De los cinco sentidos humanos, el olfato fue el último en resistirse a ser mapeado. La visión tiene su corteza visual, con regiones especializadas para bordes, movimiento y color. El tacto tiene su homúnculo, la representación topográfica del cuerpo en el cerebro. El oído tiene su organización tonotópica, donde distintas frecuencias activan distintas zonas. Pero el olfato parecía diferente: los receptores olfativos en la nariz aparecían dispersos sin un orden aparente, lo que llevó durante décadas a concluir que su distribución era fundamentalmente aleatoria.
El 28 de abril de 2026, un equipo de Harvard Medical School publicó en Cell una corrección a esa conclusión. Los receptores olfativos en la nariz tienen una organización precisa. Están dispuestos en franjas horizontales que van de arriba abajo, agrupados por tipo, de manera consistente entre individuos. Y esa organización en la nariz se refleja en el cerebro.
El mapa que nadie había visto
El laboratorio de Sandeep Datta en el Instituto Blavatnik de Harvard usó una técnica llamada transcriptómica espacial para hacer algo que no había sido posible antes: ubicar exactamente dónde estaba cada neurona en la nariz mientras se identificaba simultáneamente qué tipo de receptor olfativo expresaba.
El resultado, obtenido analizando aproximadamente 5,5 millones de neuronas de más de 300 ratones, fue una imagen que contradice lo que la literatura científica asumía. No hay dispersión aleatoria. Hay franjas. Cada franja horizontal contiene neuronas que expresan el mismo tipo de receptor, y esas franjas se superponen parcialmente pero mantienen una organización coherente desde la parte superior hasta la inferior de la cavidad nasal.
Datta formuló el hallazgo con precisión: "Nuestros resultados traen orden a un sistema que se pensaba carecía de orden, lo que cambia conceptualmente cómo pensamos que funciona esto."
También señaló algo más amplio sobre la historia del campo: "El olfato ha sido la excepción; es el sentido que ha estado sin mapa por más tiempo."
Por qué era difícil encontrarlo
La nariz tiene alrededor de 400 tipos de receptores olfativos en humanos —y más de 1.000 en ratones— cada uno sensible a moléculas con determinadas características químicas. La combinación de activación de múltiples receptores ante una misma molécula es lo que produce la percepción de un olor específico.
Los estudios anteriores podían detectar que ciertos receptores tendían a aparecer en zonas amplias de la cavidad nasal, pero la resolución no era suficiente para ver la estructura fina dentro de esas zonas. La transcriptómica espacial —que combina secuenciación de células individuales con coordenadas físicas de cada célula dentro del tejido— permitió ver a un nivel de detalle que antes era técnicamente inaccesible.
Al observar esa resolución, el patrón apareció: las franjas no son grandes zonas borrosas sino estructuras definidas, con bordes relativamente precisos, replicables entre individuos.
El mecanismo: ácido retinoico como guía
Identificar el patrón no explica por qué existe. Para eso, el equipo investigó qué moléculas podrían estar produciendo esa organización espacial. La respuesta que encontraron fue el ácido retinoico, derivado de la vitamina A y conocido por su rol en el desarrollo embrionario de distintos tejidos.
En la nariz, el ácido retinoico forma un gradiente: su concentración varía de manera continua entre la parte superior y la inferior de la cavidad nasal. Ese gradiente funciona como una señal posicional: dependiendo de dónde se encuentre una neurona en el tejido, el nivel de ácido retinoico al que está expuesta determina qué tipo de receptor olfativo va a expresar.
La evidencia experimental es directa: cuando los investigadores alteraron experimentalmente los niveles de ácido retinoico en la nariz, todo el mapa de receptores se desplazó hacia arriba o hacia abajo en consecuencia. La causa del mapa es química, y es manipulable.
De la nariz al cerebro
El hallazgo no se detiene en la nariz. El mismo equipo estableció que la organización de los receptores en la cavidad nasal tiene correspondencia con los mapas olfativos en el bulbo olfativo del cerebro —la primera estación de procesamiento de información olfativa.
Esto sugiere que la arquitectura del mapa nasal no es arbitraria: es funcional. La posición de las neuronas en la nariz determina adónde envían sus señales en el cerebro, y esa correspondencia espacial probablemente tiene un rol en cómo el cerebro construye la percepción de los olores.
Las aplicaciones para la pérdida del olfato
La pérdida del olfato —anosmia— fue ampliamente ignorada clínicamente hasta que el COVID-19 la convirtió en un síntoma reconocible para millones de personas. Estudios posteriores documentaron que la anosmia prolongada tiene efectos significativos sobre la calidad de vida, la nutrición, la seguridad —no detectar gas, humo o alimentos en mal estado— y la salud mental.
Actualmente no existe ningún tratamiento efectivo para la anosmia crónica. Datta señala que la razón es básica: "No podemos reparar el olfato sin entender cómo funciona en un nivel fundamental."
El mapa de receptores abre caminos concretos. Si la organización espacial de las neuronas olfativas es reproducible y está mediada por ácido retinoico, entonces es posible en principio diseñar terapias de células madre que regeneren el tejido correcto en el lugar correcto, o interfases cerebro-computadora que repliquen las señales que el cerebro espera recibir de una nariz funcional.
El último mapa de los sentidos
En neurociencia, un mapa sensorial es más que una curiosidad anatómica. Es un principio organizativo que conecta la periferia del cuerpo con el sistema nervioso central de manera predecible. Conocer ese mapa es la condición previa para cualquier intervención que quiera restaurar o mejorar la función sensorial.
El olfato fue el sentido que más tiempo esperó. Ya tiene su mapa.
Fuente original: Cell / ScienceDaily / Harvard Medical School