La frase que todos conocen es: "La explicación más simple es generalmente la correcta." Eso no es lo que dijo Guillermo de Ockham. Y la diferencia entre lo que dijo y lo que se repite cambia completamente cómo debería usarse el principio.
Lo que Ockham realmente dijo
Guillermo de Ockham fue un filósofo y teólogo inglés del siglo XIV, nacido alrededor de 1287 en el pueblo de Ockham, en Surrey. La frase que se le atribuye, en latín, es:
"Entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem."
Traducción: "Las entidades no deben multiplicarse más allá de lo necesario."
En términos más modernos: si podés explicar algo sin agregar suposiciones extra, no las agregues. Si tenés dos teorías que explican exactamente los mismos hechos con la misma precisión, preferí la que requiere menos compromisos adicionales.
Esto no dice que la explicación más simple sea la verdadera. Dice que entre explicaciones igualmente poderosas, hay que preferir la más económica. Es un criterio de selección entre hipótesis equivalentes, no una afirmación sobre la naturaleza de la realidad.

Por qué la diferencia importa
La versión popular —"lo más simple es lo verdadero"— lleva a errores graves.
La física cuántica no es simple. La relatividad general no es simple. La evolución por selección natural no es simple. Si aplicáramos la navaja de Occam en su versión popular, deberíamos preferir explicaciones simples sobre estas teorías —y eso sería científicamente ruinoso.
La versión correcta no dice que la realidad es simple. Dice que cuando dos teorías explican lo mismo igual de bien, no hay razón para preferir la que agrega suposiciones extras. Es un principio de economía intelectual: no asumir más de lo necesario.
Un ejemplo concreto. Alguien cancela una reunión de último momento. Dos explicaciones:
1. Tuvo un imprevisto genuino.
2. Tuvo un imprevisto genuino, además no te tiene simpatía, además estaba buscando una excusa, además había algo más importante que vos.
La explicación 2 puede ser correcta. Pero asume cuatro cosas donde la explicación 1 asume una. Si los hechos disponibles no te permiten distinguir entre ambas explicaciones, la navaja de Occam dice: preferí la primera. No porque sea más verdadera —sino porque asume menos.
La navaja como herramienta del método científico
La navaja de Occam fue reformulada en el siglo XX como principio de parsimonia: entre hipótesis científicas igualmente consistentes con los datos, hay que preferir la más parsimoniosa —la que compromete menos suposiciones adicionales.
Esto tiene una base lógica: cada suposición adicional introduce una posibilidad de error. Si una teoría necesita que A, B y C sean verdaderos, y otra necesita solo que A sea verdadero, la segunda tiene más chances de sobrevivir si B o C resultan ser falsos.
Isaac Newton usó la parsimonia explícitamente en sus Principia Mathematica (1687): "No debemos admitir más causas de las cosas naturales que aquellas que son verdaderas y suficientes para explicar sus apariencias." Einstein también: "Todo debe hacerse tan simple como sea posible, pero no más simple."
La frase de Einstein es la versión correcta. No "tan simple como sea", sino "tan simple como sea posible" —con el límite de que la simplificación no puede destruir el poder explicativo.
Dónde la navaja no aplica
Hay contextos donde intentar aplicar la navaja de Occam lleva al error.
En diagnóstico médico, la regla de "la explicación más simple primero" (también llamada "el caballo antes que la cebra") es una heurística útil pero tiene excepciones importantes. A veces el paciente tiene efectivamente la enfermedad rara. Un médico que aplica la navaja demasiado rígidamente puede descartar prematuramente hipótesis menos comunes.
En historia y ciencias sociales, los fenómenos complejos tienen causas complejas. La explicación monocausal suele ser incorrecta precisamente porque los sistemas sociales son sistemas de múltiples variables interdependientes.
En conspiranismo, la navaja de Occam se cita frecuentemente para descartar conspiraciones complejas. El argumento es: "¿Para qué asumir una conspiración si hay una explicación más simple?" Pero en algunos casos —Watergate, los papeles del Pentágono, el escándalo de LIBOR— la explicación compleja era la verdadera. La navaja no garantiza la verdad. Solo administra la carga de la prueba.
El origen del nombre
La imagen de la "navaja" —el corte— no la usó Ockham. La metáfora apareció siglos después para describir su principio: la navaja "corta" las explicaciones innecesarias, dejando solo lo que hace falta.
Ockham tampoco fue el primero en articular el principio. Aristóteles escribió algo muy similar en el siglo IV a.C.: "Si los hechos se explican igualmente bien con menos o con más, hay que preferir lo primero." Ptolomeo y Tomás de Aquino también enunciaron principios similares.
Lo que hizo a Ockham especial no fue inventar el principio sino defenderlo de manera sistemática y consistente, en un momento histórico donde la teología escolástica tendía a multiplicar entidades abstractas (ángeles, formas universales, esencias) para explicar fenómenos que Ockham creía que podían explicarse más económicamente.
Fue un gesto intelectual de limpieza. La navaja cortaba el exceso especulativo, no la complejidad cuando la complejidad es necesaria.
Fuente original: Stanford Encyclopedia of Philosophy — Simplicity