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La cultura del flexing: por qué aparentar riqueza en redes ya es parte del lenguaje digital

La cultura del flexing: por qué aparentar riqueza en redes ya es parte del lenguaje digital
En el flexing, la imagen de riqueza importa casi tanto como la riqueza misma.Crédito: OpenAI / Un Mundo Loco
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Existe una cultura muy visible en redes sociales: la de aparentar riqueza. En inglés suele resumirse con una palabra que ya entró al lenguaje global de Instagram, TikTok y X: flexing. No se trata sólo de mostrar lo que uno tiene. Se trata de exhibir señales de estatus, éxito y acceso para que otros las vean, las comparen y, en muchos casos, las deseen.

La lógica es simple y bastante antigua. Lo nuevo no es el impulso. Lo nuevo es el escenario.

Antes el lujo se mostraba en un barrio, en una fiesta o en una conversación privada. Ahora se muestra en público, con cámara, edición, música y métricas. La vitrina dejó de ser física y pasó a ser un feed.

Qué es el flexing

Flexing es publicar o insinuar una vida más cara, más glamorosa o más exitosa de lo que quizá es en realidad. Puede aparecer en forma de ropa de marca, relojes, autos, viajes, restaurantes, departamentos impecables, botellas sobre una mesa o cualquier otra señal que comunique una idea muy precisa: “estoy arriba”.

No siempre hace falta que todo sea verdadero. A veces alcanza con que parezca verdadero.

En redes, esa diferencia es crucial. Un auto alquilado por un día, una mesa prestada, una cartera tomada para la foto o un entorno cuidadosamente armado pueden producir el mismo efecto que una fortuna real. La imagen funciona porque el algoritmo no evalúa balances. Evalúa atención.

Por qué funciona

El flexing funciona porque activa dos resortes humanos muy viejos: la comparación y el deseo de pertenecer.

Cuando alguien ve una vida que parece más lujosa, el cerebro hace una pregunta automática: ¿por qué él o ella sí y yo no? Esa comparación puede generar admiración, envidia, aspiración o rechazo. Pero en todos los casos genera reacción. Y la reacción es combustible para las plataformas.

Hay además una razón más incómoda: en redes, la apariencia de éxito puede convertirse en una forma de capital. Sirve para ganar seguidores, vender cursos, cerrar acuerdos, conseguir atención, construir autoridad o simplemente no quedarse afuera de la conversación.

La escena cambió

La cultura del flexing no aparece de la nada. Se monta sobre una transformación más grande: las redes sociales hicieron que la identidad se vuelva performática.

Ya no alcanza con ser. Hay que parecer.

Eso cambia el modo en que se construye una biografía pública. La foto de un avión privado, el desayuno perfecto o la habitación de hotel no son sólo recuerdos; son piezas de narrativa. Cada publicación dice algo sobre quién soy, qué valgo y en qué nivel juego.

En ese contexto, la riqueza deja de ser sólo un estado económico y pasa a ser un lenguaje visual. Un reloj, una mesa, una dirección o una entrada pueden decir más que un currículum.

La trampa

El problema es que el flexing también puede vaciar la experiencia que intenta mostrar.

Cuando todo está pensado para la cámara, la vida empieza a parecer un set. El viaje importa menos que la foto. La cena importa menos que la etiqueta. El auto importa menos que el clip. El lujo ya no se vive: se produce.

Y ahí aparece la parte menos divertida. Mucho de ese consumo es frágil, prestado o endeudado. Lo que se ve como abundancia a veces descansa sobre alquiler, crédito, canje o pura administración del encuadre.

La ostentación digital puede ser una máscara brillante para una realidad bastante más ajustada.

Por qué engancha tanto

El flexing no sólo habla de dinero. Habla de estatus en una época donde el estatus se mide en visibilidad.

Una foto bien iluminada puede fabricar la impresión de éxito incluso antes de que exista éxito real. Por eso tantos creadores, marcas e influencers entienden que el contenido aspiracional sigue funcionando: vende posibilidad. Vende una versión mejorada de la vida.

Las redes premian esa fantasía porque la vuelven aspiracional y accesible al mismo tiempo. Cualquiera puede mirar. Cualquiera puede intentar copiar. Muy pocos pueden sostenerlo.

Lo que dice de nosotros

El flexing es interesante justamente porque no es una rareza. Es una versión moderna de algo que siempre existió: la necesidad humana de mostrar lugar social.

La diferencia es que ahora esa necesidad tiene cámara, edición, métricas y distribución instantánea. Y eso la vuelve más intensa, más visible y más difícil de ignorar.

No hace falta celebrar esa cultura para entenderla. Tampoco hace falta demonizarla. Basta con mirar qué revela: que en la economía de la atención, parecer valioso puede rendir casi tanto como serlo.

Y ese es el punto incómodo. Las redes no sólo muestran riqueza. También la producen como aspiración.

La idea final

La cultura del flexing no trata sólo de lujo. Trata de validación, ansiedad, comparación y estatus.

Por eso sigue creciendo. Porque en internet, muchas veces, la imagen de una vida mejor pesa más que la vida misma.

Fuente original: Consumo conspicuo

Fuente: Un Mundo Loco / sociología del consumo

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