Un Mundo Loco ●

Rothko lloraba cuando la gente lloraba frente a sus cuadros. Tenía razón en esperar eso.

Rothko lloraba cuando la gente lloraba frente a sus cuadros. Tenía razón en esperar eso.
Sala con pinturas de Mark Rothko en Tate Modern.Fuente: Wikimedia Commons
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En 1958, Mark Rothko recibió el encargo más grande de su carrera: pintar un ciclo de murales para el restaurante Four Seasons del edificio Seagram, en Nueva York. El espacio era el más exclusivo de la ciudad. Los comensales pagarían fortunas por comer rodeados de su arte. Rothko aceptó, viajó a Europa, estudió los frescos del Michelozzo en Florencia, y cuando volvió entregó los cuadros terminados. Después los pidió de vuelta. Los donó al Tate Gallery de Londres en lugar de dejarlos en un restaurante de lujo. "Descubrí que cualquier persona que come esa comida por ese precio nunca va a ver un cuadro mío", explicó. Murió en 1970. Los murales Seagram son hoy una de las instalaciones más visitadas del Tate.

Esa historia dice más sobre Rothko que cualquier análisis técnico. Sus pinturas —rectángulos de color que flotan sobre fondos de otro color, con bordes suaves, sin líneas— no son decoración. Son una propuesta sobre qué puede hacer el color cuando lo mirás el tiempo suficiente.

El error de llamarlos "abstractos"

Rothko rechazaba que su trabajo se definiera como abstracción. "No soy un pintor abstracto", dijo en una entrevista. "Me interesa solo expresar emociones humanas básicas: tragedia, éxtasis, destino. Si sos movido solo por las relaciones de color en mis pinturas, te estás perdiendo el punto."

La etiqueta que aceptaba era "expresionismo abstracto", el movimiento que dominó Nueva York entre los años 1940 y 1960 junto a Jackson Pollock, Willem de Kooning y Franz Kline. Pero dentro de ese grupo, Rothko era el más cercano a lo que él llamaba "el drama": quería que sus cuadros funcionaran como personajes, no como paisajes.

La forma que desarrolló a partir de 1949 —dos o tres rectángulos de color que llenan casi todo el lienzo, con bordes difusos que parecen respirar— la llamaba "multiforms". El borde suave no es un defecto técnico sino una decisión deliberada: borra el límite entre las formas, hace que el color parezca flotar.

Cómo están hechos

Rothko trabajaba con pintura muy diluida, aplicada en múltiples capas finas sobre lienzos preparados con una mezcla de huevo y pigmento. Eso daba una superficie que absorbe la luz de manera distinta al óleo convencional: los colores no brillan, sino que parecen irradiar desde adentro.

Los cuadros son grandes, casi siempre más altos que anchos. El más pequeño de su período clásico tiene alrededor de un metro de alto. Los murales Seagram superan los tres metros. Esa escala no es casual: Rothko decía que cuando un cuadro es más grande que el cuerpo del espectador, lo envuelve. El espectador no mira el cuadro desde afuera; está dentro de él.

En el MoMA, donde se conservan varias de sus obras centrales, los curadores piden que los cuadros estén iluminados con luz tenue. Rothko lo especificaba en los contratos. Con luz fuerte, los colores pierden la capa interna. Con poca luz, la pintura parece emitir su propio resplandor.

Los colores y lo que comunican

En la década de 1950, Rothko usaba naranjas cálidos, amarillos, ocres, rojos brillantes. En los años 1960, la paleta se oscureció: negros, grises, marrones profundos, púrpuras. Los estudiosos debaten si ese cambio refleja un estado emocional —Rothko sufrió depresión severa en sus últimos años— o si era un desarrollo estético autónomo.

Él decía que los colores tenían estados: el amarillo era "esperanza desolada", el rojo era "violencia contenida", el negro era "la muerte considerada". Esas no eran metáforas decorativas. Las usaba como un compositor usa notas: para producir estados emocionales específicos en quien mira.

La Capilla Rothko en Houston, Texas, es el punto extremo de ese proyecto. Inaugurada en 1971, un año después de su muerte, es un edificio octogonal diseñado por Philip Johnson específicamente para contener catorce cuadros de Rothko: negros, casi sin variación de tono. El espacio funciona como un lugar de meditación no confesional visitado por personas de decenas de religiones distintas. En 1981 recibió la Medalla de la Paz de la ONU.

Por qué lloran frente a sus cuadros

En 1961, Rothko le confió a su amigo y crítico Selden Rodman que había llorado al ver que varias personas lloraban frente a sus pinturas en una exposición. Lo interpretó como confirmación de que estaba haciendo lo que quería: transmitir emociones directamente, sin lenguaje, sin narrativa.

El fenómeno está documentado. El Tate Modern instaló en 2008 una sala exclusiva para los murales Seagram con bancos para que el público pueda quedarse. Las visitas largas —más de veinte minutos— son comunes. Psicólogos del arte han estudiado el fenómeno de las "experiencias estéticas de pico" frente a su obra: estados de conmoción similares al síndrome de Stendhal, que ocurren ante obras de arte de una intensidad particular.

La explicación más económica es que los rectángulos de Rothko no representan nada reconocible, lo que libera al cerebro de la tarea de identificar. Solo queda la experiencia del color en su estado más puro. Y el color, bien usado, hace cosas que las palabras no pueden hacer.

Imagen: sala con pinturas de Mark Rothko en Tate Modern.

Fuente original: MoMA — Mark Rothko

Fuente: MoMA / Tate Modern / National Gallery of Art

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