Hay una versión de Sarmiento que aprendemos en la escuela: el sanjuanino que fundó el sistema educativo argentino, que trajo maestras norteamericanas, que escribió el Facundo y convirtió la educación en una política de Estado. El padre de la patria educada.
Hay otra versión que aparece cuando se baja del monumento y se entra al archivo. La del hombre que registraba gastos mínimos, cartas, viajes, deudas, afectos y zonas ambiguas de su vida privada. La del político que apoyó una guerra y vio morir a su hijo en ella. La del anciano que terminó sus días en el país que esa guerra había devastado.
La nota no necesita elegir entre estatua y demolición. Lo interesante es más incómodo: las dos versiones son el mismo hombre.
La libreta
Sarmiento era un anotador compulsivo. Llevaba registros de todo — cartas, diarios, memorandos, apuntes de viaje. Entre sus papeles personales, conservados en archivos y analizados por historiadores argentinos, están sus libretas de gastos: los registros cotidianos de en qué gastaba su dinero.
Lo que llama la atención en esas libretas no es la cantidad sino la franqueza del registro. Junto a gastos de alojamiento, ropa, libros y viajes aparecen anotaciones que hoy resultan opacas, incómodas o directamente difíciles de traducir al presente. Entre ellas, una palabra que suele circular como escándalo: orgías.
El problema es que el archivo no siempre entrega una explicación limpia. Esa palabra puede leerse como indicio de vida privada, como gasto de sociabilidad masculina del siglo XIX o como clave de círculos reservados de la época. Convertirla rápido en chisme empobrece el dato. Lo relevante es otra cosa: Sarmiento escribía incluso aquello que la memoria oficial preferiría no tener que mirar.
El dato no vale porque ensucie al prócer. Vale porque muestra cómo funciona la construcción de un prócer: primero hay una vida llena de registros, contradicciones y zonas grises; después viene la escuela, que elige qué parte de esa vida puede convertirse en ejemplo.
Sarmiento no parece haber escrito para tranquilizar a la posteridad. Escribió para ordenar su mundo. Y por eso la libreta sirve: no como prueba de una intimidad cerrada, sino como una grieta en el bronce.
Dominguito
En 1866, mientras Sarmiento era embajador argentino en Estados Unidos, su hijo Domingo Fidel — conocido como Dominguito, el único hijo biológico que crió — partió a combatir en la Guerra de la Triple Alianza.
La guerra había comenzado en 1865 cuando Paraguay, bajo el gobierno de Francisco Solano López, invadió territorio argentino y brasileño. Argentina, Brasil y Uruguay formaron la Triple Alianza. La guerra que siguió fue la más destructiva de la historia sudamericana: se estima que Paraguay perdió entre el 60% y el 70% de su población total, incluyendo casi toda su población masculina adulta.
Sarmiento apoyó la guerra. Dominguito la abrazó con el entusiasmo de los veinte años.
El 22 de septiembre de 1866, en la batalla de Curupayty, el ejército aliado lanzó un ataque frontal contra las posiciones paraguayas. Fue una masacre: más de 4.000 soldados aliados muertos o heridos en pocas horas, contra pérdidas mínimas del lado paraguayo. Dominguito Sarmiento murió en ese ataque. Tenía 21 años.
La noticia llegó a Washington con el retraso inevitable de la época. Sarmiento recibió el telegrama en su despacho de embajador. Lo que escribió después sobre la muerte de su hijo — en cartas, en diarios, en el libro que le dedicó veinte años después — es uno de los textos más devastadores de la literatura argentina del siglo XIX. No el gran escritor público, sino el padre.
"Yo he tenido un hijo que se llamaba Dominguito. Era mi obra maestra."
Lo escribió en 1886, cuando publicó la biografía de su hijo. Veinte años después de la muerte y todavía le dolía con esa precisión.
El presidente de la guerra
En 1868, dos años después de la muerte de Dominguito, Sarmiento ganó las elecciones presidenciales y volvió a Argentina desde Estados Unidos. Asumió la presidencia en octubre de ese año.
La Guerra del Paraguay todavía no había terminado — terminó en 1870, cuando Solano López murió en combate. Sarmiento gobernó los últimos dos años de esa guerra desde Buenos Aires: el hombre que había perdido a su hijo en el conflicto ahora era el presidente que debía cerrarlo.
Su presidencia (1868-1874) fue la más reformadora en materia educativa de la historia argentina. Fundó escuelas normales, contrató maestras norteamericanas — las llamadas "maestras yankees" — triplicó el número de escuelas primarias, creó el Colegio Militar y la Escuela Naval, impulsó la Biblioteca Nacional. El sistema educativo argentino, tal como existió durante más de un siglo, tiene la forma que Sarmiento le dio.
Todo eso mientras cargaba con la muerte de Dominguito.
El final en Asunción
En 1887, con 76 años, enfermo y con problemas respiratorios crónicos, Sarmiento tomó una decisión que tenía algo de paradoja: se fue a vivir a Paraguay.
El clima de Buenos Aires le hacía mal. Asunción, más cálida y húmeda, era médicamente recomendada para sus pulmones. Fue una decisión práctica. Pero también tuvo algo de cierre involuntario: el hombre que había apoyado la guerra que destruyó Paraguay terminó sus días viviendo en ese país.
El Paraguay que Sarmiento encontró en 1887 era una sociedad en reconstrucción lenta y difícil. Veinte años después del fin de la guerra, las cicatrices eran todavía visibles: ciudades semivacías, economía devastada, una generación entera que no existía. El país que la Triple Alianza había ganado militarmente era también el país que había sido borrado casi por completo.
Sarmiento murió en Asunción el 11 de septiembre de 1888. Tenía 77 años.
Sus restos fueron trasladados a Buenos Aires, donde están enterrados en el Cementerio de la Recoleta. En Paraguay le pusieron su nombre a una calle.
Aurelia Vélez
Mientras todo eso pasaba — la guerra, la presidencia, el duelo por Dominguito — Sarmiento tuvo una relación que duró décadas y que Buenos Aires conocía y comentaba sin que nadie lo dijera demasiado en voz alta.
Aurelia Vélez era hija de Dalmacio Vélez Sársfield, el jurista que redactó el Código Civil argentino — es decir, el hombre que escribió las reglas que regulaban el matrimonio, la familia y la propiedad en Argentina. La ironía era visible para cualquiera que quisiera verla.
Sarmiento la conoció siendo ella muy joven. Tenía 27 años menos que él. Era inteligente, educada, con opiniones propias sobre política y literatura — en una época en que eso era excepcional para una mujer. Sarmiento estaba casado con Benita Castro, de quien vivía separado de hecho desde hacía años.
La relación con Aurelia no fue un episodio. Fue una compañía larga y real. Ella lo acompañó durante gran parte de su presidencia, viajó con él, llevó una correspondencia extensa con el hombre que era simultáneamente el presidente de la república y su amante declarado. Las cartas que se conservan entre ambos muestran una familiaridad y una intimidad que no dejaban lugar a interpretaciones.
La sociedad porteña de la época toleraba estas cosas con una doble moral perfectamente establecida: el escándalo existía, circulaba, se comentaba en los salones — y a la vez no existía oficialmente. Nadie lo mencionaba en los discursos. Nadie lo anotaba en los documentos formales. La vida pública y la vida privada corrían en paralelo sin tocarse, al menos en la superficie.
Aurelia Vélez sobrevivió a Sarmiento. Murió en 1924, treinta y seis años después que él. Nunca se casó.
Lo que une todo
Lo que hace interesante a Sarmiento no es ninguna de estas historias por separado. Es que no se dejan separar.
El mismo hombre que fundó la educación argentina dejó papeles privados que desordenan la pedagogía oficial. El mismo hombre que escribió sobre civilización y barbarie apoyó una guerra que produjo una de las mayores catástrofes de la historia sudamericana. El mismo hombre que perdió a su hijo en esa guerra la siguió administrando desde la presidencia. El mismo hombre que amó fuera de los márgenes aceptables de su tiempo fue presidente de la república que buscaba ordenar esos márgenes. El mismo hombre que construyó parte del Estado argentino terminó sus días en el país que esa guerra había arrasado.
La escuela argentina lleva su nombre en las fachadas. En la libreta queda lo que la fachada no sabe contar.
