Hay películas que avanzan por conflicto. Otras por suspenso. Otras por la pura exhibición de estilo. El sabor del té, del director japonés Katsuhito Ishii, parece moverse por otra lógica: la de la observación paciente. No quiere impresionar de inmediato. Quiere quedarse. Y lo logra.

Estrenada en 2004, la película sigue a la familia Haruno en una zona rural de Japón, en un universo donde lo cotidiano convive con pequeñas irrupciones de rareza. No se trata de una rareza estridente ni de fantasía espectacular. Es algo mucho más fino. Una niña que ve una versión gigante de sí misma. Un adolescente paralizado por la vergüenza. Un padre, una madre, un abuelo y un tío orbitando alrededor de pequeñas obsesiones, tristezas y rituales domésticos. La película avanza así: no como una trama cerrada, sino como una sucesión de momentos que terminan armando una atmósfera.
Y esa atmósfera es todo.
Lo extraordinario de El sabor del té es su tono. Ishii logra que el absurdo no rompa nunca la intimidad de la película, y que la ternura no se vuelva empalagosa. Hay humor, pero un humor seco, lateral, a veces ridículo y a veces melancólico. Hay emoción, pero sin subrayado. Hay belleza visual, pero sin la ansiedad de hacer una película linda. Todo fluye con una libertad extraña, como si la película hubiera encontrado una forma propia de respirar.
Eso la vuelve difícil de clasificar. Tiene algo de comedia excéntrica, algo de retrato familiar, algo de fábula cotidiana y algo de sueño largo de verano. Por momentos recuerda al mejor cine japonés capaz de extraer profundidad de las pequeñas cosas, pero también tiene una energía muy singular, más juguetona y más imprevisible. No busca pureza solemne. Busca una verdad emocional que pueda convivir con lo raro.
En ese sentido, una de sus mayores virtudes es que entiende algo que mucho cine olvida: la vida interior de una familia no está hecha sólo de grandes dramas. También está hecha de escenas insignificantes, vergüenzas mínimas, distracciones, deseos secretos, imágenes absurdas que nadie más ve y momentos tontos que después quedan pegados a la memoria para siempre.
La película trabaja exactamente sobre ese material. Y ahí encuentra una poesía muy particular.
También impresiona su relación con el tiempo. El sabor del té no corre. No se organiza para cumplir con la ansiedad narrativa del espectador contemporáneo. Se toma el tiempo necesario para que uno entre en su frecuencia. Esa lentitud no es pereza: es confianza. Ishii apuesta a que mirar bien una escena puede ser más valioso que encadenar muchas cosas importantes. Y tiene razón.
Por eso no es una película para todo el mundo. Quien busque una historia de alto voltaje o una progresión clásica probablemente se impaciente. Pero quien acepte su ritmo va a encontrar algo menos frecuente: una película con mundo propio. Una película que no parece fabricada a partir de fórmulas, sino descubierta desde adentro.
Hay además una melancolía muy sutil recorriéndola. Aunque muchas escenas sean cómicas o encantadoras, siempre flota la sensación de que crecer, amar, recordar o simplemente estar con otros tiene algo de frágil. El sabor del té nunca lo convierte en discurso, pero lo deja vibrando en el fondo. Quizás por eso pega tanto. Porque debajo de su excentricidad amable hay una comprensión bastante seria de la vida.
No es casual que con los años se haya vuelto una película de culto para muchos cinéfilos. No por extravagante, sino por precisa. Porque logra algo difícil: ser excéntrica sin volverse caprichosa, tierna sin ser blanda y poética sin perder humor.
Dicho simple: El sabor del té es una de esas películas que no necesitan levantar la voz para hacerse inolvidables.
Frente a imágenes aceleradas, argumentos gritados y emociones demasiado explicadas, esa delicadeza ya vale muchísimo.
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Fuente original: Un Mundo Loco
Fuentes consultadas: Wikipedia, The Taste of Tea · IMDb, The Taste of Tea