En 1957, Charles Osgood publicó uno de los estudios más influyentes de la psicología del lenguaje. Analizó cómo las personas evalúan palabras y conceptos y encontró que el significado emocional se organiza en tres dimensiones: valencia (positivo vs negativo), activación (excitante vs calmante) y dominio (poderoso vs débil).
Ese modelo — conocido como VAD — se convirtió en la base de casi toda la investigación en psicología emocional, lingüística computacional y ciencias cognitivas durante las siguientes siete décadas. Es la arquitectura invisible detrás de cómo los algoritmos analizan sentimientos, cómo los psicólogos miden estados emocionales, cómo los investigadores entienden el significado.
Investigadores de la Universidad de Vermont acaban de publicar un análisis masivo que muestra que el modelo estaba equivocado en su dimensión más fundamental.
La primera dimensión no es la emoción
El equipo analizó decenas de miles de palabras en múltiples idiomas, midiendo cómo las personas las asocian con conceptos de amenaza, seguridad, poder y estructura. Lo que encontraron contradice setenta años de consenso.
La dimensión más básica del lenguaje humano no es la valencia emocional — si algo se siente bien o mal. Es la evaluación de amenaza: si algo es peligroso o seguro.
Las palabras que los humanos procesan más rápido, recuerdan con más facilidad y asocian más consistentemente entre culturas no son las que generan emociones fuertes. Son las que señalan peligro o la ausencia de él.
La emoción existe, pero es secundaria. Primero el cerebro evalúa si algo puede matarte. Después siente.
Por qué tiene sentido evolutivo
El resultado no sorprende a los neurocientíficos que estudian la evolución del cerebro. La amígdala — la región que procesa el miedo y la amenaza — tiene conexiones directas y rápidas con los sistemas sensoriales, mucho más rápidas que las rutas que procesan emociones complejas. El cerebro humano evolucionó durante millones de años en entornos donde detectar una amenaza en milisegundos era la diferencia entre vivir y no vivir.
Que el lenguaje refleje esa prioridad tiene sentido: el idioma es una extensión del cerebro que lo generó. Si el cerebro está fundamentalmente organizado para detectar peligros, el lenguaje que ese cerebro produjo debería estarlo también.
Lo que es sorprendente es que tardamos setenta años en medirlo directamente.
Lo que cambia en la práctica
El impacto de este hallazgo es amplio porque el modelo VAD está integrado en herramientas reales. Los algoritmos de análisis de sentimientos que usan las empresas para medir opiniones en redes sociales, los sistemas de diagnóstico psicológico basados en lenguaje, los modelos de inteligencia artificial entrenados para entender el tono emocional de textos — todos fueron diseñados con el supuesto de que la primera dimensión del significado es la emoción.
Si la primera dimensión es en realidad la amenaza, esos sistemas están midiendo lo correcto de manera aproximada, no exacta.
No significa que todo esté mal. Significa que hay una capa más profunda que los modelos actuales no capturan. Y que el lenguaje humano — en todas sus variedades, en todos los idiomas — lleva inscripta una pregunta más antigua que cualquier emoción:
¿Esto me puede matar?
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Fuente original: Un Mundo Loco
Fuentes consultadas: Phys.org — Human language shows deep safety bias, challenging 70-year scientific consensus