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Murió el Indio Solari: la despedida en Avellaneda y la comunidad ricotera

Una multitud nocturna frente a un escenario vacío con luces rojas y negras
El mito ricotero fue menos una banda que una forma de reunión: música, ruta, margen y comunidad.Crédito: Imagen original generada por Un Mundo Loco
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Murió Carlos Alberto Solari, el Indio. Tenía 77 años y llevaba más de una década conviviendo con Parkinson. La noticia fue confirmada este viernes 5 de junio de 2026 y sacudió algo más grande que el rock argentino: sacudió una forma de entender la contracultura, la multitud y el margen. AP · El País

No se murió solamente un cantante. Se murió el centro vacío de un ritual que durante décadas juntó a gente que no siempre encontraba lugar en otra parte.

Ese es el punto difícil de explicar para quien mira al Indio desde afuera. Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota no fue sólo una banda popular. Fue una máquina de pertenencia. Una religión laica. Una contraseña. Una manera de decir “estamos acá” cuando el país parecía hablarle siempre a otro.

La despedida de hoy en Avellaneda

Hoy, domingo 7 de junio de 2026, el Indio Solari es despedido en el Polideportivo José María Gatica, dentro del Parque Domínico, en Villa Domínico, Avellaneda. La ceremonia pública fue anunciada para empezar a las 11 y continuar “hasta que haga falta”, con el ingreso por Bartolomé Mitre y General Otero. La Pluma Diario · C5N

La cola para despedir al Indio Solari en Avellaneda

La fila ya se estira como una procesión larga y silenciosa. No hay una cifra oficial para medirla minuto a minuto, pero en la calle la sensación es la de una despedida que crece sin parar y que se lee en decenas de cuadras.

La imagen de la jornada no es sólo el predio: es la cola. Desde temprano, la despedida se convirtió en una peregrinación ricotera con cuadras de gente esperando para entrar. Los reportes hablaban de una convocatoria multitudinaria y de filas largas alrededor de Avellaneda; en la calle, entre seguidores que llegaron desde distintos puntos de Buenos Aires y del conurbano, se repetía una escena mayor: una cola de decenas de cuadras para despedirlo.

Ese dato importa porque no funciona como número frío. Veinte cuadras, diez, quince o las que haya marcado el operativo: la medida real es otra. Es la distancia que una comunidad está dispuesta a caminar y esperar para decirle adiós a alguien que nunca fue solamente una voz. En la despedida del Indio, la fila es también una forma de biografía colectiva: padres con hijos, remeras gastadas, banderas, canciones y la sensación de que el último saludo todavía tenía que hacerse en la calle.

No fue sólo un velorio. Fue una última misa ricotera sin escenario.

La muerte y el mito

El Indio se había retirado de los escenarios físicos, pero no de la conversación argentina. Su voz siguió circulando como archivo, consigna, meme, herencia familiar y recuerdo de viaje. Muchos no fueron ricoteros porque escucharon un disco primero. Fueron ricoteros porque alguien les contó una peregrinación.

La muerte vuelve visible esa estructura: miles de personas no despiden sólo a un artista, sino a una parte de su propia biografía. Los Redondos fueron, para varias generaciones, una educación sentimental hecha de letras crípticas, entradas difíciles, rutas imposibles y una sospecha permanente contra el poder.

El Indio no necesitaba explicar demasiado. A veces parecía que hablaba desde una habitación cerrada y, sin embargo, millones sentían que la frase era para ellos.

El conurbano como territorio simbólico

El dato geográfico importa. El Indio murió en Parque Leloir, Ituzaingó, en el oeste del Gran Buenos Aires. No es una postal menor. El conurbano no aparece acá como simple dirección, sino como territorio simbólico.

Porque el fenómeno ricotero siempre dialogó con esa Argentina que se mueve por los bordes: estaciones, rutas, barrios, micros, canchas, plazas, talleres, bares, calles donde la cultura no baja desde arriba sino que se organiza con lo que hay.

Los Redondos salieron de La Plata, pero su público terminó dibujando otro mapa. No el mapa prolijo de la industria musical, sino el de la circulación popular: gente viajando en masa, armando comunidad antes y después del recital, convirtiendo una banda en acontecimiento.

Ahí el conurbano funciona como una idea más que como una zona exacta: la periferia que no pide permiso para volverse centro.

La contracultura después del Indio

Ahora queda una pregunta incómoda: qué pasa con la contracultura cuando se muere uno de sus últimos grandes símbolos.

La respuesta fácil sería decir que se termina una época. Algo de eso es cierto. Pero también conviene desconfiar de la nostalgia automática. El Indio no fue importante porque el pasado era mejor. Fue importante porque mostró una posibilidad: se puede construir una comunidad cultural sin pedir permiso, sin explicar todo y sin convertir cada gesto en producto.

En tiempos donde la rebeldía suele venir empaquetada, esa lección todavía molesta.

La contracultura no es vestirse raro ni cantar fuerte. Es producir una forma de sensibilidad que el sistema no puede absorber del todo. Los Redondos hicieron eso durante años. El Indio fue su voz, pero también su máscara: una presencia esquiva que permitía que el fenómeno no quedara reducido a una celebridad.

El final

La muerte del Indio Solari no clausura las canciones. Las deja en otro estado.

Desde hoy, cada escucha va a tener otra carga. La despedida no cierra la obra: la vuelve más nítida y más difícil de separar de la comunidad que la sostuvo.

El Indio se va con algo que pocos artistas consiguen: no sólo dejó obra, dejó una forma de juntarse.

Y en una Argentina acostumbrada a romper sus comunidades, eso pesa más que cualquier estatua.

Fuentes

Fuente: AP / El País / archivo ricotero

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