En 1932, Henri Cartier-Bresson caminaba detrás de la Estación Saint-Lazare de París cuando vio a un hombre saltando sobre un charco. Levantó la cámara a través de un agujero en la valla metálica que rodeaba la obra en construcción y disparó una sola vez. No vio la imagen hasta revelar el rollo. La foto —un hombre en el aire, el reflejo exacto de su figura en el agua, la valla curvilínea de fondo— se convirtió en la imagen más reproducida de su carrera y en uno de los referentes visuales del siglo XX.
Lo que Cartier-Bresson llamó "le moment décisif" no fue un concepto que desarrolló después de tomar esa foto. Fue lo que siempre había practicado: que el acto de fotografiar es la coincidencia simultánea entre el ojo, la mente y el corazón, en una fracción de segundo que no vuelve.
Quién era Cartier-Bresson
Henri Cartier-Bresson nació el 22 de agosto de 1908 en Chanteloup-en-Brie, Francia, en el seno de una familia acomodada de la industria textil. Estudió pintura con André Lhote, un cubista que le enseñó composición, y pasó su juventud entre París y el África subsahariana. La fotografía fue para él, al principio, un reemplzo práctico de la pintura: más inmediata, más ligada a la calle.
Su cámara era una Leica M con lente de 50mm, herramienta que nunca abandonó. Cubría el logo rojo de la Leica con cinta negra para que nadie notara el equipo. Odiaba los flashes. Decía que la luz artificial "era una forma de violencia contra el momento."
En 1947, fundó la agencia Magnum Photos junto con Robert Capa, David Seymour y George Rodger, cuatro fotógrafos que habían cubierto la Segunda Guerra Mundial y querían controlar los derechos de sus propias imágenes. Magnum fue la primera cooperativa de fotoperiodismo de la historia y cambió la relación entre los fotógrafos y las publicaciones.
El libro que definió una forma de ver
En 1952, Cartier-Bresson publicó Images à la Sauvette, traducido al inglés como The Decisive Moment. La edición francesa tenía en la cubierta un collage de Henri Matisse. El prólogo comenzaba con una frase del cardenal de Retz del siglo XVII: "Il n'y a rien dans ce monde qui n'ait un moment décisif." ("No hay nada en este mundo que no tenga su momento decisivo.")
El libro reunía 126 fotografías tomadas entre 1931 y 1952 en Europa, Asia, América y África, y fue acompañado de un largo ensayo sobre su método. Cartier-Bresson escribía que la fotografía no era un proceso de construcción sino de reconocimiento: el fotógrafo no crea la imagen, la identifica en el instante en que existe.
Esa idea tuvo una influencia masiva. La publicación se convirtió en texto obligatorio en escuelas de fotografía de todo el mundo durante décadas, y el concepto del "momento decisivo" pasó a ser el estándar con el que se evaluaba el fotoperiodismo.
Cómo funcionaba su método
Cartier-Bresson operaba según una lógica contraria a la del volumen. No disparaba en ráfaga. No hacía treinta fotos de la misma escena esperando que una saliera bien. Cuando se le preguntaba cuántos rollos usaba en una salida, respondía que habitualmente uno, a veces ninguno.
Su proceso era el de un cazador: elegía un lugar, esperaba, observaba la composición del espacio vacío, y disparaba cuando alguien o algo entraba en el cuadro en el lugar preciso. La foto de la gare Saint-Lazare es el ejemplo más citado, pero hay docenas: el mendigo ciego de Madrid (1933), el último día de la Shanghai capitalista (1949), las manifestaciones de Gandhi (1948).
Tenía un rechazo profundo al encuadre posterior. Nunca recortaba sus fotos en el cuarto oscuro. Lo que el visor mostraba en el momento de disparar era la imagen final. Usó los bordes del fotograma completo —los famosos márgenes negros del negativo de 35mm— como prueba de que no había intervenido después.
Lo que cambió y lo que no cambió
Con la fotografía digital, la lógica de costo por disparo desapareció. Hoy una cámara puede almacenar 2.000 fotos sin gastar más que batería. El fotoperiodismo contemporáneo trabaja con ráfagas, con descarte masivo, con algoritmos que seleccionan el fotograma con los ojos más abiertos o la sonrisa más amplia.
Cartier-Bresson murió el 3 de agosto de 2004, antes de que el iPhone cambiara la forma en que la mayoría de las personas capturaba imágenes. Sus editores calculan que tomó, a lo largo de su vida, alrededor de 300.000 fotografías. Usó más de 400 rollos de 36 exposiciones solo en su viaje a China de 1949.
La pregunta que dejó sin resolver no es técnica. Es anterior a cualquier cámara: si el momento decisivo existe, ¿cuándo es? No hay respuesta sistemática. Cartier-Bresson la buscó en la calle, durante cincuenta años, con un Leica de 50mm y sin flash.
Las fotos que no publicó
Cartier-Bresson destruyó o nunca publicó una fracción significativa de su trabajo. Al final de su vida, se dedicó casi exclusivamente al dibujo y rechazó que su archivo se mostrara en cualquier forma que no fuera la originalmente editada por él. En su testamento estableció restricciones precisas sobre el uso de sus imágenes.
La Fondation Henri Cartier-Bresson, creada en 2003 en París, administra hoy ese archivo. La fundación sostiene que el fotógrafo se oponía radicalmente a la idea de que todas las imágenes merecen ser vistas. No toda foto tomada en el momento decisivo es una buena foto, decía. La diferencia es lo que hace que la fotografía sea, también, un arte.
Imagen: Ilustración editorial en blanco y negro de Un Mundo Loco, inspirada en la estética visual de la gare Saint-Lazare (1932).
Fuente original: MoMA — Henri Cartier-Bresson
