El 26 de marzo de 2026, NASA informó que el telescopio espacial Hubble encontró la primera evidencia de un cometa que no solo cambió su velocidad de rotación, sino también el sentido de ese giro. El objeto es 41P/Tuttle-Giacobini-Kresák, un cometa pequeño de la familia de Júpiter cuya conducta quedó reconstruida a partir de observaciones hechas en 2017 y reanalizadas años después. El caso importa porque muestra que un cuerpo helado de apenas un kilómetro puede reconfigurarse rápido solo por el empuje desigual de sus propios chorros de gas.
La secuencia numérica es la parte más fuerte del caso. En marzo de 2017, observaciones desde el Discovery Channel Telescope de Lowell Observatory indicaban que 41P giraba en unas 20 horas. Entre el 7 y el 9 de mayo de ese año, el Neil Gehrels Swift Observatory de NASA midió un período de entre 46 y 60 horas. Y cuando Hubble volvió a mirar en diciembre de 2017, el cometa había pasado a un período de aproximadamente 14 horas. La explicación más simple, según el equipo de David Jewitt en la University of California at Los Angeles, es que el núcleo siguió frenándose hasta quedar casi en cero y después arrancó otra vez en dirección casi opuesta.
Tres observatorios para reconstruir un giro imposible
La historia de 41P no se armó con una sola imagen espectacular, sino con una cronología técnica. El cometa pasó a 13,2 millones de millas de la Tierra, unos 21,2 millones de kilómetros, el 1 de abril de 2017. Ocho días después alcanzó el perihelio, el punto más cercano al Sol en esa órbita. Ahí la superficie empezó a sublimar hielos y a expulsar material al espacio.
Ese proceso no es raro en un cometa. Lo raro fue la magnitud del efecto mecánico. Swift detectó que el período de rotación se había más que duplicado en apenas unos 60 días. Dennis Bodewits, de la University of Maryland, comparó ese comportamiento con el de 103P/Hartley 2, que había reducido su velocidad de giro mucho menos, de 17 a 19 horas en 90 días.
La pieza que faltaba apareció después en el archivo. Jewitt revisó observaciones de Hubble tomadas entre el 11 y el 14 de diciembre de 2017 y encontró que 41P ya no estaba en aquel estado lento e inestable que Swift había captado en mayo. Había vuelto a acelerar. Si en mayo se movía con un período de 46 a 60 horas y en diciembre mostraba uno de 14 horas, la lectura física más razonable es que en algún punto del medio el giro cruzó por una velocidad casi nula y cambió de signo.
Un núcleo chico y demasiado fácil de torcer
Hubble también ayudó a fijar el tamaño del problema. NASA estima que el núcleo de 41P mide alrededor de 0,6 millas de ancho, cerca de un kilómetro, o unas tres veces la altura de la Torre Eiffel. Para un cometa, eso es poco. Y en dinámica rotacional, ser chico vuelve todo más sensible: hace falta menos torque para modificar el movimiento.
Los chorros de gas funcionan como propulsores mal alineados. Cuando el Sol calienta la superficie, el hielo pasa directamente a gas y escapa por zonas activas del núcleo. Si esas emisiones están distribuidas de manera desigual, no solo empujan material hacia afuera: también aplican un momento de fuerza sobre el cuerpo. Jewitt lo explicó con una comparación simple en la publicación de NASA: es como empujar un carrusel en sentido contrario hasta frenarlo y después hacerlo arrancar del otro lado.
El dato decisivo es que 41P parece tener demasiada superficie activa para su tamaño. En la nota de 2018 sobre Swift, NASA calculó que más de la mitad del núcleo podría estar cubierta por chorros activados por la luz solar. En la mayoría de los cometas, la fracción activa ronda apenas el 3 por ciento. Esa diferencia ayuda a entender por qué 41P respondió de un modo tan exagerado.
El cometa cambió más rápido de lo que suele cambiar un cometa
La anomalía no termina en la inversión del giro. El análisis de Hubble también sugiere que la actividad general del objeto cayó con fuerza entre dos pasos por el Sistema Solar interior. Durante su perihelio de 2001, 41P era inusualmente activo para su tamaño. En 2017, su producción de gas había bajado aproximadamente un orden de magnitud. Esa caída apunta a una superficie que evoluciona rápido, quizá porque parte de los volátiles cercanos a la superficie ya se agotaron o quedaron cubiertos por polvo aislante.
La mayor parte de los cambios estructurales en cometas se piensa en escalas de siglos o más. En 41P, el proceso se dejó ver dentro de una misma campaña observacional y con un intervalo de meses. NASA señala que los modelos basados en las tasas de pérdida de masa y en los torques medidos sugieren un futuro inestable: si la rotación sigue cambiando, el núcleo podría fragmentarse o incluso desintegrarse.
En 2017, Tony Farnham, también de la University of Maryland, ya advertía que si los torques seguían actuando después de mayo, el período podía llegar a 100 horas o más, lo bastante lento como para volver inestable el eje de rotación. Hubble mostró después que el sistema siguió evolucionando, pero no hacia una quietud prolongada, sino hacia una inversión.
Un hallazgo nuevo salido de datos viejos
Hay otro detalle que vuelve notable a esta historia. El descubrimiento de 2026 no salió de una observación hecha ese año, sino del Mikulski Archive for Space Telescopes, el repositorio que conserva más de tres décadas de datos de Hubble y de otras misiones astronómicas. Jewitt encontró allí imágenes que todavía no habían sido explotadas con esta pregunta en mente.
El caso tiene un valor doble. Por un lado, 41P ofrece la primera evidencia clara de un cometa que invierte su giro por efecto de la sublimación. Por otro, muestra que los archivos científicos pueden contener fenómenos completos a la espera de una hipótesis precisa.
La consecuencia técnica ahora es bastante concreta. Si un núcleo de cerca de un kilómetro, capturado por la gravedad de Júpiter y activo cada 5,4 años, puede desacelerarse, invertir el giro y seguir perdiendo estabilidad en una escala que entra en una carrera científica humana, entonces 41P deja de ser un cometa más del catálogo. Pasa a ser una prueba exigente sobre cuánto puede deformarse un cuerpo helado antes de romperse.
Fuente original: NASA Science