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Bergman pensó en la muerte todos los días desde los ocho años

Bergman pensó en la muerte todos los días desde los ocho años

Ingmar Bergman no eligió la muerte como tema. La muerte lo eligió primero. A los ocho años, en Uppsala, Suecia, el hijo del pastor luterano Erik Bergman era encerrado en armarios oscuros como castigo. Desde ese espacio —escribe en su autobiografía Laterna Magica (1987)— empezó a pensar que podría no volver a salir. La pregunta sobre qué había del otro lado no lo abandonó nunca. Esa pregunta dio forma a más de sesenta películas y a un sistema de pensamiento que explicó con más claridad en sus textos que en sus declaraciones públicas.

El pastor, el armario y el infierno concreto

Erik Bergman era ministro luterano con una pedagogía severa: disciplina física, ayuno, humillación. Ingmar Bergman —nacido el 14 de julio de 1918— creció con la muerte presentada como consecuencia real para cuerpos reales, no como abstracción teológica. En Laterna Magica escribió que su padre nunca logró hablarle de Dios sin hablarle también del infierno, y que ese infierno tenía temperatura, olor y duración.

Esa educación produjo el efecto opuesto al previsto: Bergman se volvió incapaz de usar la religión como anestesia. No porque no la buscara, sino porque había visto de cerca cómo se usaba como instrumento de control. Lo que le quedó fue una pregunta sin respuesta institucional disponible, y la necesidad de explorarla por sus propios medios.

El tablero de ajedrez y la respuesta honesta

En 1957, Det sjunde insegletEl séptimo sello— se estrenó el 16 de febrero en Cannes. La imagen central es un caballero medieval, Antonius Block, jugando al ajedrez contra la Muerte para ganar tiempo mientras Suecia sufre la peste negra del siglo XIV. Bergman concibió esa escena a partir de los frescos de Albertus Pictor en la iglesia de Täby, cerca de Estocolmo, pintados alrededor de 1480. En esos murales, la Muerte juega al ajedrez con un hombre. No es una metáfora inventada: es una imagen que tomó de la iconografía popular escandinava y la puso en movimiento.

Lo que el caballero le pregunta a la Muerte es exactamente lo que Bergman se preguntaba: "¿Qué hay después de la muerte?" Y la respuesta que da la Muerte en el film es: "No lo sé." Esa ignorancia honesta —sin consuelo ni condena— era la posición real de Bergman. No el ateísmo militante ni la fe recuperada: la incertidumbre mantenida sin anestesia.

En la misma línea trabajó Stanley Kubrick, otro director que exploró los límites del conocimiento humano en sus films —aunque con métodos muy distintos a los de Bergman, como explicamos en [Las mejores frases de Kubrick sobre el cine y la vida](/kubrick-frases-sobre-cine-y-vida).

Lo que escribió y dijo directamente

En Laterna Magica Bergman fue más directo que en cualquier película: escribió que pensaba en la muerte "todos los días, desde los ocho años". No como angustia crónica ni como pose intelectual, sino como práctica constante que organizaba sus prioridades. El miedo a la muerte era, según él, uno de los motores más honestos que conocía.

En el libro L136: Dagbok med Ingmar Bergman (1963), el escritor y cineasta Vilgot Sjöman documentó conversaciones extensas con él durante el rodaje de El silencio. En una de esas charlas, Bergman dijo: "El miedo es productivo cuando no lo negás." Lo que rechazaba no era el miedo sino la negación del miedo: cualquier sistema —religioso, político, filosófico— que prometiera librarte de la pregunta en lugar de acompañarte en ella.

Viskningar och rop (Gritos y susurros, 1972) es su análisis más crudo del tema. Tres hermanas y una criada enfrentan la agonía de una de ellas en una mansión sueca de principios del siglo XX. Bergman la filmó en rojo intenso porque, explicó en Laterna Magica, el interior del cuerpo humano le parecía rojo: "El alma es roja. La muerte habita en esa rojez." La película no tiene resolución. Solo la criada —la menos instruida de los cuatro personajes— puede sostener a la moribunda. El amor sin palabras como única respuesta disponible.

La isla y la última escena

Desde 1966, Bergman vivió en Fårö, una isla pequeña en el Mar Báltico frente a Gotland. Rodó allí varias películas, incluida la serie documental Farö-dokument (1970 y 1979). Y en Fårö murió el 30 de julio de 2007, a los 89 años. El mismo día murió en Roma el director Michelangelo Antonioni, a los 94. La coincidencia fue notada en todo el mundo.

Su última producción cinematográfica fue Saraband (2003), donde los personajes de Escenas de la vida conyugal (1973) —Johan y Marianne— se encuentran treinta años después, rodeados de pérdida. Bergman la dirigió para televisión desde Fårö, sin moverse de la isla. No hay en esa película reconciliación con la muerte: hay la misma negativa de siempre a mirar hacia otro lado.

En sus últimos años pasaba el tiempo leyendo, escribiendo en diarios y viendo películas. Según declaró en una entrevista para el documental Bergman Island (2004, dirigido por Marie Nyreröd), no había resuelto la pregunta. Tampoco esperaba resolverla. "El miedo sigue ahí", dijo, a los 85 años. "Solo aprendí a trabajar con él."

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Imagen: Ingmar Bergman en rueda de prensa en Ámsterdam, octubre de 1966. Fotografía de Joost Evers / Nationaal Archief, Países Bajos (CC BY-SA 3.0).

Fuente original: Criterion Collection — The Seventh Seal

Fuente: Laterna Magica / Criterion Collection

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