Enrique Santos Discépolo escribió Cambalache en 1934, en Buenos Aires, en el contexto de la Gran Depresión, el ascenso del fascismo en Europa y la década infame argentina. Tenía 31 años. El tango quedó grabado ese mismo año y se convirtió en la pieza más citada, más prohibida y más reeditada de la historia del género. Su argumento central es simple y brutal: el siglo XX es un despliegue de indiferencia moral donde todo vale lo mismo, donde el que trabaja honestamente queda en el mismo lugar que el que roba. Noventa años después, esa afirmación sigue siendo debatida como si fuera nueva.
La palabra "cambalache" designa en el Río de la Plata un negocio de compraventa de objetos usados, un lugar donde todo se mezcla sin jerarquía. Discépolo usó esa imagen para describir un orden social donde los valores han dejado de funcionar como criterio de distinción. No es una metáfora sutil. Es una declaración directa, en lunfardo y en cuatro minutos.
La letra completa
Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé,
en el quinientos seis y en el dos mil también.
Que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos,
contentos y amargaos, valores y dublé.
Pero que el siglo veinte es un despliegue
de maldá insolente, ya no hay quien lo niegue.
Vivimos revolcaos en un merengue
y en un mismo lodo todos manoseaos.
Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor,
ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador.
¡Todo es igual! ¡Nada es mejor!
Lo mismo un burro que un gran profesor.
No hay aplazaos ni escalafón,
los inmorales nos han igualao.
Si uno vive en la impostura
y otro roba en su ambición,
da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos,
caradura o polizón.
¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón!
Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón.
Mezclaos con Stavisky van Don Bosco y La Mignon,
Don Chicho y Napoleón, Carnera y San Martín.
Como un cambalache, grosero y sin fe,
va el diente roto con la Biblia junto al calefón.
Igual que en la vidriera irrespetuosa
de los cambalaches se ha mezclao la vida,
y herida por un sable sin remache
ves llorar la Biblia junto a un calefón.
Es lo mismo el que labura noche y día como un buey
que el que vive de los otros que el que mata o el que cura
o está fuera de la ley.
La letra en castellano neutro
La letra mezcla lunfardo (argot porteño) con referencias históricas y culturales de los años 30. Aquí, una versión sin lunfardo:
Chorros = ladrones / Dublé = imitación, falsificación / Revolcaos = revueltos, mezclados / Merengue = lío, confusión / Manoseaos = maltratados, corrompidos / Chorro = ladrón / Aplazaos ni escalafón = no hay reprobados ni jerarquía / Caradura = descarado, sin vergüenza / Polizón = quien viaja clandestinamente / Stavisky = estafador francés célebre en 1934 / Don Chicho = Juan Galiffi, mafioso argentino / Carnera = Primo Carnera, campeón mundial de boxeo italiano / Calefón = calentador de agua.
La imagen central del segundo estribillo — "la Biblia junto al calefón" — es la más precisa del tango: lo sagrado y lo doméstico, lo eterno y lo cotidiano, mezclados sin distinción en la vidriera de un cambalache.
La letra en inglés
The world was and always will be a mess, I know,
in five hundred and six, and in two thousand too.
There always were thieves, schemers and the deceived,
the happy and the bitter, the real and the fake.
But the twentieth century is a brazen display
of insolent evil — no one can deny it.
We live wallowing in a swamp
and in the same mud, everyone is soiled.
Today it turns out it's the same to be straight or a traitor,
ignorant, wise, a thief, generous, a fraud.
It's all the same! Nothing is better!
A donkey and a great professor are equal.
No one fails, there's no ranking,
the immoral have made us all the same.
If one lives in pretense
and another steals out of ambition,
it makes no difference — priest or mattress-maker,
king of clubs, shameless bum or stowaway.
What a lack of respect, what an assault on reason!
Anyone can be a gentleman, anyone can be a thief.
Mixed in with Stavisky go Don Bosco and La Mignon,
Don Chicho and Napoleon, Carnera and San Martín.
Like a junk shop — crude and faithless —
a broken tooth goes next to the Bible beside a water heater.
Just like in the disrespectful display window
of the junk shops, life has been all mixed up,
and wounded by a saber with no hilt,
you see the Bible weeping next to a water heater.
It's all the same — the one who works night and day like an ox
as the one who lives off others, the one who kills or the one who heals,
or the one outside the law.
Por qué fue prohibido dos veces
Cambalache fue prohibida durante la dictadura de Juan Carlos Onganía (1966-1970) y volvió a estar vetada durante el último gobierno militar (1976-1983). Los decretos no siempre especificaban los motivos, pero el patrón es claro: cualquier régimen que necesite sostener una narrativa de orden moral no puede convivir cómodamente con un tango que dice que el orden moral no existe.
La ironía es que las prohibiciones confirmaron la tesis de Discépolo. Censurar una canción que afirma que todo vale lo mismo es, en cierto modo, demostrar que tiene razón.
Discépolo murió el 23 de diciembre de 1951, a los 48 años, en Buenos Aires. No vivió para ver las dos prohibiciones. Sí vivió para ver el peronismo, con el que tuvo una relación compleja y controvertida — fue orador radial en favor del gobierno durante sus últimos años, lo que le costó parte de su reputación entre sus contemporáneos. Esa contradicción tampoco parece ajena a la lógica de Cambalache.
El autor antes del tango
Discépolo no llegó a Cambalache de golpe. Venía de una trayectoria larga en el teatro y en la música popular. Había escrito antes Malevaje (1928), Yira, Yira (1930) y Esta noche me emborracho (1928), todas piezas con la misma marca: el fracaso como condición, no como anécdota. Yira, Yira — otro de sus tangos más grabados — describe a un hombre que golpea puertas sin que nadie abra, en una ciudad indiferente. El tono es el mismo. La diferencia es que Cambalache amplía la escala: ya no es un hombre solo, es el siglo entero.
Su hermano Armando Discépolo fue dramaturgo y uno de los creadores del grotesco criollo, el género teatral rioplatense que mezcla tragedia y ridículo para retratar a los inmigrantes. El pesimismo de Enrique Santos tiene raíces familiares y estéticas concretas, no es una pose.
La pregunta que Cambalache deja abierta no es si el siglo XX fue una porquería. Es si el diagnóstico tiene salida o si Discépolo escribió una descripción permanente disfrazada de protesta. El tango no responde. Termina con la enumeración, sin resolución, sin moraleja. Eso es, en parte, lo que lo vuelve insoportablemente preciso.
Imagen: Enrique Santos Discépolo. Fotografía de Annemarie Heinrich. Archivo fotográfico, Buenos Aires. Dominio público.
Fuente original: Biblioteca Nacional Mariano Moreno
