En algún momento de hace 66 millones de años, el tiranosaurio más grande del que se tiene registro fracturó una costilla. El animal sobrevivió: el hueso comenzó a sanar. Tiempo después murió, fue sepultado, y durante decenas de millones de años sus restos se convirtieron en piedra. Hoy, ese mismo hueso guardaba algo que nadie esperaba encontrar: una red de vasos sanguíneos mineralizados, perfectamente conservada, que documentó el proceso de curación en el momento exacto en que ocurrió.
El descubrimiento fue publicado en Scientific Reports por un equipo de la Universidad de Regina encabezado por Jerit Leo Mitchell, estudiante de doctorado en física que inició esta investigación durante su pregrado. La técnica que lo hizo posible no vino de la paleontología tradicional sino de la física de partículas: luz de sincrotrón, los rayos X más intensos que existen.
El dinosaurio más grande y su costilla rota
Scotty es el T. rex más grande jamás encontrado y uno de los esqueletos más completos de la especie. Vive en el Museo Real de Saskatchewan, en Canadá, y lleva décadas siendo estudiado. Lo que los científicos ya sabían antes de esta investigación es que Scotty tuvo una vida dura: su esqueleto muestra múltiples lesiones, incluyendo marcas de peleas y al menos una infección severa. Era un animal que había sobrevivido cosas que habrían matado a otros.
Una de las costillas de Scotty tiene una fractura parcialmente curada. El hueso comenzó a sanar, lo que indica que el animal vivió un tiempo después de la lesión. Esa costilla fue el objeto de estudio.
El problema es que los huesos fosilizados son extremadamente densos. Un escáner CT convencional —la misma tecnología que se usa en hospitales— no tiene suficiente penetración para revelar las estructuras internas de un hueso de dinosaurio sin destruirlo. Mitchell y su equipo recurrieron a la luz sincrotrón: rayos X producidos por aceleradores de partículas que generan haces miles de veces más intensos que los rayos X médicos. Con esa técnica pueden ver el interior de la roca sin tocarla.
Lo que apareció adentro
Lo que la luz sincrotrón reveló fue una red densa de moldes mineralizados: las estructuras donde los vasos sanguíneos habían estado. Cuando un hueso se lesiona, el organismo responde con un aumento masivo de la actividad vascular en la zona afectada. Los vasos sanguíneos proliferan para llevar oxígeno y nutrientes a las células que reparan el tejido. Esa explosión vascular quedó registrada, en el caso de Scotty, como huellas de hierro en dos capas minerales distintas que reflejan la historia ambiental de la fosilización.
Los vasos no sobrevivieron como tejido orgánico —eso hubiera sido imposible a esa escala temporal— sino como moldes negativos, como si alguien hubiera llenado de metal fundido una red de tubos y luego los tubos se hubieran disuelto. Lo que queda es la forma, la extensión, la densidad. Suficiente para reconstruir qué estaba pasando biológicamente cuando el hueso fue sepultado.
Mitchell explicó el proceso en The Conversation: estudiar fósiles con aceleradores de partículas le permite obtener información química y estructural que la paleontología convencional no puede alcanzar. "Los sincrotrones pueden penetrar materiales densos que los rayos X médicos no pueden", escribió, "y nos dicen no solo la forma de las estructuras sino también su composición química."
Lo que revelan sobre los dinosaurios
Hasta ahora, la mayor parte de lo que se sabía sobre la biología de los dinosaurios venía de inferencias: comparaciones con aves y cocodrilos modernos, análisis de la estructura ósea, marcas en los huesos. Los tejidos blandos —vasos, nervios, músculos— rara vez se preservan, y cuando lo hacen, es objeto de debate científico.
Este hallazgo abre una vía diferente. Si los vasos sanguíneos pueden preservarse en huesos con fracturas en proceso de curación, entonces esos huesos son un objetivo preferencial para buscar tejido blando mineralizado. No en cualquier fósil, sino específicamente en los que muestran signos de trauma y recuperación: exactamente las situaciones en que la actividad vascular es máxima.
La implicación es metodológica y también evolutiva. Los dinosaurios son los ancestros directos de las aves modernas, y comparar los patrones vasculares de curación entre una especie jurásica, un T. rex del Cretácico y un ave actual puede revelar cuándo y cómo evolucionaron ciertos mecanismos de reparación ósea. También permite estudiar si los dinosaurios grandes —que tenían tasas metabólicas distintas a los reptiles modernos— sanaban de manera similar a los mamíferos o de maneras que no tienen análogo vivo.
La historia dentro de la historia
Lo que hace notable al estudio, más allá del hallazgo, es la historia de cómo se llegó a él. Mitchell comenzó este trabajo como estudiante de pregrado en física, usando aceleradores de partículas para estudiar fósiles. No era paleontólogo: era físico que encontró en los fósiles un problema interesante para técnicas de imágenes avanzadas.
Esa intersección —física de partículas aplicada a paleontología— es relativamente nueva y está produciendo resultados que las disciplinas tradicionales no podían obtener por separado. La misma técnica que Mitchell usó para ver los vasos de Scotty puede aplicarse a otros fósiles con lesiones conocidas, ampliar el catálogo de tejido blando preservado, y eventualmente proveer un mapa de cómo los grandes reptiles del Mesozoico respondían al daño físico.
Scotty tenía 66 millones de años cuando murió. Pero la costilla fracturada que comenzó a sanar, y que después se convirtió en piedra, guardó en silencio toda esa biología hasta que alguien encontró la herramienta adecuada para leerla.
Fuente original: Scientific Reports / Universidad de Regina / The Conversation