Hay lugares donde la historia argentina no aparece en monumentos prolijos, sino en metal oxidado, maderas enterradas, botellas rotas, restos de embarcaciones y caminos casi borrados por el clima. La Isla de los Estados es uno de esos lugares. Entre el 15 y el 31 de enero, especialistas del CONICET, la Universidad de Buenos Aires y otras instituciones realizaron allí la primera campaña arqueológica histórica sistemática enfocada en el período posterior a la llegada europea.
La isla está a 24 kilómetros de Tierra del Fuego y a unos 230 kilómetros de Ushuaia. No se llega por ruta ni por turismo cómodo: hay que navegar el estrecho de Le Maire, con vientos intensos, lluvia, zonas boscosas y costas difíciles. Ese aislamiento explica buena parte de su atractivo arqueológico. Lo que quedó allí permite seguir una historia de faros, presidios, naufragios, madera, soberanía y vida cotidiana en el Atlántico Sur.
Un laboratorio a cielo abierto
La expedición, parte del proyecto “Aquí Hay Dragones”, recorrió sitios como San Juan de Salvamento, Puerto Cook y Bahía Franklin. En San Juan de Salvamento se encuentra el famoso faro inaugurado en 1884, conocido como el “Faro del Fin del Mundo”, que inspiró la novela de Julio Verne. También funcionó allí un primer presidio militar antes de que la cárcel se trasladara a Puerto Cook y luego a Ushuaia.
Los arqueólogos registraron estructuras asociadas al faro, restos de la vida de los fareros, materiales de vidrio y metal, elementos vinculados a la alimentación, piezas náuticas y restos que ayudan a ubicar espacios concretos: huerto, corral, instalaciones del presidio y zonas de trabajo. Entre los objetos mencionados por el equipo aparecen vainas Remington calibre 43, cadenas atribuibles a naufragios y restos de embarcaciones.
Malvinas, madera y circulación
La curiosidad más potente no está solo en el faro. La Isla de los Estados funcionó durante el siglo XIX como un punto de aprovisionamiento para la primera población argentina en las Islas Malvinas, comandada por Luis Vernet. Según el equipo, el lugar servía como base para extraer madera y articular circuitos de circulación entre islas, barcos, asentamientos y puestos de trabajo.
Esa mirada vuelve arqueológico algo que a veces se cuenta solo como geopolítica. En vez de empezar por mapas y declaraciones, la campaña busca reconstruir cómo vivían quienes sostuvieron esos espacios: qué comían, cómo se vestían, qué herramientas usaban, qué rutas seguían y cómo sobrevivían en un territorio hostil.
El valor de encontrar poco
En arqueología histórica, una botella, una vaina, un pescante o una tabla pueden valer más que una gran pieza de museo. Cada objeto permite cruzar evidencia material con documentación escrita: planos, cartas, registros navales, expedientes y relatos de viajeros.
La campaña recién abre un trabajo de largo plazo. Los datos espaciales y los materiales todavía deben procesarse, compararse y publicarse. Pero el primer resultado ya cambia la forma de mirar la isla: no como postal remota, sino como archivo material de los primeros intentos argentinos por sostener presencia en el extremo austral.
Fuente original: CONICET NOA Sur