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Brujería y poder en América Latina: cuando lo oculto también hizo política

Brujería y poder en América Latina: cuando lo oculto también hizo política

La brujería no gobernó América Latina desde una sala secreta, como en las películas. Pero sí influyó en la forma en que se imaginó, se defendió y se impuso el poder. En la región, lo oculto nunca fue sólo un tema de superstición popular. También fue un lenguaje político: sirvió para justificar persecuciones, disciplinar comunidades, reforzar autoridades y convertir el miedo en un recurso de gobierno.

Imagen de una bruja rubia en un entorno sombrío y cinematográfico, usada como recurso visual para pensar la relación entre brujería, mito y poder en América Latina.

En la colonia, la situación ya era compleja. La brujería en América Latina no fue una copia europea pura ni una tradición completamente local. Fue una mezcla de prácticas indígenas, africanas e ibéricas que los colonizadores intentaron ordenar con categorías legales y religiosas importadas. Según los estudios de historia colonial, la acusación de brujería formó parte del esfuerzo imperial por controlar cuerpos, saberes y territorios. Lo que parecía una disputa sobre hechizos era, en realidad, una pelea por autoridad.

Ahí aparece el primer punto clave: el poder no necesita que la brujería sea real para usarla. Le basta con que parezca creíble.

En distintas regiones de la América hispana y portuguesa, las acusaciones de hechicería se mezclaron con conflictos de etnicidad, género y estatus social. Mujeres pobres, curanderas, parteras, afrodescendientes, indígenas y personas marginalizadas quedaron muchas veces más expuestas a ser señaladas como peligrosas. La supuesta amenaza no era solamente moral o religiosa: también era política, porque permitía ordenar quién quedaba dentro y quién fuera del orden social.

Con el tiempo, la lógica cambió de forma pero no desapareció. En la política latinoamericana moderna, la brujería dejó de operar como delito central y pasó a funcionar más como imaginario, símbolo o instrumento de legitimación. En algunos países, líderes y gobiernos apelaron a formas de religiosidad popular, espiritismo o esoterismo para construir cercanía con sectores amplios de la población. En otros casos, el ocultismo sirvió como una gramática de sospecha: enemigos internos, conspiraciones, energías dañinas, maleficios colectivos.

Eso no significa que la política latinoamericana esté gobernada por brujos. Significa algo más sobrio y más inquietante: que en sociedades donde la desigualdad, la violencia y la fragilidad institucional son persistentes, lo invisible encuentra terreno fértil. Cuando la explicación racional de los problemas no alcanza, la interpretación mágica vuelve a tener valor público.

Un estudio sobre política y ocultismo en América Latina y el Perú resume bien esa persistencia: desde tiempos precolombinos hasta el presente, distintas figuras políticas han convivido con prácticas mágicas, religiosas o esotéricas como parte del paisaje de poder. No se trata de un detalle folclórico, sino de una relación duradera entre autoridad y creencia. El dirigente que promete contacto con fuerzas superiores, o el sistema que señala enemigos ocultos, obtiene una ventaja: transforma la incertidumbre en relato.

Esa ventaja es especialmente útil en momentos de crisis. Cuando un gobierno no logra explicar la inflación, la inseguridad, la violencia o el desgaste institucional, el recurso a lo invisible puede servir para desplazar la conversación. El problema deja de ser una decisión concreta y se convierte en una amenaza difusa. Lo oculto, entonces, funciona como una tecnología política.

La historia colonial deja otra lección: las acusaciones de brujería también sirvieron para controlar saberes alternativos. En muchas comunidades, curanderas, parteras y practicantes de medicina popular acumulaban prestigio real porque resolvían problemas cotidianos. El poder oficial no siempre podía competir con ese capital simbólico, así que optó por deslegitimarlo. Llamarlo brujería fue una forma de reducir su autoridad.

Por eso, cuando hablamos de brujería y política en América Latina, conviene evitar el cliché del gobierno manejado por hechiceros. La relación es más interesante y más seria. La política usa la brujería como miedo, como acusación, como cobertura moral o como puente con el mundo popular. Y la población, a su vez, puede leer al poder a través de esas mismas categorías porque el Estado muchas veces no logra ser convincente por otros medios.

En otras palabras: lo oculto no manda sólo por misterio. Manda cuando el poder no consigue explicarse de otra manera.

Esa es la parte latinoamericana del asunto. No una conspiración mágica, sino una realidad política donde el imaginario de la brujería sigue ayudando a organizar jerarquías, sospechas y lealtades. A veces desde abajo, a veces desde arriba, siempre en torno a la misma pregunta: quién tiene derecho a nombrar lo que asusta.

La respuesta histórica es bastante incómoda. En América Latina, la brujería no fue sólo una superstición. Fue también un modo de hacer política con el miedo.

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Fuente original: Un Mundo Loco

Fuentes consultadas: Oxford Academic, Merging Magical Traditions: Sorcery and Witchcraft in Spanish and Portuguese America · Oxford Academic, Witchcraft in Colonial Latin America · Dialnet, Política y ocultismo en Latinoamérica y el Perú

Fuente: Oxford Academic / Dialnet / Un Mundo Loco

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