El 6 de agosto de 1945, Tsutomu Yamaguchi estaba en Hiroshima por trabajo. Era ingeniero naval, empleado de Mitsubishi, y había pasado tres meses en la ciudad diseñando un buque petrolero. Ese día, a las 8:15 de la mañana, salía de la empresa para ir a la estación y tomar el tren de vuelta a su casa en Nagasaki. La bomba explotó a menos de tres kilómetros de donde estaba parado.
La onda expansiva lo lanzó al suelo. Los tímpanos reventaron. Quedó temporalmente ciego. Cuando recuperó la vista, el paisaje que conocía había desaparecido. Tuvo quemaduras graves en el lado izquierdo del cuerpo. Se refugió en un refugio antiaéreo y pasó la noche ahí.
Al día siguiente, volvió a Hiroshima a buscar a sus dos colegas de trabajo. Los encontró. Los tres estaban vivos. El 8 de agosto abordaron el tren hacia Nagasaki.
El 9 de agosto
Yamaguchi llegó a Nagasaki el 8 de agosto, se presentó en el hospital para tratar las quemaduras y al día siguiente fue a reportarse a la oficina de Mitsubishi. Tenía vendajes en el cuerpo y seguía con los oídos dañados. Le contó a su supervisor lo que había visto en Hiroshima: una sola bomba, un destello blanco, una ciudad destruida en segundos.
El supervisor dijo que eso era imposible. Que ninguna bomba podía hacer eso.
A las 11:02 de la mañana del 9 de agosto, mientras Yamaguchi le explicaba lo que había presenciado, el cielo sobre Nagasaki se volvió blanco otra vez.
La segunda bomba explotó a 3,2 kilómetros de la oficina de Mitsubishi. Yamaguchi sobrevivió de nuevo. Las quemaduras que ya tenía lo protegieron, en parte, de las nuevas radiaciones: la piel dañada absorbió menos que la piel sana. Su supervisor, que estaba sentado frente a él cuando explotó la bomba, también sobrevivió.
El hombre que el gobierno japonés no quería reconocer
Yamaguchi pasó décadas sin hablar públicamente de lo que había vivido. En Japón, los hibakusha —sobrevivientes de las bombas atómicas— cargaron durante mucho tiempo con un estigma social: muchos empleadores no los contrataban por miedo a la radiación. Yamaguchi trabajó como profesor de inglés, tuvo hijos, llevó una vida relativamente ordinaria.
Había otros supervivientes que estuvieron en las dos ciudades. Los japoneses los llaman nijū hibakusha, doble sobrevivientes. El gobierno japonés estimó que hubo entre 70 y 160 personas en esa situación. Durante décadas, el gobierno no las reconoció oficialmente como categoría específica: si los hibakusha en general recibían ayuda médica del Estado, los nijū hibakusha no tenían estatus diferenciado.
En 2006, Yamaguchi empezó a dar testimonio público. Tenía más de ochenta años y había decidido que el silencio ya no tenía sentido. En 2009, el gobierno japonés lo reconoció oficialmente como nijū hibakusha —el único reconocido formalmente en esa categoría durante su vida, aunque no el único que existió.
Murió el 4 de enero de 2010. Tenía 93 años. La causa de muerte fue cáncer de estómago.
Lo que hace que esto sea distinto a una estadística de guerra
El caso de Yamaguchi no es interesante solo por la improbabilidad matemática. Es interesante porque su experiencia hace visible algo que las cifras totales de Hiroshima y Nagasaki —entre 129.000 y 226.000 muertos combinados— tienden a ocultar: cada persona que estuvo en esas ciudades tenía un itinerario específico, una razón para estar ahí, un momento exacto en que el mundo cambió.
Yamaguchi estaba en Hiroshima porque diseñaba barcos. Volvió a Nagasaki porque era su casa. Fue a la oficina el 9 de agosto porque era su primer día de regreso al trabajo. En cada una de esas decisiones ordinarias —diseñar un barco, volver a casa, ir a trabajar— hay una cadena que lo puso dos veces en el lugar equivocado en el momento exacto.
Y las dos veces sobrevivió.
Imagen: foto de archivo, Hiroshima, agosto 1945 / Dominio público.
Fuente original: Un Mundo Loco