La historia de Quinta Silvia puede empezar con una escena que parece inventada: trenes, Juan Carlos Onganía y un empresario llamado Norberto Feldman entrando en una zona donde la política argentina, la Iglesia y China empezaban a tocarse por caminos que no siempre pasaban por los despachos oficiales.
En la memoria oral que rodea a Feldman aparece una versión poderosa: los trenes, los favores, los regalos, la vieja cultura de los vínculos personales. Esa memoria viene, sobre todo, de personas que trabajaron en la quinta y de relatos vinculados al mundo de la Nunciatura Apostólica, la embajada del Vaticano en la Argentina. Conviene decirlo con cuidado, porque no todo está documentado con la misma precisión. Lo que sí aparece en reconstrucciones periodísticas es el dato central: Feldman tuvo una relación cercana con Onganía, y desde ese vínculo se acercó a Pío Laghi, el nuncio apostólico que sería una figura decisiva en la Argentina de la dictadura.
Ahí empieza la parte más rara. Según Revista Mercado, Feldman hizo amistad con Laghi a través de Onganía y, por ese puente, convenció luego a Jorge Rafael Videla de viajar a Pekín en 1980. En ese viaje se firmó el primer Acuerdo de Cooperación Económica entre Argentina y China.
Es decir: en la historia Feldman, China no entra primero por una licitación, una represa, la soja, el litio ni los trenes modernos. China entra por Roma. Entra por el Vaticano, por un monseñor, por militares argentinos y por un empresario que entendía que la diplomacia real muchas veces empieza antes de que aparezca el comunicado oficial.
La quinta donde el poder hablaba bajo
Quinta Silvia estaba en Don Torcuato, en el conurbano norte bonaerense, cerca del Hindú Club. No era una casa cualquiera. Era una propiedad preparada para impresionar: portones importantes, parque amplio, salones para recibir invitados, una cancha de tenis y una estación privada que parecía salida de otra geografía.
El lugar funcionaba como una mezcla difícil de clasificar. No era embajada, aunque recibía diplomáticos. No era club, aunque se jugaba al tenis. No era solo salón de fiestas, aunque allí se organizaban recepciones. No era una oficina política, aunque por sus mesas circulaban militares, funcionarios, empresarios y operadores.
Quinta Silvia era otra cosa: un dispositivo de relaciones. Una casa armada para recibir, impresionar y conectar mundos que en público parecían separados.
Página/12 describió a Feldman como un hombre con vínculos notables con los altos espacios de la dictadura militar, con Pío Laghi y luego con el menemismo. También recordó que se había hecho famoso por las fiestas que organizaba en su quinta Silvia, lindera al Hindú Club de Don Torcuato, donde acudía "lo más granado" de la dictadura y de la Iglesia.
La frase puede sonar vieja, pero marca una atmósfera: no se trataba de reuniones menores. La quinta era un escenario social del poder.
Pío Laghi jugaba al tenis ahí
La relación con el Vaticano no era abstracta. No era apenas una tarjeta, una misa o una foto protocolar.
Una reconstrucción italiana alojada en Clerus.org cuenta que Laghi aceptaba a veces pasar los domingos en la villa de campo de Feldman, en Don Torcuato, para jugar al tenis o comer spaghetti preparados por el anfitrión. El texto agrega un detalle casi cinematográfico: en ocasiones, el nuncio debía interrumpir una conversación o suspender el partido porque llegaban colaboradores de la Nunciatura en auto para hablar con él.
Ese recuerdo coincide con la memoria oral de personas que trabajaron alrededor de Quinta Silvia y de la embajada vaticana: autos oficiales que llegaban, visitas de domingo, llamados urgentes, comidas largas y una circulación donde lo religioso, lo diplomático y lo político se mezclaban sin necesidad de dejar demasiados papeles.
La imagen resume la naturaleza de Quinta Silvia. El Vaticano no entraba por una carta oficial. Entraba en ropa de domingo. Entraba a una cancha de tenis. Entraba a una mesa servida.
Y desde ese mundo, según la reconstrucción de Mercado, se abrió una puerta hacia China.
China entró por Roma
Hoy la relación entre Argentina y China se discute en términos de comercio, infraestructura, energía, tecnología, minería y geopolítica. Pero en los años setenta y ochenta el vínculo era mucho menos evidente para buena parte de la sociedad argentina.
Revista Mercado presenta a Feldman como uno de esos empresarios visionarios que miraban a China antes de que China se volviera una palabra obligada en los discursos económicos. En esa reconstrucción aparecen también Julio Werthein y Franco Macri, pero el caso Feldman tiene un giro propio: el puente con Onganía, Pío Laghi y Videla.
El viaje de Videla a Pekín en 1980 no fue un dato decorativo. Allí se firmó el primer Acuerdo de Cooperación Económica entre ambos países. Después vendrían otros viajes presidenciales, otras etapas y otros intermediarios. Pero Feldman quedó asociado a una fase inicial de esa relación, cuando China todavía era, para muchos argentinos, un lugar lejano y casi abstracto.
En esa trama, Quinta Silvia aparece como la consecuencia doméstica de una red internacional: un lugar donde diplomáticos chinos, empresarios y funcionarios argentinos podían encontrarse lejos de la solemnidad oficial.
DangDai, medio especializado en los vínculos argentino-chinos, recordó al anunciar la muerte de Feldman que en su casa o en Quinta Silvia solía recibir a embajadores y funcionarios de la Embajada de China junto con empresarios y funcionarios gubernamentales argentinos. También señaló que viajó muchas veces a China y que fue designado ciudadano honorario de la provincia de Fujian.
El tren a vapor
Pero el detalle que convierte a Quinta Silvia en una historia de Un Mundo Loco es el tren.
En la quinta era famoso un tren a vapor con estación propia. Según la memoria oral de personas que trabajaron en Quinta Silvia, esa historia venía de una escena fundacional: Juan Carlos Onganía le habría regalado a Feldman el tren, o al menos una parte decisiva de ese universo ferroviario que después se volvió marca del lugar. No aparece como dato burocrático en un expediente fácil de citar; aparece como una de esas versiones persistentes que sobreviven porque fueron repetidas por quienes vieron funcionar la quinta desde adentro.
Feldman no dejó ese tren como una pieza muerta. Lo convirtió en escenografía. Página/12 contó que viajó a Europa para comprar elementos de decoración y contrató a un escenógrafo del Teatro Colón para ambientar cada camarote con objetos de un país distinto. Allí alojaba a sus huéspedes.
Ese dato cambia todo. No estamos hablando solo de una quinta elegante con un salón amplio. Estamos hablando de una puesta en escena completa: una estación privada, un tren de fantasía, camarotes tematizados, lujo ferroviario y una idea de mundo internacional montada en Don Torcuato.
El nombre comercial que aparece asociado al lugar, Oriente Express S.A., completa la imagen. Feldman no construyó solamente una casa de recepciones. Construyó una escenografía de poder.
El tren no era transporte. Era símbolo.
En Quinta Silvia, el poder no necesitaba viajar: Feldman le había construido una estación.
Quienes reconstruyen la vida cotidiana del lugar desde la memoria de trabajo recuerdan ese tren como algo más que una rareza decorativa. Tenía estación, camarotes intervenidos, objetos traídos de afuera y una teatralidad deliberada. Era parte de la experiencia que Feldman quería producir: llegar a la quinta y sentir que se entraba a un mundo aparte, con reglas propias, donde un almuerzo podía valer más que una audiencia formal.
La estación como teatro político
La estación privada funcionaba como una declaración de estilo. Un invitado que entraba a Quinta Silvia no llegaba a una reunión cualquiera. Entraba a una ficción cuidadosamente armada: una Argentina de portones, parque, diplomacia, camuflaje social y vagones decorados como si cada camarote fuera una escala del mundo.
Ese gesto dice mucho de Feldman. Mientras otros empresarios coleccionaban oficinas, autos o estancias, él armó un escenario. Y ese escenario permitía algo central: hacer que las relaciones parecieran naturales.
Un embajador chino podía compartir mesa con funcionarios argentinos. Un hombre de Iglesia podía jugar al tenis. Un empresario podía conversar con un operador político. Un artista podía aparecer en una recepción. La quinta hacía convivir mundos que, en los papeles, estaban separados.
La política argentina tiene muchos despachos oficiales. Quinta Silvia pertenecía a otro mapa: el de las casas donde se hablaba antes, después o por afuera del protocolo.
Los invitados y la farándula
Quinta Silvia tampoco era solamente una mesa de militares, diplomáticos y empresarios. También tenía brillo social.
En la memoria de época aparecen figuras de la televisión y del espectáculo, como Pinky y su marido, Raúl Lavié, una de las voces reconocibles del tango y del mundo artístico argentino. Ese dato importa menos como lista de celebridades que como clima: la quinta mezclaba poder duro con farándula, Iglesia con televisión, China con tango, militares con empresarios y conversaciones privadas con recepciones elegantes.
Feldman entendía que el poder no se arma solo con cargos. También se arma con escena, cercanía, prestigio social y capacidad de juntar personas que no se juntarían solas.
Por eso Quinta Silvia tenía algo de embajada informal y algo de teatro. Una cancha de tenis para Laghi, un tren a vapor para los huéspedes, mesas para diplomáticos chinos, visitantes extranjeros, funcionarios argentinos y artistas. Todo en el mismo lugar.
Los nombres que no hace falta gritar
La época tenía nombres demasiado pesados para escribirlos todos en una sola línea. Feldman se movía cerca de un universo donde orbitaban altos mandos, nuncios, operadores, empresarios y funcionarios. No hace falta convertir cada visita en una foto comprobada para entender el clima.
Lo importante es la red.
Quinta Silvia funcionaba como caja de resonancia del poder. A veces el poder se expresa en decretos, golpes de Estado, acuerdos económicos o comunicados diplomáticos. Otras veces se expresa en una invitación a comer, una llamada, una partida de tenis, un viaje arreglado a tiempo o una conversación que nadie publica.
Ese es el tipo de historia que guarda la quinta.
Después de Feldman
Norberto Feldman murió el 6 de febrero de 2024, a los 89 años. DangDai lo recordó como empresario, docente y presidente de la Asociación Argentina de Amistad con el Pueblo Chino, además de un participante muy activo en la promoción de vínculos comerciales y culturales con China.
Con su muerte, Quinta Silvia perdió a su operador. Lo que queda es el escenario: los portones, la memoria del tren, la sombra de las visitas, la estación privada y una propiedad que hoy aparece vinculada al circuito de eventos.
En guías comerciales figura como Quinta Silvia - Oriente Express S.A., en Don Torcuato, dentro del rubro de salones para eventos empresarios. El cambio resume el final de una época: antes se entraba por invitación política; hoy se entra por reserva.
La historia argentina reciente no siempre ocurrió en la Casa Rosada, en los cuarteles, en los ministerios o en los salones oficiales. A veces pasó en lugares mucho más ambiguos: quintas, clubes, mesas privadas, canchas de tenis, vagones decorados, estaciones inventadas.
Quinta Silvia fue uno de esos lugares.
Una estación argentina del Oriente Express donde se cruzaron Vaticano, China, política, farándula y negocios. Un decorado exuberante para una verdad bastante simple: en la Argentina, muchas veces, el poder habló mejor cuando nadie estaba grabando.
Fuentes consultadas: Página/12, Revista Mercado, DangDai y Clerus.org.
