La estrella más cercana al Sol es Alpha Centauri, a 4,37 años luz de distancia. A la velocidad de las naves espaciales actuales —las más rápidas que hemos construido— llegar hasta ahí tomaría entre 75.000 y 100.000 años. En la escala del tiempo humano, es básicamente imposible.
Ahora hay un experimento de laboratorio que abre una vía conceptualmente distinta. Un equipo de Texas A&M University publicó en la revista Newton un estudio sobre lo que llaman "metajets": dispositivos del tamaño de micras que se mueven cuando se les ilumina con luz láser, sin combustible, sin partes mecánicas, sin contacto físico. Las proyecciones teóricas que derivan de ese experimento llevan a una cifra impactante: si se escala la tecnología con suficiente potencia óptica, podría ser posible llegar a Alpha Centauri en aproximadamente 20 años.
La física de empujar con luz
La idea de que la luz puede ejercer presión existe desde los tiempos de Maxwell: los fotones, aunque no tienen masa, sí tienen momento lineal. Cuando un fotón rebota en una superficie, transfiere ese momento al objeto. El fenómeno es real pero extremadamente débil a las intensidades de luz cotidianas.
Las velas solares —naves espaciales teóricas que capturarían la presión de radiación del Sol para propulsarse— han sido estudiadas desde hace décadas y ya se probaron en pequeña escala. El problema de las velas solares es que la presión disminuye rápidamente con la distancia al Sol, y que no permiten maniobra precisa.
Lo que hizo el equipo del Dr. Shoufeng Lan, director del Laboratorio de Nanofotónica Avanzada en Texas A&M, es fundamentalmente diferente. En lugar de usar una superficie reflectante pasiva, diseñaron metasuperficies: materiales ultrafinos en los que se graban patrones nanoscópicos con precisión extrema. Cada característica de esas superficies —su forma, orientación y ubicación— está diseñada para controlar exactamente cómo interactúa con la luz.
Cuando la luz láser incide en un metajet, no simplemente rebota: interactúa con los patrones de la metasuperficie de una manera que permite generar fuerza en direcciones específicas y controlables. El resultado es un dispositivo que puede levitarse y maniobrarse en tres dimensiones usando solo luz, sin ningún mecanismo físico.
El experimento: maniobras en tres dimensiones
Lo que el experimento de Texas A&M demostró por primera vez es que esa maniobra tridimensional es posible con metajets. Los dispositivos probados miden decenas de micras —más pequeños que el ancho de un cabello humano. Con un láser adecuado, el equipo logró levitarlos y dirigirlos con control en el espacio tridimensional.
La característica más importante para las aplicaciones espaciales es la siguiente: la fuerza que ejerce la luz sobre el metajet depende de la potencia del láser, no del tamaño del dispositivo. Los principios físicos que funcionan a escala de micras son los mismos que funcionarían a escalas mucho mayores si se dispone de suficiente potencia óptica.
Eso es lo que abre la puerta a la propulsión interestelar. Si se construye un metajet —o un conjunto de ellos formando una nave— de mayor tamaño, y se lo ilumina con un láser de potencia suficientemente alta desde la Tierra o desde una plataforma orbital, la fuerza acumulada a lo largo del tiempo puede acelerar la nave a velocidades que las propulsiones convencionales jamás podrían alcanzar.
Alpha Centauri en 20 años: el cálculo
La proyección de 20 años para llegar a Alpha Centauri no es ciencia ficción arbitraria. Es una extrapolación directa de la física: si se puede generar suficiente impulso óptico durante un período prolongado, una nave suficientemente ligera podría alcanzar una fracción significativa de la velocidad de la luz —estimaciones hablan de 20% a 25%— lo que permitiría recorrer 4,37 años luz en el tiempo indicado.
La idea de usar un láser terrestre masivo para empujar una nave ultraligera hacia otra estrella no es nueva. El proyecto Breakthrough Starshot, iniciativa financiada por el físico Yuri Milner y Stephen Hawking en 2016, propone exactamente eso: una "vela láser" ultrafina, acelerada por un array de láseres de gigavatios, capaz de alcanzar Alpha Centauri en 20 años. Lo que el trabajo de Texas A&M agrega es un mecanismo de control más sofisticado: en lugar de una vela pasiva que simplemente acepta la presión de la luz, una metasuperficie diseñada que puede generar thrust en direcciones específicas, lo que permitiría maniobras, correcciones de trayectoria y eventualmente deceleración.
El Dr. Lan y su equipo describieron el potencial: el diseño de las metasuperficies permite "construir el control directamente en el material", lo que significa que la propulsión y la navegación pueden estar integradas en la misma estructura física.
Las dificultades que quedan por resolver
La distancia entre el experimento de laboratorio y una nave interestelar real es enorme. Los metajets probados miden micras; una nave capaz de transportar instrumentos científicos significativos debería medir metros o más, lo que requiere escalar la potencia del láser en factores de billones.
Un array de láseres capaz de propulsar una nave a 20-25% de la velocidad de la luz requeriría potencias del orden de gigavatios a teravatios, sostenidas durante horas o días. No existe actualmente infraestructura capaz de eso, ni en tierra ni en órbita. El costo energético y tecnológico es extraordinario.
La maniobra precisa, que los metajets podrían facilitar, no resuelve el problema de la deceleración al llegar al sistema de Alpha Centauri: si la nave viaja al 20% de la velocidad de la luz y no hay forma de frenarla, pasará por el sistema estelar de destino en cuestión de horas sin poder entrar en órbita ni hacer ciencia útil.
Y una nave que tarda 20 años en llegar —aunque sea con tecnología que todavía no existe— transmitirá señales que tardan 4,37 años en volver a la Tierra. El proyecto requeriría un compromiso civilizatorio de décadas.
Por qué el experimento importa de todas formas
Lo que el trabajo de Texas A&M demuestra no es que vamos a enviar una nave a Alpha Centauri pronto. Demuestra que el control preciso de objetos mediante luz láser es técnicamente posible a escala experimental, y que las metasuperficies ofrecen un mecanismo de propulsión más sofisticado que las velas solares pasivas.
A escala mucho más modesta, las aplicaciones inmediatas son más prácticas: manipulación de partículas biológicas, ensamblado de microdispositivos, sistemas de sensores sin partes móviles. La nanofotónica que subyace al experimento tiene aplicaciones en medicina, manufactura y computación que no requieren resolver el problema de viajes interestelares.
Pero la posibilidad de llegar algún día a otra estrella —aunque sea en forma de una sonda diminuta que transmite datos durante décadas— es la que da a este tipo de investigación su dimensión más amplia. Por primera vez en la historia, esa posibilidad está vinculada a experimentos reales en laboratorio, no solo a ecuaciones en el papel.
Fuente original: Newton / Texas A&M University / Phys.org