Antoni Tàpies era uno de los artistas catalanes más influyentes del siglo XX. Pintaba con materiales que otros descartaban: barro, resina, tierra, trapos. Lo que hizo con el lenguaje fue igual de particular. Escribió un texto breve, casi como un juego de infancia, que explica mejor que cualquier teoría cómo mirar arte — y cómo mirar cualquier cosa.
Se llama "El juego de saber mirar". Esto es lo que dice.
¿Cómo hacer para mirar limpiamente, sin querer encontrar en las cosas lo que nos han dicho que debe haber, sino simplemente lo que hay? He aquí un juego inocente al que os propongo juguemos.
Cuando miramos, normalmente sólo vemos lo que se nos da a nuestro alrededor: cuatro cosas —a veces muy pobres— vistas sólo por encima en medio del infinito.
Mirad el más sencillo de los objetos. Tomemos, por ejemplo, una vieja silla. Parece que no es nada. Pero pensad en todo el universo que incluye: las manos y los sudores cortando la madera que un día fue árbol robusto, lleno de energía, en medio de un bosque frondoso en unas altas montañas, el trabajo amoroso que la construyó, la ilusión que la compró, los cansancios que ha aliviado, los dolores y las alegrías que habrá aguantado, quién sabe si en grandes salones o en pobres comedores de barriada… Todo, todo participa de la vida y tiene su importancia. Hasta la silla más vieja lleva en su interior la fuerza inicial de aquellas savias que ascendían de la tierra, allí en los bosques, y que aún servirán para calentar el día en que, astillada ya, arde en algún hogar.
¡Mirad, mirad a fondo! Y dejaos llevar plenamente por todo cuanto hace resonar dentro de vosotros lo que nos ofrece la mirada, como quien va a un concierto con el vestido nuevo y el corazón abierto con la ilusión de escuchar, de oír sencillamente con toda pureza, sin querer a toda costa que los sones del piano o de la orquesta hayan de representar forzosamente un determinado paisaje, o el retrato de un general, o una escena de la historia.
A menudo se querría reducir la pintura a esta mera representación. Aprendamos a mirar como el que va a un concierto. En la música hay formas sonoras compuestas en un fragmento de tiempo. En la pintura formas visuales compuestas en un pedazo de espacio.
Se trata de un juego. Pero jugar no significa hacer las cosas "porque sí". Y como en todos los juegos de niños, los artistas tampoco hacen las cosas "porque sí". Jugando… jugando, de pequeños, aprendemos a hacernos mayores. Jugando… jugando, hacemos crecer nuestro espíritu, ampliamos el campo de nuestra visión, de nuestro conocimiento. Jugando… jugando, decimos y escuchamos cosas, despertamos al que se ha dormido, ayudamos a ver a quien no sabe o a quien le han tapado la vista.
Cuando miráis, no debéis pensar nunca lo que la pintura —o cualquier otra cosa de este mundo— "ha de ser", o lo que muchos quieren que se limite a ser. La pintura puede serlo todo. Puede ser una claridad solar en medio de un soplo de viento. Puede ser una nube de tormenta. Puede ser la huella del pie de un hombre en el camino de la vida, o un pie que ha golpeado el suelo —¿por qué no?— para decir "¡basta!". Puede ser un aire dulce del alborada, lleno de esperanzas, o un aliento agrio que despide una cárcel. Puede ser las manchas de sangre de una herida, o el canto en pleno cielo azul de todo un pueblo.
Por qué este texto importa
Tàpies escribió esto en una época en que el arte abstracto todavía se defendía con argumentos técnicos o teóricos. Lo que él hizo fue distinto: propuso un ejercicio, casi un juego de niños, para cambiar la disposición con la que uno se para delante de una obra.
La idea central es simple pero difícil de sostener: mirar sin agenda. Sin querer que lo que ves confirme lo que ya sabés. Sin buscar la representación que te dijeron que estaba ahí.
La silla vieja es el ejemplo más conocido del texto porque es el más cotidiano. No es una silla famosa ni especialmente bonita. Es una silla común, de madera, posiblemente astillada. Y sin embargo, dice Tàpies, contiene un universo entero: el árbol, las manos que lo cortaron, los cansancios que descansaron en ella, el futuro en que arderá como leña. Mirar eso no requiere educación artística. Requiere tiempo y disposición.
La comparación con la música es la que mejor explica el salto que propone. Cuando escuchás una sinfonía no necesitás que represente algo concreto para que te mueva. El sonido hace algo en vos directamente. Tàpies dice que la pintura puede funcionar igual — si uno la deja.
Fuente original: Fundació Antoni Tàpies
