El jurado se retiró a deliberar el lunes 18 de mayo. Tardó menos de dos horas en volver. El veredicto fue unánime: todas las demandas de Elon Musk contra OpenAI y Sam Altman quedaron rechazadas. Todas.
El motivo no fue que el jurado analizara los argumentos de fondo y los encontrara débiles. Fue algo más simple y más brutal: Musk había presentado la demanda tarde. El plazo legal para este tipo de reclamos —incumplimiento de fideicomiso caritativo, enriquecimiento injusto— era de dos a tres años. Musk lo superó. El jurado no necesitó discutir si OpenAI traicionó su misión original ni si Sam Altman actuó de mala fe. Eso nunca llegó a la mesa.
Un cofundador que se fue y volvió como enemigo
Elon Musk cofundó OpenAI en 2015 junto a Altman y otros. La idea original era crear una organización sin fines de lucro enfocada en desarrollar inteligencia artificial de manera segura, sin que ninguna empresa la controlara. Musk aportó decenas de millones de dólares. Tres años después, se fue del directorio.
Lo que pasó después —la asociación con Microsoft, la conversión parcial a entidad con fines de lucro, la valuación que se acerca al billón de dólares— es una de las transformaciones más rápidas de la historia corporativa reciente. Para Musk, eso representaba una traición al acuerdo fundacional. Para OpenAI, era simplemente crecer.
En 2024, Musk presentó la demanda. Acusó a Altman y al directorio de desviar la organización de sus principios, de priorizar ganancias sobre seguridad, de actuar en beneficio de Microsoft en lugar de la humanidad. Era un caso con mucho peso narrativo. El problema, según el jurado, era que llegó tarde.
Tres semanas de juicio, dos horas de deliberación
El juicio duró tres semanas. Musk testificó durante tres días, entre el 28 y el 30 de abril. Enfrentó preguntas sobre sus motivaciones reales: si la demanda era genuinamente por principios o una herramienta competitiva, dado que su propia empresa de IA, xAI, compite directamente con OpenAI.
Cuando el jurado se retiró el 18 de mayo, la pregunta que tenía que responder no era "¿OpenAI violó su misión?" sino "¿Musk presentó esta demanda dentro del plazo legal?". La respuesta fue no. En menos de dos horas, todo terminó.
Musk reaccionó con la contundencia habitual. Lo llamó un "tecnicismo de calendario". Dijo que el juez y el jurado nunca analizaron el fondo del caso. Anunció que apelará ante la Corte del Noveno Circuito.
La apelación tiene un camino largo. Y mientras tanto, OpenAI avanza sin restricciones legales hacia lo que podría ser uno de los IPO tecnológicos más grandes de la historia, con una valuación estimada en 852 mil millones de dólares.
Lo que revela este resultado
Hay algo que este resultado ilumina más allá del caso concreto.
Musk construyó parte de su imagen pública sobre la idea de que ciertas batallas valen la pena aunque sean difíciles de ganar. La demanda contra OpenAI parecía eso: un conflicto de principios contra una empresa que se alejó de sus valores fundacionales. La narrativa era potente. El cofundador que vuelve a reclamar lo que se perdió por el camino.
El jurado no le negó la razón en el fondo. Solo le dijo que llegó tarde. Y en el derecho, llegar tarde equivale a no tener caso. No importa si la historia es buena o si el agravio fue real: los plazos legales no negocian con narrativas.
OpenAI, entretanto, sale de este juicio en una posición más sólida de lo que entró. No porque el jurado haya avalado sus decisiones, sino porque ya no hay un obstáculo judicial activo mientras se prepara para salir a la bolsa.
Altman lo resumió en pocas palabras al conocerse el veredicto: "Es una buena noticia para la misión".
Musk no comentó públicamente en ese momento. Publicó en X más tarde esa noche, mencionando el "sistema judicial roto". Era lo que se esperaba de él. También lo que hubiera escrito si hubiera ganado, pero sobre otro tema.
Fuente original: MIT Technology Review · PBS News · NPR · CNBC.
Imagen: Elon Musk, vía Wikimedia Commons (CC BY-SA 2.0).
