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Bonpland, la yerba mate y las dos muertes de un botánico

Retrato histórico de Aimé Bonpland
Aimé Bonpland quiso convertir la yerba mate en una industria y terminó atrapado en la política del Plata.Crédito: Wikimedia Commons

Aimé Bonpland suele aparecer como una nota al pie de Humboldt. Es un error cómodo. En el Río de la Plata, Bonpland fue bastante más que eso: botánico, explorador, médico, agricultor improvisado y obsesivo de la yerba mate.

Y en torno a esa planta se le armó una vida que cruza a Bernardino Rivadavia, Simón Bolívar y Carlos Antonio López. O sea: ciencia, comercio y política. Tres cosas que casi nunca se dejan separar cuando el tema es una planta capaz de volverse negocio y símbolo.

El botánico que vio negocio donde otros veían costumbre

LA NACION recuerda que Bonpland llegó a Buenos Aires en 1817, invitado por Bernardino Rivadavia para fundar el primer jardín botánico de Sudamérica. Pero muy pronto su curiosidad se corrió hacia otra cosa: la yerba mate.

Bonpland no sólo quería estudiarla. Quería entender cómo se producía, dónde crecía y si podía cultivarse de manera racional. No le interesaba el mate como ritual doméstico, sino como problema de botánica económica.

Un trabajo académico publicado en Bonplandia analiza sus manuscritos rioplatenses sobre la distribución de la especie Ilex paraguariensis y muestra que el francés ya pensaba la yerba como un recurso de alcance regional, no como una rareza local.

Rivadavia, Bolívar y López

Rivadavia lo trajo a Buenos Aires. Bolívar, según varias biografías, lo tuvo entre sus amistades científicas y llegó a quererlo cerca en el norte de Sudamérica. Y más tarde Carlos Antonio López lo recibió en Asunción, en una etapa en que Bonpland ya era un hombre envejecido, reconocido y todavía metido en asuntos de plantas, frontera y producción.

La línea que une esos nombres no es decorativa. Muestra que Bonpland circuló por los bordes del poder latinoamericano, siempre a medio camino entre la ciencia y la economía.

En ese mapa aparece un gesto político decisivo: Bolívar escribió en 1823 al dictador del Paraguay pidiendo la libertad de Bonpland. No era una cortesía intelectual. Era una intervención directa para sacar de cautiverio a un científico que había quedado atrapado en la pelea por la yerba mate.

El choque con Paraguay

El gran problema fue que la yerba mate no era un cultivo cualquiera. Era una fuente de riqueza y una zona de control político.

Bonpland se instaló en Santa Ana y trabajó sobre yerbales y cultivos. Pero José Gaspar Rodríguez de Francia, dictador del Paraguay, vio el proyecto como una amenaza a su monopolio. El resultado fue brutal: en lugar de convertirse en empresario agrícola respetado, Bonpland terminó detenido durante años en territorio paraguayo.

Ese encierro es parte central de su leyenda. No porque lo vuelva más heroico, sino porque muestra algo incómodo: la historia de la yerba mate en el Plata también es historia de fronteras, aduanas, monopolios y miedo político.

La planta que no logró domesticar

Bonpland volvió una y otra vez sobre la misma pregunta: cómo cultivar yerba mate sin depender del circuito salvaje de recolección y comercio. Quería convertir una planta de uso popular en una producción estable.

La idea no prosperó de inmediato. Pero dejó una huella larga. Parte de la industria yerbatera posterior en Argentina y Paraguay se apoyó en esas preguntas tempranas, aunque durante décadas la posteridad haya recordado más el mate de sobremesa que a quien intentó volverlo objeto de estudio sistemático.

Las dos muertes de Bonpland

Bonpland murió en mayo de 1858, pero su historia no terminó ahí.

La segunda muerte es la más rara: la leyenda cuenta que, durante el velorio, un paisano se acercó al cuerpo, lo insultó y lo apuñaló. La anécdota circula en biografías y relatos locales y le dio a Bonpland ese apodo extrañísimo de “el botánico que murió dos veces”.

Literalmente murió una vez.
Y simbólicamente volvió a morir cuando el tiempo lo fue borrando de la historia popular, a pesar de que dejó su nombre en pueblos, calles y en una parte decisiva de la economía cultural del mate.

Después, su muerte siguió escribiéndose. Biografías noveladas, memorias apócrifas y relatos históricos volvieron sobre ese final como si Bonpland siguiera hablando desde la tumba. Éric Courthès lo llevó directamente a una zona de ficción donde el muerto todavía narra, y otros escritores lo usaron como personaje para pensar frontera, botánica, cautiverio y deseo de supervivencia.

La versión más escandalosa del relato agrega otro giro: que el agresor fue su cuñado, Diego Cristaldo, que llegó borracho al velorio y apuñaló el cadáver. No es la única versión del episodio, pero sí la que terminó de fijar la idea de que Bonpland había sido “matado dos veces”.

Por qué importa hoy

Bonpland importa porque obliga a mirar la yerba mate de otra manera. No sólo como costumbre nacional o infusión compartida, sino como una planta que condensó botánica, comercio, frontera y Estado.

También importa porque su vida desmonta la versión simple del científico europeo que “vino, clasificó y se fue”. Bonpland se quedó, se enredó, perdió libertad, volvió, insistió y terminó viviendo dentro de una historia latinoamericana mucho más turbulenta que la de los libros de gabinete.

Si el mate parece una tradición inmóvil, Bonpland es la prueba contraria: detrás de una costumbre cotidiana hubo disputa, ciencia, exportación, encierro y una biografía atravesada por el poder.

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  • [Cabeza de Vaca no caminó nueve años seguidos de EE.UU. a Asunción. La historia real es más extraña.](/cabeza-de-vaca-ocho-anos-norteamerica-asuncion/)

Fuentes: LA NACION · Bonplandia / CONICET · Diario El Libertador · Portal Guaraní

Calabaza de mate
La yerba mate ya era un ritual antes de convertirse en proyecto botánico, comercial y político.Crédito: Un Mundo Loco

Fuente: LA NACION / Bonplandia / Diario El Libertador

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