales de la fortaleza fueron demolidas para ampliar el aeropuerto Kai Tak. Al terminar la guerra, miles de refugiados de la guerra civil china comenzaron a instalarse en el sitio. Ni Londres ni Pekín intervinieron con claridad. En la práctica, el enclave quedó en tierra de nadie: demasiado pequeño para merecer un conflicto diplomático, demasiado habitado para desalojarlo.
Trescientos edificios sin planos
La construcción fue acumulativa y caótica durante décadas. Los edificios crecían hacia arriba —añadiendo pisos ilegalmente— y hacia los lados, incorporando espacios de vecinos o llenando cualquier vacío disponible. El resultado era una estructura continua: desde arriba, la ciudad parecía un solo bloque compacto con una superficie casi uniforme. En las azoteas, los niños jugaban entre antenas de televisión y tanques de agua.
En el interior, la luz natural casi no llegaba al nivel del suelo. Los callejones centrales medían entre 1 y 1,5 metros de ancho. Las tuberías de agua potable corrían pegadas a las paredes exteriores porque no había infraestructura enterrada. La electricidad llegaba mediante conexiones irregulares tendidas entre ventanas. Algunas zonas del nivel inferior permanecían en oscuridad total durante el día.
Los dentistas, los médicos y las fábricas de fideos
Dentro de la Ciudad Amurallada funcionaba una economía propia. Operaban decenas de consultorios médicos y dentales cuyos profesionales, muchos sin licencia reconocida por las autoridades de Hong Kong, atendían pacientes a precios muy inferiores al mercado formal. También funcionaban fábricas de fideos, de tofu y de bolas de pescado —los fish balls que luego se vendían en puestos callejeros de todo Hong Kong—. Las autoridades sanitarias del territorio raramente ingresaban.
En la década de 1970, el gobierno colonial lanzó operaciones para desplazar a las triadas que controlaban zonas del enclave. El éxito fue parcial. En los años 1980, la imagen pública de la ciudad comenzó a complejizarse: sociólogos y periodistas documentaron una comunidad con vínculos internos fuertes, una economía de subsistencia funcional y una organización social propia, no solo el caos que reproducía la prensa extranjera.
El archivo fotográfico que salvó la memoria
Entre 1987 y 1992, los fotógrafos Greg Girard y Ian Lambot documentaron la ciudad de manera sistemática. Su libro City of Darkness, publicado en 1993 —el mismo año en que comenzó la demolición—, reunió cientos de fotografías del interior de los departamentos, los callejones, los talleres y las azoteas. Es el registro visual más completo del lugar. Una reedición ampliada apareció en 2014, dos décadas después del derribo, lo que indica la persistencia del interés que generó ese espacio.
La demolición comenzó en marzo de 1993. Los últimos residentes fueron reubicados mediante compensaciones negociadas con el gobierno colonial. El proceso tardó poco más de un año. El sitio fue completamente vaciado, desbrozado y nivelado.
El parque donde estaban los callejones
En 1995, abrió el Parque de la Ciudad Amurallada de Kowloon, un jardín de diseño chino clásico que conserva algunos vestigios del fuerte original: los cimientos de la antigua yamen (la residencia oficial del magistrado chino), dos cañones del período Qing y una placa explicativa que narra la historia del enclave. El parque tiene 3,1 hectáreas, levemente más grande que el área que ocupaba la ciudad que reemplazó.
Donde estaban los callejones sin luz, hay senderos de piedra. Donde estaban los edificios, hay bambú.
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Imagen: Vista aérea de la Ciudad Amurallada de Kowloon en 1989, fotografía de dominio público disponible en Wikimedia Commons.
Fuente original: Wikipedia – Kowloon Walled City