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Orson Welles vio 'La diligencia' 40 veces antes de rodar Ciudadano Kane. Qué buscaba.

Orson Welles vio 'La diligencia' 40 veces antes de rodar Ciudadano Kane. Qué buscaba.
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Hay películas que no solo se ven, sino que cambian la forma en que alguien piensa sobre las imágenes. Eso le pasó a Orson Welles con La diligencia (1939), de John Ford: la vio alrededor de 40 veces antes de filmar Ciudadano Kane (1941). No la estudiaba por admiración: la analizaba para entender cómo Ford construía la tensión entre espacio, tiempo y personaje dentro de un vehículo en movimiento. Lo que descubrió le permitió inventar buena parte de lo que hoy llamamos lenguaje cinematográfico moderno.

Ciudadano Kane introdujo técnicas que en 1941 eran experimentales: la profundidad de campo extrema (todos los planos nítidos al mismo tiempo), el uso sistemático de ángulos bajos y el montaje que rompe la continuidad temporal. Todo fue posible gracias a la colaboración de Welles con el director de fotografía Gregg Toland, y a años de análisis obsesivo de Ford, Eisenstein y Jean Renoir.

El montaje como arma: Eisenstein y el Potemkin

La influencia de Serguéi Eisenstein es anterior y más amplia. Su película El acorazado Potemkin (1925) estableció las bases del montaje como herramienta narrativa y emocional. La secuencia de las escaleras de Odessa —donde soldados zaristas masacran a civiles mientras un cochecito de bebé cae escaleras abajo— no corresponde a ningún episodio documentado del levantamiento de 1905. Eisenstein la inventó para demostrar que la violencia puede sentirse en la yuxtaposición de imágenes, más que en la acción explícita.

Esa secuencia fue copiada, homenajeada o reinterpretada en Los intocables (1987) de Brian De Palma y en decenas de producciones posteriores. La razón es que Eisenstein no inventó solo una escena: inventó una teoría. Su concepto de "montaje de atracciones" sostiene que dos imágenes juntas producen una idea que ninguna de las dos contiene por separado. Eso cambió para siempre cómo se piensa el corte.

Rashomon y la apertura al cine de autor no occidental

Cuando Rashomon (1950), de Akira Kurosawa, ganó el León de Oro en Venecia, la industria cinematográfica occidental descubrió que existía un cine asiático tan sofisticado como el europeo o el norteamericano. El director Sidney Lumet lo citó como una revelación personal. Robert Altman adoptó la estructura de relatos múltiples e incompatibles que Kurosawa había construido a partir de los cuentos de Ryūnosuke Akutagawa.

El "efecto Rashomon" —la idea de que varios testigos del mismo hecho ofrecen versiones radicalmente distintas— entró al lenguaje filosófico, jurídico y periodístico. Para el cine, el impacto fue más técnico: Kurosawa demostró que una película puede ser ambigua sin ser confusa, y que la cámara no necesita actuar como árbitro de la verdad.

Fellini y el permiso para la autobiografía

(1963) de Federico Fellini es el modelo de la película sobre la dificultad de hacer películas. Desde su estreno, cada director que quiso hacer un film introspectivo tuvo que decidir qué hacía con esa sombra. Woody Allen respondió con Recuerdos (1980). Bob Fosse aplicó la misma lógica en All That Jazz (1979). Paolo Sorrentino la retomó en La grande bellezza (2013).

La influencia de no es de argumento sino de permiso: Fellini autorizó a toda una generación a mezclar memoria, fantasía y realidad sin pedir disculpas.

Tarkovsky: la contemplación como lenguaje

Andréi Tarkovsky no filmó para el mercado. El espejo (1975) y Stalker (1979) establecieron que el tiempo dentro del plano podía funcionar como unidad narrativa en sí misma, sin que nada "pasara" en el sentido convencional. Sus películas son lentas por diseño: el ritmo es el argumento.

Directores tan distintos como Ingmar Bergman, Lars von Trier y el griego Giorgos Lanthimos citan a Tarkovsky como referencia estructural. Bergman llegó a decir que Tarkovsky era "el más grande de todos", el único cineasta cuyo trabajo lo intimidaba.

City of God y el lenguaje del cine latinoamericano

Ciudad de Dios (Cidade de Deus, 2002), de Fernando Meirelles y Kátia Lund, fue la demostración de que el cine latinoamericano podía producir obras con alcance global sin copiar el lenguaje de Hollywood. Basada en la novela de Paulo Lins sobre el crimen organizado en la favela Cidade de Deus de Río de Janeiro, combinó montaje rítmico, cámara en mano y estructura no lineal para narrar décadas de violencia urbana en Brasil.

El impacto fue inmediato: directores como Alejandro González Iñárritu y la argentina Lucrecia Martel son parte de una generación que tomó ese film como demostración de que otra forma de hacer cine era posible en la región. Ciudad de Dios recibió cuatro nominaciones al Oscar en 2003 y lanzó la carrera internacional de Meirelles.

Lo que une a todas estas películas

No son las más premiadas ni las más vistas. Son las que funcionaron como modelos operativos: demostraron una solución a un problema cinematográfico que otros directores no habían logrado resolver. Welles aprendió de Ford cómo construir tensión en un espacio cerrado. Kurosawa aprendió de Eisenstein cómo usar el corte para crear pensamiento. Altman aprendió de Kurosawa cómo narrar sin árbitro. Cada generación toma de la anterior lo que necesita.

El cine funciona así: un director ve algo que otro hizo, y descubre que era posible. A partir de ese momento, empieza a pensar diferente.


  • [Por qué el cine de Tarkovsky es tan lento](/por-que-el-cine-de-tarkovsky-es-tan-lento/)
  • [Qué decía Ingmar Bergman sobre la muerte](/que-decia-ingmar-bergman-sobre-la-muerte/)

Imagen: Fotograma de la secuencia de las escaleras de Odessa en El acorazado Potemkin (Serguéi Eisenstein, 1925). Wikimedia Commons, dominio público.

Fuente original: Encyclopaedia Britannica — Citizen Kane

Fuente: Encyclopaedia Britannica / IEEE / Wikipedia

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