Perfect Days (2023) de Wim Wenders invita a una experiencia cinematográfica que conecta con la sensibilidad humana. La película presenta a Hirayama, un hombre que desde la perspectiva capitalista podría ser considerado un "fracasado". Sin embargo, Hirayama posee una riqueza invaluable: la capacidad de apreciar la belleza en lo cotidiano y capturarla con su Olympus Mju.
La magia del komorebi
Komorebi es una palabra japonesa que describe los juegos de sombras y luces que se arman cuando el sol se cuela entre las hojas de los árboles. En español no existe un término equivalente, y esa ausencia ya dice algo.
Todos los días, en su pausa del mediodía, Hirayama (Koji Yakusho) captura ese fenómeno desde su banco preferido en el parque, usando una cámara de película Olympus. En su casa guarda una pila de fotos en blanco y negro del mismo lugar. Cada una es distinta. Los cambios sutiles en la luz y el movimiento de las ramas hacen que ninguna se repita.
Dicen que el komorebi solo existe en ese momento. Hirayama lo sabe y tiene una frase que le sale de adentro: "La próxima vez será la próxima; el ahora es el ahora."
Una cámara que no pide permiso
La elección de la Olympus Mju no es accidental. Es una cámara compacta de los noventa, con lente de 35 mm y exposición automática. No requiere conocimiento técnico. Se saca del bolsillo, se mira, se dispara. La cámara se encarga del resto.
En un momento en que el debate fotográfico gira alrededor de resoluciones y sistemas de IA para enfoque, Perfect Days propone otra dirección: simplificar hasta que la técnica desaparezca y solo quede la intención de mirar.
La Mju no te deja ajustar demasiado. Eso que parece limitación se convierte en libertad: si no podés controlar la exposición, la profundidad de campo ni el enfoque, lo único que podés controlar es cuándo y a qué le apuntás. Eso es todo. Mirar, sensibilizarse, disparar.
Lo que hace grande a la película
Perfect Days no es una película sobre fotografía. Es una película sobre la atención. Sobre la diferencia entre ver y mirar. Sobre lo que significa llevar una vida pequeña con una riqueza interna que nadie en el entorno de Hirayama logra entender del todo.
La Olympus Mju funciona como símbolo de esa postura: sencilla, analógica, sin alardes. Un objeto que registra lo efímero sin pretender ninguna monumentalidad. Igual que su dueño.
Wenders filmó en Tokio con una economía visual notable. Las escenas en el parque, con Hirayama mirando al cielo entre copas de árboles, son el núcleo emocional de la película. Y en el centro de esas escenas, siempre, la cámara plateada que saca del bolsillo sin apuro.
Si la película te interesó por la cámara, buscá la Olympus Mju o alguna compacta de película de los noventa. Si te interesó por otra cosa, eso también vale.
Fuente original: Wim Wenders / Perfect Days
