Las canteras inundadas bonaerenses podrían transformarse en criaderos de pejerrey

Las canteras inundadas bonaerenses podrían transformarse en criaderos de pejerrey

La provincia de Buenos Aires tiene cerca de 300 canteras cubiertas de agua. Muchas nacieron como huecos mineros para extraer tosca, conchilla u otros materiales de construcción; después quedaron inundadas por lluvias y napas. Ahora, un equipo del Instituto de Limnología de La Plata, dependiente del CONICET y la Universidad Nacional de La Plata, estudia veinte de esas cavas para saber si pueden usarse en la cría de pejerrey y en proyectos de uso social o ecoturístico.

El asunto parece menor hasta que se entiende la escala. Una cantera abandonada no es una laguna natural. Puede tener paredes casi verticales, profundidades irregulares, poca circulación, agua quieta, microbiología particular y riesgos para quienes se acercan sin control. Convertirla en un espacio productivo o educativo exige medir antes de intervenir.

El pejerrey como prueba de manejo

El ILPLA tiene experiencia en acuicultura ecológica de pejerrey, una especie autóctona central para lagunas pampeanas. El método probado durante años usa jaulas flotantes con redes finas donde se alojan larvas. La red protege a los peces jóvenes de depredadores, permite intercambio de agua y deja entrar zooplancton, su alimento principal. Después de unos cuatro meses, los juveniles pueden liberarse en el ambiente.

Trasladar ese sistema a canteras no es copiar y pegar. Las lagunas abiertas tienen viento, mezcla de agua, dinámica de nutrientes y escalas muy distintas. Una cava puede medir pocas hectáreas y comportarse como un recipiente profundo con circulación reducida. Eso puede favorecer cierto control, pero limita la disponibilidad de alimento natural.

Veinte cavas bajo lupa

El proyecto parte de un acuerdo con la Subsecretaría de Minería bonaerense. Los investigadores toman muestras de agua y microorganismos, evalúan parámetros físicos y biológicos, y usan ecosondas para reconstruir el relieve del fondo. Las primeras campañas incluyen sitios de Samborombón, Florencio Varela y el Gran La Plata.

La pregunta central no es si todas las canteras sirven. Justamente, el trabajo busca separar casos. Algunas podrían sostener cría de peces; otras tal vez sean mejores para senderos interpretativos, educación ambiental, observación de aves o cartelería de seguridad. El valor está en dejar de tratarlas como pozos sin historia y empezar a clasificarlas como ambientes artificiales con usos posibles.

Minería no metálica y paisaje posterior

La actividad minera bonaerense es mayormente no metálica y está asociada a insumos para construcción, cerámica y obras. Cuando termina la explotación, el paisaje no vuelve solo a su estado anterior. Quedan depresiones, agua acumulada, bordes inestables y apropiaciones espontáneas: gente que pesca, se baña, camina o mira aves.

Ese uso informal puede ser peligroso, pero también revela demanda social. Las comunidades ya interactúan con esos espacios; la ciencia puede aportar criterios para hacerlo con menos riesgo y más beneficio.

La noticia tiene una rareza muy argentina: donde hubo extracción y abandono, podría aparecer acuicultura, educación y territorio público mejor ordenado. La clave está en no romantizar el hueco ni taparlo con promesas rápidas. Primero se mide. Después se decide.

Imagen: trabajo de campo del ILPLA en canteras bonaerenses, material difundido por CONICET.
Fuente original: CONICET

Fuente: CONICET