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Murió sin dinero ni nombre. Luego encontraron 150.000 negativos en un depósito de Chicago

Silueta de fotógrafa en calle nocturna de Chicago, años 50, estilo urbano documental
Vivian Maier fotografió las calles de Chicago y Nueva York durante cuarenta años sin mostrar las fotos a nadie.Crédito: Ilustración editorial original — Un Mundo Loco · Fuente: Ilustración editorial original
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En septiembre de 2007, un hombre llamado John Maloof compró una caja de negativos en una subasta de contenidos de depósitos abandonados en Chicago por 380 dólares. La caja tenía miles de fotografías de una autora desconocida. Cuando Maloof intentó ubicarla para comprarle los derechos, descubrió que Vivian Maier había muerto cuatro meses antes, el 21 de abril de 2009, en un asilo de Chicago. Tenía 83 años. No tenía familia, no tenía dinero, no tenía nombre en ningún circuito artístico.

Lo que sí dejó: 150.000 negativos, 3.000 rollos sin revelar, 700 carretes de 8mm y docenas de grabaciones de audio. Ninguno de esos materiales había sido visto por nadie. Maier pasó cuarenta años fotografiando las calles de Chicago y Nueva York sin mostrar las fotos, sin publicarlas, sin mencionarlas a sus empleadores.

Quién fue Vivian Maier

Vivian Dorothy Maier nació el 1 de febrero de 1926 en Nueva York, hija de madre francesa y padre de origen austríaco. Creció entre Estados Unidos y la región del Champsaur, en los Alpes franceses. En 1951 regresó definitivamente a Chicago y comenzó a trabajar como niñera, profesión que ejerció durante más de cuatro décadas para familias de la North Shore, el barrio de clase alta al norte de la ciudad.

Tenía una cámara Rolleiflex. Caminaba, fotografiaba, volvía a casa. Los niños que cuidó la recordaron como una persona reservada, con tendencias controladoras respecto a sus pertenencias. Ninguno sabía que estaba construyendo un archivo fotográfico de dimensiones profesionales.

La técnica que nadie le enseñó

Las fotos de Maier muestran un dominio de composición y luz que los críticos comparan con los grandes nombres del documentalismo urbano: Diane Arbus, Helen Levitt, Walker Evans. Pero Maier no tenía formación formal, no frecuentaba círculos artísticos y no tenía acceso sistemático a las revistas o exposiciones donde ese tipo de fotografía se discutía.

Fotografiaba con la Rolleiflex desde la cintura, mirando hacia abajo al visor, lo que le daba un ángulo discreto y una relación natural con sus sujetos. Sus autorretratos —tomados en vidrieras, espejos y superficies reflectantes— son particularmente notables: en muchos capturó su propia sombra proyectada sobre sus sujetos, creando una firma visual involuntaria que los investigadores identificaron en retrospectiva como uno de sus recursos más consistentes.

La mayoría de sus fotografías eran en blanco y negro, aunque también usó color. Sus sujetos preferidos eran trabajadores, niños en la calle, personas mayores, escenas de mercado. Fotografiaba con la misma atención una fachada deteriorada que una reunión política o un escaparate.

Después de la muerte de Maier, la cuestión de quién controlaba su obra se volvió compleja. Maloof, que había comprado parte de los negativos, fue el primero en organizar exposiciones. Pero otros coleccionistas habían adquirido partes del archivo en diferentes subastas. La herencia tampoco era clara: Maier no dejó testamento.

En 2014, después de años de litigios, un tribunal de Illinois declaró heredero a Francis Baille, un primo lejano que nunca la conoció personalmente. La cuestión de los derechos sobre las 150.000 imágenes siguió siendo objeto de disputas parciales.

El documental Finding Vivian Maier (2013), de John Maloof y Charlie Siskel, fue nominado al Oscar a mejor documental ese año. En 2014, el New York Times la incluyó entre los mejores fotógrafos del siglo XX.

Por qué no mostró las fotos

Esta es la pregunta que no tiene respuesta verificable.

Los niños que Maier cuidó la describieron como una persona que guardaba con celo sus materiales fotográficos, sus notas personales y también sus opiniones. Era leal, competente y reservada en proporciones que sus empleadores encontraban desconcertantes.

Algunos críticos propusieron que fotografiaba para sí misma, como diario visual, sin ninguna aspiración de publicación. Otros señalaron que el proceso de revelado tenía un costo que era difícil de sostener con un salario de niñera: los 3.000 rollos sin revelar encontrados después de su muerte apuntan en esa dirección.

La explicación más sencilla es también la más difícil de integrar: Maier no necesitaba audiencia para hacer lo que hacía. Fotografiaba. No publicaba. Eso era suficiente para ella.

El reconocimiento que llegó demasiado tarde

La primera exposición pública del trabajo de Maier fue en Chicago en 2011. Murió sin haber visto ninguna de sus fotos en una galería. Sus fotos se venden hoy en subastas por decenas de miles de dólares. El Art Institute de Chicago y el Chicago History Museum preservan partes de su archivo.

Nada de eso le llegó a ella.

Lo que sí le llegó, en sus últimas décadas, fue una pobreza severa. En 2008, un año antes de morir, una familia que ella había cuidado en los años 70 —los Gensburg— se enteró de su situación y pagó su alquiler durante el tiempo que le quedaba. Sin esa intervención, habría muerto antes.

La historia de Vivian Maier es también la historia de quién controla el valor de una obra. Ella la hizo. No la mostró. Otros la encontraron, la vendieron y la nombraron.

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Imagen: Ilustración editorial original de Un Mundo Loco. Referencia visual a las calles de Chicago de los años 50, contexto de la obra de Vivian Maier.

Fuente original: Maloof Collection / Vivian Maier

Fuente: Maloof Collection / Chicago History Museum / New York Times

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