En 1988, el Congreso de Estados Unidos aprobó una ley para proteger películas. No por razones económicas ni por derechos de autor. La razón era más urgente: el 75% de las películas silentes producidas en Hollywood había desaparecido para siempre. Nitrato que se pudrió, almacenes que se incendiaron, estudios que destruyeron copias para recuperar el nitrato de plata. El cine tenía apenas un siglo de vida y ya había perdido la mayor parte de su historia.
La respuesta fue el National Film Registry, administrado por la Biblioteca del Congreso. Cada año, 25 películas son seleccionadas para ser preservadas en condiciones óptimas, consideradas "culturalmente, históricamente o estéticamente significativas" para el patrimonio de Estados Unidos.
No es un ranking de mejores películas. Es un archivo de lo que no puede perderse.

¿Cómo se elige qué películas entran al registro?
Cualquier ciudadano estadounidense puede nominar películas. La Biblioteca del Congreso recibe miles de nominaciones cada año. Un grupo de expertos —historiadores de cine, archivistas, académicos, miembros de la industria— evalúa las candidatas. El criterio principal no es la calidad artística pura sino la importancia cultural e histórica.
Una película puede entrar por muchas razones: por ser el primer ejemplo de una técnica, por documentar un momento histórico irrepetible, por haber definido un género, o simplemente por haber influenciado a generaciones de cineastas. La única condición técnica es que la película tenga al menos diez años.
Desde 1989, el registro ha sumado más de 900 películas. La lista es intencionalmente diversa: incluye documentales, cortometrajes, películas de animación, películas de género, y cine experimental. No solo Hollywood.
¿Qué películas están en el National Film Registry?
La diversidad de la lista dice mucho sobre cómo Estados Unidos entiende su propio cine. Están Ciudadano Kane y Casablanca, pero también Bambi (1942), El mago de Oz, Singin' in the Rain y Star Wars. Y junto a ellas: documentales como Harlan County, USA (1976), la película de propaganda nazi Triumph of the Will (incluida para preservar evidencia histórica), cortometrajes del siglo XIX, y películas independientes como Killer of Sheep (1978) de Charles Burnett.
Las incorporaciones más recientes incluyen Moonlight (2016), Get Out (2017) y Boyhood (2014), lo que muestra que el registro se actualiza a velocidad relativamente rápida para reconocer obras contemporáneas.
También hay entradas sorprendentes: la grabación original de What's Opera, Doc? (1957), el cortometraje animado de Chuck Jones con Bugs Bunny, fue incluida porque es considerada la cima técnica y artística del género de los dibujos animados de los años 40 y 50.
El problema que el registro intenta resolver
El cine es un medio físicamente frágil. La película de nitrato —usada hasta principios de los años 50— es altamente inflamable. La de acetato que la reemplazó sufre lo que se llama "síndrome del vinagre": se deteriora desde adentro, liberando ácido acético, y una vez que empieza el proceso no hay forma de detenerlo. Las copias digitales tienen sus propios problemas: formatos que quedan obsoletos, soportes que fallan, empresas que cierran y se llevan archivos consigo.
La Biblioteca del Congreso almacena las películas del registro en tres bóvedas climáticamente controladas: una en Maryland, otra en Dayton (Ohio), y una tercera ubicación confidencial. Las películas de nitrato se guardan a -4°C. Las de color a -23°C. Las películas pueden durar siglos en esas condiciones.
El trabajo de preservación va más allá del almacenamiento: implica restaurar copias degradadas, digitalizar en resolución de archivo (4K o superior), y en algunos casos reconstruir películas a partir de fragmentos dispersos en archivos de distintos países.
¿Por qué desaparecieron tantas películas silentes?
La pérdida del cine silente es una de las catástrofes culturales menos comentadas del siglo XX. Según estimaciones de la Biblioteca del Congreso, sobrevive menos del 25% de las películas producidas entre 1912 y 1930. Las causas son múltiples.
Los estudios destruían películas deliberadamente. El nitrato de plata tenía valor de recuperación, y en los años 20 y 30, con el cine sonoro ya dominando el mercado, las copias de películas silentes parecían comercialmente obsoletas. Incendios devastadores —como el de la bóveda de la MGM en 1967 que destruyó miles de películas y grabaciones de sonido— terminaron de diezmar el archivo.
También había un problema de percepción: el cine no se veía como patrimonio cultural en sus primeras décadas. Era entretenimiento popular, no arte. Nadie pensaba que valía la pena guardarlo.
¿Por qué importa conservar películas que "ya nadie ve"?
La respuesta más directa: porque no sabemos qué va a importar en el futuro. Killer of Sheep, de Charles Burnett, estuvo décadas sin distribución comercial. No era famosa. Pero fue incluida en el registro porque los historiadores la identificaron como un documento único de la vida cotidiana en Watts, Los Ángeles, en los años 70. Hoy es considerada una obra maestra del cine americano independiente.
Hay otra razón más técnica. Las películas son fuentes históricas. Documentan dialectos, modas, arquitecturas, tecnologías y comportamientos sociales que ningún texto describe con la misma precisión. Una película de 1915 muestra cómo se movía la gente, cómo hablaban (a través de los intertítulos), cómo estaba organizado el espacio urbano. Esa información es irreproducible.
El registro también tiene un efecto práctico: muchas películas incluidas en él se vuelven comercialmente accesibles por primera vez. Museos, cinematecas y plataformas de streaming acceden a las restauraciones de la Biblioteca del Congreso para distribuirlas. Así, la preservación y la circulación se retroalimentan.
La paradoja del archivo
Hay algo contradictorio en el corazón de este proyecto. La Biblioteca del Congreso conserva 900 películas de las decenas de miles producidas en más de un siglo de cine estadounidense. ¿Quién decide qué merece sobrevivir?
El proceso de nominación abierta intenta resolver eso parcialmente: cualquier persona puede postular, y la lista refleja tanto el canon académico como el gusto popular. Pero la selección final sigue siendo una decisión institucional, con todos los sesgos que eso implica.
La pregunta de fondo no es técnica sino cultural: qué parte de lo que producimos hoy merecerá ser conservada, y quién tendrá la autoridad para decidirlo. El registro cinematográfico es un intento de respuesta imperfecto pero serio. Y en comparación con el silencio que rodea a la mayor parte de la historia del cine, es mucho.