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Murió Edgar Morin a los 104 años: el hombre que le enseñó a pensar a América Latina

Murió Edgar Morin a los 104 años: el hombre que le enseñó a pensar a América Latina
Edgar Morin, sociólogo y filósofo francés, en una de sus últimas apariciones públicas.Fuente: Wikimedia Commons
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Edgar Morin murió. Tenía 104 años, había nacido en París en 1921 con el nombre de Edgar Nahoum, y pasó casi un siglo construyendo una forma de pensar que no cabe en ninguna disciplina porque argumentaba que ninguna disciplina alcanza para entender nada.

En Europa se lo recuerda como sociólogo, filósofo, epistemólogo. En América Latina lo recuerdan como algo más difícil de nombrar: el intelectual que llegó, escuchó, volvió, escribió sobre lo que vio, y cuyas ideas sobre cómo se construye el conocimiento terminaron en los planes de estudio de países que él había visitado como invitado y que lo adoptaron como propio.

Qué es el pensamiento complejo

La idea central de Morin es incómoda para cualquier sistema académico que funcione por compartimentos: el conocimiento especializado no alcanza para entender la realidad porque la realidad no está dividida en disciplinas.

Un médico que solo sabe medicina no entiende por qué su paciente está enfermo. Un economista que solo sabe economía no puede explicar por qué una política que funciona en los modelos no funciona en las calles. Un educador que solo conoce su materia no sabe qué está formando realmente cuando enseña.

Morin llamó a eso el pensamiento complejo: no una teoría del todo, no una filosofía new age, sino un método para pensar que acepta la contradicción, la incertidumbre y la interdependencia como condiciones normales del conocimiento, no como fallas que hay que eliminar.

El libro donde lo desarrolló con más claridad es El método, una obra en seis volúmenes que escribió a lo largo de treinta años. Pero el texto que más circuló en América Latina fue más corto y más urgente: Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, encargado por la UNESCO en 1999 y distribuido gratuitamente en decenas de idiomas. Ese texto llegó a ministerios de educación, a facultades de pedagogía, a planes de reforma curricular en Brasil, México, Colombia, Argentina. Fue el Morin más práctico, el que pedía que la escuela enseñara a manejar la incertidumbre antes que a memorizar certezas.

Por qué América Latina lo hizo suyo

Morin visitó América Latina varias veces. Fue a Brasil, a México, a Argentina. Participó en congresos, dio clases, escuchó con una atención que sus anfitriones siempre recordaron: no llegaba a exponer, llegaba a conversar.

Hay algo en la forma en que América Latina produce conocimiento —mezclando tradiciones indígenas, pensamiento europeo, experiencia colonial, improvisación necesaria— que encajó con el argumento de Morin mejor que en cualquier universidad francesa. El pensamiento complejo no es una teoría de laboratorio. Es una forma de operar cuando los problemas no vienen solos, cuando la pobreza y la salud y la educación y la política están enredadas y no hay ministerio que las desenrede por separado.

En ese sentido, Morin no llegó a América Latina a enseñar. Llegó a confirmar algo que muchos intelectuales latinoamericanos ya sabían por experiencia pero no tenían formulado con esa precisión.

Lo que deja

Morin vivió 104 años con una coherencia poco común: siguió escribiendo, dando entrevistas, participando de debates hasta muy cerca del final. En 2020, durante la pandemia, publicó ¡Es la hora de cambiarlo todo!, un libro breve donde argumentaba que el virus no era solo una crisis sanitaria sino una oportunidad para repensar el modelo de civilización. Tenía 98 años.

No era optimismo ingenuo. Morin había sido resistente antifascista durante la Segunda Guerra Mundial, había sido expulsado del Partido Comunista francés por criticarlo desde adentro, había enterrado a su primera esposa y a su segunda, había visto el siglo XX completo desde adentro. Su esperanza no era la de quien no conoce el desastre: era la de quien lo conoce y decide seguir pensando igual.

Lo que deja no es una escuela con seguidores que repiten su doctrina. Es algo más difícil de heredar: una postura. La convicción de que entender algo bien requiere salir del lugar desde donde se lo mira y buscar el ángulo desde donde se conecta con todo lo demás.

En un momento en que la inteligencia artificial promete respuestas rápidas y la especialización promete precisión, Morin se fue recordándonos que la pregunta más importante no es la que produce la respuesta más eficiente. Es la que abre el problema que nadie había visto.

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