Ariel Cusnir lleva la acuarela al tamaño de un paisaje en el Moderno

Ariel Cusnir lleva la acuarela al tamaño de un paisaje en el Moderno

Ariel Cusnir prepara para el Museo Moderno una intervención de entrada que parte de un gesto casi paradójico: trasladar la lógica íntima de la acuarela a la escala de un paisaje fantástico. El proyecto, previsto desde abril de 2026 hasta abril de 2027, trabaja con plantas, ríos, hormigas y entornos naturales para recibir al público antes incluso de que empiece la visita.

La operación desborda el simple agrandamiento de una imagen. Una acuarela suele asociarse con lo ligero, lo rápido, lo doméstico o lo portátil. Convertir ese lenguaje en mural obliga a cambiar la relación entre cuerpo y dibujo. Lo que en papel se observa desde arriba, en el museo rodea al visitante. Lo pequeño se vuelve ambiente.

Ese pasaje de escala toca un problema central del arte contemporáneo: cómo una obra administra la atención en espacios saturados. El hall de un museo es zona de tránsito, espera, orientación y primera impresión. Allí una intervención no compite con una sala cerrada; debe funcionar como umbral. Cusnir parece aprovechar esa condición: no instala una pieza para ser contemplada de manera aislada, sino una atmósfera que modifica el ingreso.

La referencia a naturaleza, literatura y fantasía también importa porque evita una lectura meramente ecológica. No se trata de ilustrar el ambiente, sino de producir una naturaleza improbable. Hormigas, plantas y cursos de agua pueden aparecer como seres de otro tamaño, agentes de una escena donde lo cercano deja de ser manejable. La fantasía, en este caso, no evade lo real: lo vuelve extraño.

El mural será una prueba de hospitalidad visual. Un museo público no solo ordena colecciones; también decide cómo recibe. Si la primera imagen que ofrece es una naturaleza expandida, delicada y excesiva, entonces el ingreso al Moderno deja de ser trámite y se vuelve escena.

El detalle técnico no es menor. Trabajar desde la acuarela implica aceptar capas, transparencias, zonas de respiración y accidentes controlados. En la escala mural, esa fragilidad tiene que convivir con la arquitectura, la circulación de gente y la permanencia durante un año. La obra se vuelve una negociación entre delicadeza y resistencia.

También hay una lectura institucional posible. En lugar de esconder el acceso como pasillo neutro, el museo lo convierte en superficie artística. Ese gesto democratiza el encuentro inicial con la obra: no hace falta haber entrado todavía a una sala ni conocer la programación para quedar envuelto por una imagen. La experiencia empieza antes de la explicación.

Imagen: obra de Ariel Cusnir difundida por el Museo Moderno.

Fuente original: Museo Moderno

Fuente: Museo Moderno