Hay algo que pasa bajo los faroles de la calle todas las noches, en ciudades de todo el mundo, que nadie había documentado hasta ahora.
Los isópodos terrestres — los bichos bolita, esos crustáceos pequeños que se enrollan cuando los tocás — quedan atrapados en espirales circulares de las que no pueden salir.
No es una, dos, o diez. Son miles. Grupos de más de 5.000 individuos girando en círculo sincronizados, incapaces de romper el patrón, dando vueltas hasta que amanece o hasta que algo los mata.
Cómo funciona la trampa
Los isópodos tienen un mecanismo de orientación que usa la luz como referencia. En condiciones naturales, la luna o las estrellas sirven de punto fijo en el horizonte: el animal se mueve manteniendo ese punto a un ángulo constante. Es un sistema de navegación que funciona perfectamente en la oscuridad natural.
El problema es que los faroles no están en el horizonte — están arriba, emitiendo luz en todas direcciones. Cuando un isópodo intenta mantener la fuente de luz a un ángulo constante respecto a su cuerpo, termina describiendo un círculo alrededor de ella. Un círculo que se cierra sobre sí mismo.
Una vez que el animal entra en el patrón circular, la inercia del grupo lo mantiene. Cada isópodo sigue al que tiene adelante, que a su vez sigue a otro, y así sucesivamente. El círculo se vuelve estable, autosustentado, y romperlo requiere una perturbación exterior que rara vez llega.
Los investigadores lo reprodujeron en laboratorio apuntando una luz vertical al suelo. Cada vez que lo hacían, los isópodos formaban la espiral. Sin luz, se dispersaban normalmente.
Los depredadores ya lo sabían
Lo más perturbador del hallazgo no es el comportamiento de los isópodos — es que los depredadores aprendieron a explotarlo.
Durante las observaciones de campo, los investigadores documentaron ciempiés posicionándose en el borde de las espirales y cazando isópodos de manera sistemática. No persiguiendo a presas que huyen: simplemente esperando en el margen de un remolino de miles de animales que no pueden salir.
Es una trampa que la naturaleza no diseñó. La construyó la iluminación artificial, y ya hay animales que la aprendieron a usar.
La contaminación lumínica que nadie veía
Este fenómeno se suma a una lista creciente de efectos que la luz artificial nocturna tiene sobre la fauna: desorientación de aves migratorias, alteración de los ciclos reproductivos de insectos, disrupción de los patrones de actividad de mamíferos nocturnos.
La diferencia con los isópodos es que el efecto es masivo, visible y ocurre en cualquier ciudad del mundo, debajo de cualquier farol, cada noche.
La próxima vez que pases por un farol en la calle de noche y veas algo moverse en el piso — mirá bien. Puede ser un remolino.
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Fuente original: Un Mundo Loco
Fuentes consultadas: Phys.org — Streetlights trigger bizarre death spirals in thousands of isopods